Despojo por default

Las batallas ambientales contra las ideas dominantes sobre naturaleza y progreso.

Si el sentido de realidad está hecho de palabras, y si esas palabras constituyen nuestro pensamiento lógico, ¿no será que tenemos un problema anterior a éste? me pregunté en medio de una controversia ambiental, mientras nos tundían por ser “ecologistas contra el progreso”. Si bien era evidente que la capacidad para hacerse ver y escuchar era totalmente distinta a la de nuestros adversarios; sus mensajes aparecían en los medios masivos y los nuestros en un blog –el Facebook apenas comenzaba-, había todavía una desigualdad mayor. Tenía que ver con las palabras, con la forma de pensar. Parecía que, de fondo, ganaban por default. No era necesario si quiera escucharnos ni dudar si quiera. La construcción del estadio del Club de Fútbol Monterrey en La Pastora gozaba de una formidable representación, mientras que la conservación del espacio público natural no se tomaba igual de en serio. Era como si nuestras palabras fueran proyectiles sin pulsión. Entonces comencé a ver, por un lado, a la ciudad como una gigantesca masa de mensajes, y por el otro, a las representaciones que tenemos de progreso, naturaleza y fútbol, y éstos como elementos realmente decisivos en la controversia ambiental.

Desde el 2010 al 2012 participé junto a varias personas en la defensa de un espacio público conocido como La Pastora. Su nombre data desde la primera repartición de mercedes* que hizo el fundador Diego de Montemayor a finales del siglo XVII. Entonces se trataba de una gigantesca extensión de tierra entre el Cerro La Silla y el río La Silla. Sus tierras eran fértiles, con manantiales y riachuelos. Hasta finales del siglo XIX el bosque La Pastora, como se le conoció después, era el proveedor de madera, tierra, piedras, cal y varios tipos de alimentos cultivados, de la villa de Guadalupe. En el siglo XX se fracciona en distintas propiedades, siendo incluso que hubo por lo menos dos ejidos rodeados de propiedades privadas. Finalmente, en la década de los ochenta, el Gobierno del Estado, por iniciativa del Secretario de Desarrollo Urbano, construye un zoológico público, para el cual se compra prácticamente todo el espacio natural existente, ya para entonces, rodeado de fraccionadoras residenciales. Según me comenta el promotor de esta obra, Lucas de la Garza, la intención detrás del zoológico fue proteger el encinal. Sin embargo, las siguientes administraciones no terminaron de construir el zoológico La Pastora y éste quedó incompleto, con lo cual varias hectáreas quedaron deforestadas pero sin aparente uso. A partir de 1995 comienza a desmembrarse el espacio público en concesiones, supuestos arrendamientos y comodatos, siendo por ejemplo, que existe un parque de juegos mecánicos privado –“Bosque Mágico”, de unas 25 hectáreas -, de la empresa Multimedios-Milenio. De este despojo ambiental no hay registro de protesta.  En 2008, el entonces gobernador José Natividad González Parás (PRI) anunció la construcción del estadio en terrenos de La Pastora y solicitó al Congreso Local la creación del área natural protegida Parque Ecológico La Pastora, de cuyo polígono ya había sacado las 24. 5 hectáreas que pensaban concesionarle a FEMSA —Oxxos, Helados Santa Clara, Gorditas Doña Tota, Coca Cola, Club de Fútbol Monterrey, antes Cervecería Cuauhtémoc-Moctezuma-Heineken, etc…—. A partir de entonces, varios grupos de ciudadanos intentaron defender al espacio natural público. Yo participé activamente en el Colectivo Ciudadano en Defensa de La Pastora. Como activista apasionada primero, y luego como doctoranda he tratado de analizar qué elementos no vistos, no advertidos hasta ahora, jugaron un papel relevante en el desenlace. Siguiendo el planteamiento de Bruno Latour y de la Teoría Actor-Red, no hay poder que se sostenga únicamente de relaciones entre personas, porque si así fuera nunca terminaría ningún poder por establecerse. Para que una verdad se establezca como dominante no sólo se necesitan personas sino discursos, objetos, mercancías, imágenes, que revistan de verosimilitud o de coherencia a determinado poder. Por eso, más allá del PRI, del PAN, de FEMSA y sus socios comerciales, más allá del poder que concentran ciertas personas, hubo toda una red de representaciones sosteniendo al proyecto, la cual promovió y terminó por “homologar” un sentido común a favor  de construir un estadio privado en un espacio público natural. Esto quiere decir que no siempre somos conscientes de la formación de nuestras opiniones y posturas o, al menos, no advertimos el poder de influencia de ciertos elementos. Pero, ¿cómo podríamos rastrear estas representaciones?

Mi propuesta es rastrearlas siguiendo dos senderos: en el espacio y en las prácticas espaciales; y en los discursos y actos de habla.

La controversia del estadio en La Pastora fue una pugna sobre el destino de un espacio natural. Un grupo quería que se construyera ahí un estadio, y el otro que ahí no se construyera. Por lo tanto, subrepticiamente pero siempre presentes, las ideas de naturaleza, progreso y fútbol estuvieron presentes. Aquí va un ejemplo:

“¿A qué medidas tiene que llegar el Club Monterrey para concientizar a todas las personas que se oponen a la construcción del estadio? Porque los ecologistas famosos que quieren algo, que no están claros, que quieren algo…si cuidaran la ecología ya hubieran cuidado (sic) las construcciones que están destrozando al Cerro de la Silla, pero apareció en el punto del estadio, ¡donde está un basurero! …y los ecologistas están metidos en una franca detención al progreso de la Ciudad de Monterrey… pero sí, hay gente necia que no está dando cosas positivas para la Ciudad…”.

(Roberto Hernández, Jr. “Fútbol al día”, Multimedios ).

En este comentario de uno de los comunicadores más emblemáticos de la industria del fútbol local, hay dos representaciones latiendo: naturaleza y progreso. No es necesario definir a la naturaleza cuando se le distingue claramente de un “basurero”. Luego, los activistas, además de estar defendiendo un basurero estaban deteniendo el progreso de la Ciudad. Este mensaje fue repetido de muchas otras formas. Negaron el valor ambiental de un espacio natural abandonado y hablaron de una Ciudad detenida, es decir, que se mueve hacia el progreso. Esa idea de evolución, de meta inexorable, formó parte de la mayoría de los discursos emblemáticos de los promotores. Por el otro lado, los activistas, daban un enorme valor al espacio natural, algunos incluso, insistían en llamarle bosque –aunque la gran mayoría de estas 24.5 hectáreas de vegetación estaba ocupada por matorral submontano-. De manera que la idea de naturaleza fue fundamental para sostener una controversia pero también para explicar el desenlace. ¿Qué idea tenemos del matorral, por qué se le desprecia tan a botepronto? Eso no depende de nuestra inteligencia, sino de las relaciones de las cuales formamos parte, por ejemplo, de nuestra idea de belleza. Cada quien tiene una representación mental de este concepto y éste no se modifica hasta que conectamos con otro tipo de ideas, es decir, hasta que nos relacionamos con otras posibilidades. Pero además de realizar este rastreo de relaciones de ideas, importa quién está autorizado para hablar. Desde dónde, con el patrocinio de quién, con qué alcance de públicos.

De manera que, hay que comenzar a distinguir qué representaciones dominan en las controversias ambientales. Qué idea de naturaleza impera sobre cuáles. Qué idea de progreso gobierna para, entonces, relacionarla con la historia, con las relaciones políticas que han diseñado la Ciudad, y lo mismo con las relaciones económicas, cuáles han dominado a la hora de producir conocimientos y de erradicar otros; eso podría plantear explicaciones que verdaderamente expliquen algunos despojos. Pero este análisis es mejor hacerlo en el momento de la controversia, y no a posteriori. Así, podríamos plantear los despojos ambientales como fracasos de las verdades dominantes. Esto activa la posibilidad de desenlaces distintos o, por lo menos, va mudando el marco de credibilidades hacia otras lógicas posibles.

 

*Las Mercedes reales eran donaciones de bienes y títulos a cambio del apoyo dado a la alta nobleza o del clero en pago de algún servicio, que tienen su origen en Castilla y fueron aplicados a las colonias.