El arte de perder la gravedad

Nueve artistas mexicanos y un científico, intentan responder: ¿qué es la gravedad?

La luz es amarilla. El avión vuela a más de diez mil metros del suelo -allá donde los árboles y las personas parecen hormigas-, y por dentro la luz es amarilla. No hay ventanas, asientos, asistentes de vuelo, ni cinturones de seguridad. Las paredes y el suelo están forrados de colchonetas, los pasajeros se sostienen de unas barras de metal.

En ese cuarto cálido vuelan diez personas, uno enfrente del otro. Son diez uniformados con un mameluco azul. En sus espaldas cargan un paracaídas, de la cintura los sujeta un arnés al avión y cada uno tiene una cámara en la cabeza.

De pronto se dejan de escuchar los motores y las turbinas. Sus cuerpos flotan y el avión se mantiene en silencio. Todo es silencio.

Durante unos segundos, los pies y las manos se elevan hacia el techo en un movimiento involuntario. Es como querer resistirse al estornudo y cuando el cuerpo ya no puede más, uno simplemente se deja llevar. Las cejas y las comisuras de la boca van hacia arriba. Los cabellos y los talones de los pies se encuentran en el techo del avión y no hay manera de regresarlos al suelo. Izquierda, derecha, algunos arriba y otros abajo. No hay ventanas ni dirección. No hay horizonte, ni tiempo.

Hay libros de texto, una Biblia y una Constitución Mexicana; vuelan las hojas de papel y los cabellos; flota un reloj de arena; un artefacto parecido a una máquina de volar se cruza entre los viajeros; y una caja transparente con frases en distintos idiomas gira.

Gravedad cero, se llama.

Dejarse caer y sentir el momento justo cuando la gravedad desaparece. Galileo lo notó en el siglo XVI y ahora los astronautas lo practican en sus entrenamientos. El avión se eleva al cielo y después desciende en caída libre. Lo repite diez veces en vuelos parabólicos de 30 segundos, con un total de cinco minutos de ingravidez. En una caída larga es tan corto el tiempo que la gravedad se hace imperceptible.

Pero las preguntas a las que Nahum, Ale, Iván, Fabiola, Marcela, Arcángel, Juan José, Tania, Gilberto y Miguel, nueve artistas mexicanos y un científico, intentan encontrarle respuestas en esta misión son: ¿qué es la gravedad?, ¿cuánto pesan las ideas?, ¿cómo pasa el tiempo cuando no hay gravedad?, ¿cómo hacer útil lo inútil? y, ¿cómo entender el espacio si no nos entendemos entre nosotros?

 

La física, la filosofía y autores como Isaac Asimov y Sócrates fueron inspiración para el proyecto.

 

Mirad cómo subimos por la sola voluntad de lo absoluto.- Platón

Nahum fue el que inició todo. De niño quería ser astronauta. Formó parte de ese sueño de la infancia de vestirse con un traje espacial hecho de bolsas de basura, un casco de papel aluminio que lo mantenía protegido de la falta de oxígeno y de los extraterrestres verdes. Ahora ya no usa casco, pero lleva el cabello alborotado, desafiante a la gravedad. Tampoco usa bolsas de plástico, prefiere las camisas abotonadas hasta arriba o los sacos largos que le dan la ilusión de flotar mientras camina. Nahum Mantra es artista pero el espacio nunca abandonó su vida.

Desde hace diez años vive en Londres. A la par de estudiar algunos posgrados, pasó los primeros años de su estancia bajo tierra. Por las noches los túneles de la estación London Bridge se convertían en galerías, museos, bares, o salas de conciertos. Un grupo de artistas tomaban esos espacios públicos y organizaban cada fin de semana un espectáculo. Le llamaron Shunt, un espacio creativo, un laberinto artístico nocturno en las entrañas de la ciudad.

El colectivo trabajaba sin jerarquías y Nahum se dedicaba a curar las obras, decidir qué y cómo se presentaban. Una noche conoció a integrantes de The Arts Catalyst, una organización que vincula a los artistas con el espacio. La idea no le sonó mal. El chico de los cabellos alborotados trabajaba bajo tierra pero soñaba con el cielo.

Para Nahum, la gravedad está en nuestro lenguaje, en nuestro pensamiento religioso. Todo lo que cae es malo y aspiramos a lo contrario: a levitar, a la levedad, a lo que no podemos llegar.

 

Ale de la Puente, militar ruso, Iván Puig, Miguel Alcubierre, Tania Candiani, Juan José Díaz, y Fabiola Torres Torres- Alzaga.

 

La libertad consiste en ser independientes de la gravedad.- Sócrates

Los diez flotan. Se recuestan presionados contra el piso. Se sientan. Vuelven a flotar. Pasan de no pesar nada, a pesar cuatro veces más, y volver a la normalidad. Gravedad cero, gravedad cuatro, gravedad uno. El avión cambia de peso en su recorrido parabólico y los cuerpos le siguen el ritmo. Parece una coreografía poco ensayada, salen los manotazos, los golpes con los pies, giran sin control y hasta se abrazan. O al menos lo intentan.

Se acercan en parejas con los brazos abiertos y con la seguridad de que abrazar es fácil, pero al momento de tocarse la misma fuerza los separa. Si logran engancharse uno al otro, entonces la maraña de cuerpos gira sin control. Abrazar no se puede. Cuando el cuerpo no pesa nada, entonces pareciera que no sirve de nada, que no eres nadie. A su obra Nahum le llamó Abrazo Imposible.

En el avión tampoco se reconocen los idiomas. A reserva de los mexicanos, el resto de la tripulación son soldados rusos. Desde las bocinas se escucha al piloto hablar con un idioma desconocido para los diez. Los militares le responden al capitán y se comunican con los mexicanos a señas. Juan José Díaz, uno de los artistas, le da al militar una caja llena de cubos donde se lee la frase Tu cuerpo, mi cuerpo en distintos idiomas. Si no nos entendemos en la Tierra, mucho menos lo haremos en el espacio. El ruso, como los mexicanos, no entendía nada.

 

La gravedad es una aceleración hacia abajo, hacia el centro de la Tierra. Es el medio de la propia existencia. – Tania Candiani

Nahum viajó a la Ciudad de México para organizar KOSMIKA, un festival de arte y espacio. Aprovechó la visita para reunirse con Alejandra de la Puente quien trabaja con temas de astronomía, investiga y está familiarizada con los términos que usan los científicos. Le interesan las piezas sobre el mundo exterior, el universo, la relación espacio-tiempo y los relojes. Siempre habla de la duración de las cosas, sabe qué hora es, pero la artista del tiempo no lleva reloj en la muñeca.

Ale propuso su casa en la colonia Coyoacán como punto de reunión. La colonia tiene calles empedradas y fincas de techos altos que hacen olvidar el resto de la ciudad. En casa de Ale el piso de barro genera una frescura casi helada, cada rincón y pared de lo que antes era una cochera están decorados con flores. Flores en maceta, flores en árboles y flores en el piso. Las paredes blancas son la base para este bombardeo de colores. En el centro, en lugar de carros estacionados hay un árbol de plátanos con una altura y una cantidad de ramas suficientes para llenar de sombra el resto de la casa.

Por dentro no hay muebles. No hay sillones ni mesas sino un espacio abierto. Un lugar camaleón que puede convertirse en estudio, sala, pista de baile, o cualquier otro escenario. Aquella primera noche Nahum y Ale hicieron todo a un lado y en el centro sólo dejaron dos sillas y una mesa. La idea era elegir al resto del grupo y crear un plan de acción.

Cuando un pez conoce el agua sabe que eso le falta, si no, ¿cómo le explicas a un pez qué es el agua?” dijo Ale aquella noche. Reflexionar sobre la gravedad en su ausencia les pareció lo más acertado.

Buscaron a artistas que vivieran en la Ciudad de México; que a Ale y a Nahum les gustaran sus trabajos; que tuvieran experiencia trabajando en equipo; y que sus investigaciones estuvieran ligadas de alguna manera con el espacio. Invitaron a siete artistas al Laboratorio Arte Alameda.

Les platicaron sobre la idea de subirse a un avión y dejarse caer para sentir la falta de gravedad. Y allá, mientras flotaban, cada uno debería crear una pieza artística. Se escucharon risas nerviosas, y otras de emoción. A algunos les sudaban las manos, y otros fruncieron el ceño cuando les explicaron que debían prepararse física y mentalmente durante dos años. No se trataba simplemente de subirse a un avión, el proyecto incluía seminarios de física, entrenamientos en agua y reuniones constantes para crear las piezas individuales y en conjunto.

Aquella tarde los artistas prometieron pensarlo.

De entrada era un proyecto que no tenía que ver mucho con las líneas de trabajo de cada quien”, dijo uno de ellos. Al día siguiente todos dijeron que sí.

 

La gravedad existe para no confundirnos con la nada*

ASTRONAUTA: Por supuesto que estoy segura. Estuve ahí. Está puesto en la bitácora de vuelo. A las nueve de la mañana del 19 de…

INVESTIGADORA 2: No nos importan las bitácoras. Cualquiera puede escribir cualquier cosa, en cualquier papel y llamar a eso una bitácora. ¿Cómo puede saber que estuvo ahí?

ASTRONAUTA: Sé perfectamente la diferencia entre un sueño y la realidad. He soñado miles de veces con ir al espacio, pero nunca había sentido…

INVESTIGADORA 2: No nos importan sus sentimientos. ¿Cómo podemos asegurarnos concretamente, que usted estuvo ahí?

Fabiola Torres- Alzaga aún no está convencida de que esto que vive es real. Sus manos no parecen suyas, sus huesos no pesan y siente que sus ideas se desprenden poco a poco de su memoria.

La luz amarilla no logra calmarla y desearía entender con claridad las voces a su alrededor que se mezclan con un sonido desconocido. Cierra los ojos y recuerda la suavidad de la butaca roja en ese cine que tanto le gusta. El olor a palomitas y el ligero sonido de la cinta que da vueltas para cambiar de escena en la sala de proyección. Aquí no huele a nada, la colchoneta en su espalda es fría, y todo parece una escena de ficción: Es como morirse, dice.

Lejos del piso, y lejos de los otros que ya no existían. Yo estaba ahí. Sola. En medio del espacio. Tocando el piso. Pisando el techo. Parada en la pared todo al mismo tiempo. No, no había horizonte, tampoco ventanas. Estábamos adentro y el espacio cerrado del avión se había extendido al infinito. Lo mismo visto en todos sus ángulos. Lo conocido en lo desconocido. El tiempo fue más rápido en un periodo más corto. Era lento y era rápido. El espacio estaba cerrado pero se había extendido. Era el mismo pero otro.

Vuelve a cerrar los ojos y sonríe. Pisa el techo con sus manos y baila. En ese instante recuerda la escena de la película Royal Wedding donde un hombre se pasea por las paredes y el techo de una habitación. El cuerpo de Fabiola se mueve sin importar la gravedad. Su espalda toca el suelo, los cabellos están debajo de sus pies y los ojos no saben dónde es arriba o abajo.

Pasan segundos -que parecen haber sido horas- de flotar y luego fundirse en la colchoneta. Abre los ojos más de lo normal para guardar el recuerdo, para que la sensación no se le vaya del cuerpo y poder llegar a escribirlo a casa.

Su diario de viaje, su relato del día en que creyó que se moría o que soñaba, se convirtió en un guión de teatro que tituló La puesta en escena.

INVESTIGADORA 4: ¿Cómo puede saber si ya ha vuelto o sigue usted en el espacio?

INVESTIGADORA 1: O que pisa el suelo que pisa.

INVESTIGADORA 2: Usted dice que estuvo en gravedad 0. ¿Está usted segura?

ASTRONAUTA: Yo… lo sentí. Pude sentir que no tenía peso… que la ligereza… que el calidoscopio… que…

INVESTIGADORA 3: ¡Por favor! Eso se siente con cualquier borrachera.

INVESTIGADORA 4: ¿Y cómo sabe que eso es la realidad? ¿Cómo sabe que no está usted en este momento en gravedad 0? ¿Cómo sabe que no ha vivido siempre en gravedad 0?

 

La gravedad es una pregunta silenciosa- Ale de la Puente

Los artistas decidieron que debían acercarse a un experto en ciencia para comprender el efecto del vuelo y buscaron a Miguel Alcubierre, doctor en física y director del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).

La oficina del científico estaba decorada con reconocimientos y papeles de investigaciones sobre agujeros negros por doquier. El hombre de corbata y pantalón de vestir compartía también el sueño del espacio y mirar las estrellas.

Miguel Alcubierre nunca había trabajado directamente con artistas y le costaba entender el arte contemporáneo: esa popular idea de exponer objetos que uno no necesariamente pensaría que son artísticos.

Durante varios meses Miguel y su equipo les dieron un curso de aeronáutica, partículas elementales y teorías de la gravedad a los artistas. Les explicaron que el efecto de flotar no era fortuito. Que el avión se elevaría primero a seis o siete mil metros de altura y de repente volaría hacia arriba de manera vertical a toda potencia. En el pico más alto apagarían los motores, y caería libremente durante 25 segundos: por dentro todo flotaría. Esto lo repetirían varias veces en una ruta parabólica, semejante a una montaña rusa. La experiencia duraría aproximadamente dos horas con diez caídas flotantes y sería, por el cambio de posiciones, una experiencia dura para el cuerpo.

Invitaron a Miguel a formar parte del vuelo, a incluirse a las pruebas y preparaciones. Lo primero fue la Residencia Six Flags para experimentar con El Kilauea, un juego mecánico inspirado en el volcán del mismo nombre, con tres torres de más de sesenta metros de altura. En menos de un minuto los cuerpos suben y bajan en caída libre y la sensación es similar a volar. A los diez les pareció el simulador perfecto.

 

Supernova fue el proyecto colectivo de Tania, Ale, Juan José y Nahum con una piñata, la metáfora de las tradiciones cósmicas.

 

Estar en gravedad cero es perder el sentido de perderse -Fabiola Torres- Alzaga

El tiempo se estira. Pueden ser dos horas o algunos segundos, pero nadie sabe cuánto tiempo llevan allá arriba.

Algunos tienen reloj de manecillas, pero es inservible, el segundero no se mueve si no hay fuerza de gravedad. No hay ventanas, el sol no se ve y resulta casi imposible contar los segundos cuando el cuerpo flota y la mente parece estar en blanco.

Ale trae un reloj de arena pegado a una tabla de madera para sostenerlo mejor. En la Tierra los granos de arena bajarían por el cristal del reloj e indicarían el tiempo que pasa, pero en el avión sin gravedad la arena se mueve sin control y se mezcla. En ese lugar ingrávido no hay manera de medir el tiempo: se vuelve real la idea de que éste es relativo, a veces pasa rápido o lento. En gravedad cero el tiempo es infinito.

 

La gravedad es una costumbre difícil de olvidar – Terry Pratchett

En la pared de la oficina de Iván Puig cuelga una fotografía de un edificio en construcción. La rodea un marco con un letrero que dice “Próximamente” y pequeños focos alrededor, parecido a las marquesinas de Broadway que anuncian un estreno. Parece sarcasmo, una burla. Iván trabaja con lo que no es agradable, los desechos y la respuesta desinteresada de la gente.

Todo el tiempo me pregunto sobre lo que está ahí, lo que usamos y lo que no. Al final también hablo de lo que estamos viviendo, del descaro y de cómo está el país.

Para Iván, trabajar con la gravedad era una manera de romper con paradigmas. Nuestra mente está construida para funcionar con gravedad, y el cuerpo también.

El último paso de la preparación del equipo fue hacerse exámenes médicos. Una otorrina, especialista en oídos, nariz y garganta, les advirtió que con los cambios de peso, sólo los hombres llegan a perder la estabilidad, marearse y vomitar. No hay una explicación certera de por qué las mujeres no sienten nada.

Iván y Nahum compraron parches de esos que usan los marineros detrás de las orejas y que sueltan una sustancia que inhibe el sentido del equilibrio y previene el mareo. Otros prefirieron entrenar a la mente, como Arcángel que durante los dos años practicó la meditación.

Arcángel Constantini habla rápido y le interesa la física. Parece relajado, lleva normalmente un sombrero elegante tipo fedora como los que usaban los artistas en los años sesenta, y unas gafas para el sol circulares como salidas de un personaje de Julio Verne, inspiradas en el steampunk.

Durante dos años el artista se quitaba sus gafas y se colgaba de un nido de telas en su sala, hacía aeroyoga para dejar de pensar y soltar el peso. Al final se mareó, pero logró enseñarle a su mente a acostumbrarse a lo desconocido.

 

La velocidad en la que percibimos el tiempo en la vida cotidiana depende de la gravedad de nuestros asuntos –  Alejandra de la Puente

A Marcela también le gusta el yoga y la levitación, tanto que en las reuniones la amarraban a su silla para evitar que se elevara más de lo que ya lo hace. Aparte le interesa el origen y los materiales. Como cuando trabajó con libros de texto gratuitos que hace el gobierno, convirtiéndolos en engranajes de papel que representaban la maquinaria del sistema de educación mexicano. Una crítica a la genética del libro y los temas que nos educan. Es una artista que quita capas, las descubre y mira hacia adentro.

Para el vuelo se enfocó en nuestro planeta con un proyecto que llamó Geopsia, un juego de palabras entre biopsia, un examen microscópico, y geo que en griego significa tierra. Extrajo una muestra del interior de la Tierra para ver cómo reaccionaba en gravedad cero. La intención era quitarle ese peso al planeta y encontrar otras maneras de escribir la historia.

Marcela se casó con Gilberto, un artista que también se interesa por la vida y la naturaleza, en especial la biología y cómo crear vida con la tecnología. Pensar en Gilberto es imaginarlo con una planta en su mano. No tiene más de cuarenta años y se acaba de convertir en papá. Por las tardes hace robots con plantas y microorganismos. Sus trabajos van desde parásitos compuestos de desechos tecnológicos que conviven en la ciudad, a plantas que con ayuda de la robótica son capaces de moverse de un lugar a otro -como nómadas- para sobrevivir en ambientes contaminados.

Tania Candiani vuela con ayuda de un artefacto creado en 1673.

 

Cuando nacemos pasamos en un instante de la oscuridad a la luz, de la ingravidez a la gravidez.*

Los diez están sentados uno frente al otro. Algunos sonríen de emoción y otros tienen miedo, se secan el sudor de las manos en los pantalones. El aire frío y seco se cuela por los dedos de los pies y por las bastillas de los pantalones. No hay ventanas pero el ruido de las turbinas les deja claro que el avión vuela.

Iván es de esos que sonríen. Se ata los lentes a la cabeza con la correa que hizo de cinta industrial para evitar que se le caigan. Ni la cinta ni el vidrio pueden ocultar las dos pupilas redondas que se dilatan por la incertidumbre de volar. Frente a él hay una cámara que lo grabará durante todo el vuelo, en su espalda cuelga una tela negra que actúa como fondo, y a su costado están siete libros y una roca.

¿Si se han podido romper paradigmas sobre la gravedad, por qué no ser capaces de romper el paradigma que le da forma a las ideas?, se preguntó.

En ocho básculas coloca libros que en su opinión, han marcado a la humanidad. Elige La constitución mexicana, La investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones de Adam Smith, El capital de Marx, La sexualidad de Freud, El origen de las especies de Darwin, La fuerza de las palabras de Reader´s Digest, La biblia, y una piedra, la historia biológica del planeta.

En la Tierra cada libro pesaba una cantidad, pero en el vuelo parabólico, con las distintas gravedades, los libros varían de peso. A la hora de flotar, los números en todas las básculas marcan cero, sin importar el título, el autor o el número de lectores que tenga cada pieza. Es la metáfora de que hasta las ideas más arraigadas pueden variar o perder su impacto dependiendo de dónde se miren. Romper con las verdades fundamentales.

A su pieza la llamó Desintegración paradigmática.

 

La gravedad es nuestra presentación a la vida – Nahum Mantra

En octubre de 2015 el equipo de mexicanos tomó un vuelo a Rusia. Ninguno sabía ruso, ni conocían el centro espacial y mucho menos el entrenamiento militar de un astronauta, pero pensaron que si nadie entiende bien la gravedad y aún así experimentan con ella, ¿por qué ellos no?

Viajaron por más de quince horas para llegar a Ciudad Estrella, el centro de entrenamiento espacial a 25 kilómetros de Moscú. En 1960 era una ciudad secreta donde se hacían experimentos y lanzamientos espaciales que procuraban ocultar principalmente de Estados Unidos, aunque incluso una gran parte de la militancia soviética desconocía su locación. Detrás de las bardas altas y las mallas eléctricas, los rusos lograron mandar al primer hombre al espacio, el astronauta Yuri Gagarin.

El centro Yuri Gagarin parecía el campus de una universidad privada, con edificios grandes, árboles y calles pequeñas. En cada esquina se encontraban con estatuas de algún astronauta o cohetes. Todo gira alrededor de la cultura espacial aunque también siguen presentes los monumentos e imágenes de la segunda guerra mundial. Para los rusos, los logros espaciales han sido una batalla y un orgullo como país.

Tal vez el que se sentía más familiarizado en aquel lugar era Juan José Díaz un artista que por más de cuatro años ha trabajado con satélites. En 2010 inició su propia misión espacial: lanzar el primer satélite mexicano a completar una misión. Le llamó Ulises 1, un artefacto con poemas, danzones y literatura.

No hay nada más completo que hacer un satélite desde el punto de vista ciudadano en un país como México, confesó.

Según Juan José, México no tiene la infraestructura para hacer y lanzar un satélite, los que se tienen son fabricados en Estados Unidos. Ulises 1 fue una misión exitosa y ahora el artista planea enseñar cómo fabricar satélites y que haya más proyectos como el suyo.

Con Sputnik, el primer satélite en el espacio, pareciera que los rusos garantizaron su futuro. Aunque para Juan José, el vuelo en gravedad cero y el proyecto eran solo una pequeña parte de su misión, era como haber ido al gimnasio, dijo. Y es que no fueron al espacio, ni se entrenaron como lo hacen los militares, ni llenaron 81 formas como lo tuvo que hacer él para su satélite. Aún así, el artista sonríe cuando habla de la experiencia del vuelo y la oportunidad de volver hablar de ciencia y arte como una misma cosa.

En el centro espacial los diez fueron recibidos por un grupo de hombres alargados, rubios, con uniformes llenos de parches que los miraban fijamente. Fue la bienvenida sin sonrisa de los rusos, sus compañeros de vuelo. Ahí también les presentaron a su otro compañero, el avión Ilyushin 76 MDK, el más grande para vuelos sin gravedad. Entre señas, idiomas y traducciones el equipo militar y el artístico montaron sus artefactos y planearon dónde iba a estar cada quien.

Tim güork, se dijeron y fue lo único que entendieron todos.

Trabajo en equipo era lo que venían haciendo desde hace dos años.

 

Durante dos años los artistas se prepararon con bosquejos y posibles ideas artísticas para realizar en el vuelo. Algunas funcionaron y otras no.

 

Toda explosión es por gravedad*

El artefacto ruso en el que vuelan puede, sin problemas, elevarse en el aire, dejarse caer y volver a subir. Los sonidos de los motores cambian dependiendo la potencia, y las alas le permiten mantenerse en equilibrio. Dentro del avión hay otro avión más pequeño, está hecho de dos bastones de madera que van sobre los hombros, cuatro paneles de seda, y dos cuerdas que se amarran a los tobillos. Es la recreación de los aviones de 1673 cuando un hombre llamado Besnier ideó ese aparato para intentar elevarse en el cielo. La idea falló y los planos quedaron en la historia como uno de los primeros intentos de vuelo que inspiraron a otros hasta llegar a los aviones que conocemos ahora.

La máquina de volar de Besnier es la propuesta de Tania Candiani. La artista se amarra las cuerdas en los tobillos y con ayuda de un militar, se sostiene en posición vertical a la espera de la gravedad cero. Tiene pocos segundos para poner el artefacto en posición de vuelo y descubrir si funciona.

La luz vuelve a ser amarilla, por las bocinas el capitán indica que comenzarán a flotar y los motores no se escuchan más. Ella sostiene con fuerza los bastones en sus hombros, le sudan un poco las manos pero es paciente. Sus pies de pronto se elevan, el militar ya no la sostiene, y por un momento Tania vuela. Las cuerdas y las telas la ayudan a controlar el movimiento, a sostener el cuerpo. Sonríe porque vuela a lo largo del avión suspendida por una invención que hace siglos falló. Lo inútil se volvió útil.

El sueño de volar se hizo posible y quizá Besnier solamente se adelantó a su tiempo, se equivocó de gravedad.

 

Gravedad: la más tirana de todas las fuerzas -Iván Puig

Mientras sus piernas bajaban de las escaleras y sus zapatos tocaban tierra, la sensación era de extrañeza. El avión había aterrizado pero la mente seguía en el vuelo y sus cuerpos parecían ajenos. No saben si pasaron días, horas o tan solo unos segundos pero caminar ya no parecía normal, casi se les había olvidado la sensación de sostenerse firmes. Los militares abrieron la compuerta y el aire de la ciudad se colaba entre sus cabellos, pero ninguno quería salir. Lo que antes era familiar ya no se sentía seguro. Asomaron sus cabezas y cerraron los ojos ante la fuerza de los rayos del sol. Todo era blanco, como un sueño.

Cegados por el brillo solo les quedaba escuchar e intentar ubicarse. Reconocieron las voces de los rusos que intentaba guiarlos, junto con los sonidos de los carros en la ciudad que les aseguraban haber vuelto a la normalidad.

Poco a poco mientras abrían los ojos, volvían las sonrisas nerviosas y los abrazos, esos que sí se logran dar en gravedad. Se reunieron para tomar una foto y aunque podían controlar el cuerpo y sus gestos, algo no encajaba, había duda.

Por la noche, se reunieron en el hotel para hablar de la experiencia pero el problema era que cada uno tenía una versión diferente. Algunos recordaban los giros y la suspensión en el aire, otros el mareo y la sensación de malestar. A varios les pareció que el viaje duró horas, mientras que otros solo tenían el recuerdo de algunos segundos. Cada que contaban su experiencia tenían problemas para describir la sensación y recurrían a los sueños: —como cuando sueñas que te caes; o como cuando cierras los ojos y ves que vuelas sobre los edificios, decían.

El recuerdo parecía una bola blanca intermitente. Recordaban el viaje a Moscú, y el despegue, pero sobre el vuelo cada uno hablaba de experiencias distintas a la de los demás. ¿En realidad pasó?, se preguntaban. Tenían las fotos y los videos, pero ¿por qué era tan difícil recordar? Se convencieron que con el tiempo recobrarían la memoria.

Ha pasado un año y los diez aún recurren a los sueños cuando les preguntan qué se siente. Las noches en casa de Ale, los juegos en Six Flags y los seminarios científicos son tan reales que el vuelo sin gravedad y la memoria de flotar también deben serlo, ¿o no?