El ascensor descompuesto

¿El color de la piel puede definir el piso social en el que el ascensor se detiene?

A pesar de ser la primera de su familia en graduarse de la universidad, Aukwe Mijarez no ha podido ascender ocupacional ni económicamente. Su experiencia sirve para contrastar y complejizar algunos de los resultados del primer estudio de Movilidad Social del INEGI.

Aukwe hizo un experimento cuando estudiaba la universidad. Durante un semestre fue a clases vistiendo pantalón de mezclilla, camiseta, bolsa y tenis. El siguiente se fue vestida de falda larga, blusa bordada a mano, morral, collares y aretes de chaquira brillante. Aukwe Mijarez es una indígena wixárika de 26 años. La diferencia entre vestir de mestiza y la de usar su traje típico se reflejó en el trato que recibió. El segundo semestre sus compañeros y maestros la trataban distinto, no se pudo unir a los equipos que ella consideraba los mejores y sus calificaciones empeoraron. En la ciudad aprendió a camuflarse, a disimular para alcanzar lo que quería. Aprendió que un indígena, fuera del ámbito donde lo coloca el imaginario, es rechazado.

En junio de este año la institución oficial encargada de generar información estadística en México, el INEGI, publicó un estudio histórico. Se llamó Módulo de Movilidad Social Intergeneracional, y su intención fue mostrar si en el país las personas cambian de clase social, entendida desde tres aspectos: empleo, estudios y nivel económico. “Los resultados mostraron que en el país existe una estructura muy poco permeable. Que no te deja pasar”, afirma Yasodhara Silva, doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara. A esa estructura social algunos investigadores la llaman “el ascensor descompuesto”.

El estudio se basó en una encuesta nacional en la que al encuestado se le preguntaba sobre su familia cuando él tenía 14 años y después se comparaba con su actualidad. La idea era ver qué tanto había “superado” a su familia de origen: si logró estudiar más años, encontrar empleos más especializados o tener más recursos económicos. Pero lo más importante, histórico y trascendental del estudio, fue conocer si el origen de las personas —género, etnia, color de piel y situación social del proveedor principal— había afectado o no a su ascenso o descenso.

Los resultados sugieren que el color de la piel, en México, importa a la hora de ascender socialmente. Para identificar su color de piel se le pidió a los encuestados que se auto-clasificaran en uno de los 11 tonos cromáticos de una escala desarrollada por académicos de Princeton.

Los resultados son fáciles de adivinar, entre más claro el color de piel de una persona, mayor es la probabilidad de que termine la preparatoria —48 por ciento de los tres tonos más claros la terminó, contra 34 por ciento de los tres más oscuros— y la licenciatura —79 por ciento de los tres claros, contra 25 por ciento de los más oscuros. Quienes se identifican con los tonos de piel más blancos también tienen mayor probabilidad de emplearse como directivos, funcionarios, profesionistas o técnicos; según el estudio el 81 por ciento de las personas con los tres tonos de piel más claros tienen estos puestos, contra 55 por ciento de los tres más oscuros.

Parecía que el estudio venía a comprobar nuestras intuiciones, que somos una sociedad racista, clasista y desigual. Pero el ejercicio tiene sus deficiencias, puntos ciegos y alcances, mismos que es importante resaltar para evitar perder de vista que el racismo, el clasismo y la desigualdad son temas complejos con contextos difíciles de desentrañar en un estudio estadístico.

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Aukwe Mijarez mira con recelo el porcentaje de mejoría que percibieron las personas indígenas en el estudio. En la encuesta las personas se auto-clasificaron étnicamente como “indígenas, mestizos, blancos o de otras razas”. El 61 por ciento de los indígenas dijeron haber mejorado económicamente, comparado con el 52 por ciento de los blancos. Esto sugeriría que las personas indígenas en México están recibiendo mayores oportunidades para avanzar en la escala social. Pero Aukwe piensa en su pueblo, San Andrés Cohamiata, donde el acceso a servicios básicos como la luz y el drenaje (aunque sin agua potable) llegaron hace poco; piensa en la construcción de caminos o en el creciente número de jóvenes que salen a estudiar. Cree que muchos pudieron responder teniendo como base esas cosas, una mejor percepción de su situación, a pesar de que ésta sigue siendo precaria.

“Dentro del imaginario los servicios básicos te colocan en una posición distinta”, dice la doctora Yasodhara, quien considera que este dato de mejoría en la población indígena habla más “de un rezago histórico acumulado” que de un ascenso equiparable al de otros grupos de población.

Existen muchas maneras de estudiar la desigualdad. Los estudios de Movilidad Social evalúan sobre todo la igualdad de oportunidades, que se aprecia antes de la competencia laboral. Es decir, el acceso a las instituciones sociales promotoras de movilidad social como las escuelas. Al ingresar a estas instituciones, en teoría, una persona podría mejorar su calidad de vida.

Una de las críticas a estos estudios es que no consideran explícitamente la igualdad de condiciones, lo que se aprecia durante la competencia, ni la igualdad de resultados, lo que se aprecia después de la competencia. La primera se refiere al desaprovechamiento de la estructura de oportunidades, como cuando un niño va a la escuela pero no aprende. Y la otra analiza las inequidades en el mercado laboral, como la brecha salarial en una misma compañía.

Si dos alumnos acceden a la misma universidad han tenido igualdad de oportunidades, pero si el capital económico, social y cultural de uno de ellos es mayor, eso lo beneficiará. Por el contrario si el otro alumno presenta condiciones adversas, como estar lejos del centro de estudio, trabajar al mismo tiempo, o sufrir discriminación, podría dejar la escuela.

“Las oportunidades son muy importantes, pero no siempre se realizan en las mejores condiciones ni con los mejores resultados”, dice la investigadora.

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El sueño de Aukwe era estudiar en el ITESO, una universidad privada de Guadalajara, y así lo hizo. De los casi cien mil pesos que costaba el semestre obtuvo una beca del 70 por ciento y un financiamiento del 25, más intereses, que tendría que pagar después de graduarse. Aukwe trabajaba como conserje y vendía artesanías que ella misma hacía para pagar cada mes el restante 5 por ciento y su manutención, pero un día su primo de 16 años llegó a su casa con una noticia: “mi esposa está en el hospital”.

Aukwe lo hospedó y lo acompañó a donde estaba internada su esposa de 15 años. Actuaba sospechoso. No le quería decir que su esposa había tenido un bebé, y que como ambos padres eran menores de edad no podían sacar a su hijo del hospital. De un día para otro Aukwe se encontró con un bebé prematuro y un par de menores de edad que alimentar. En su casa las cosas se complicaron y por conflictos con el rentero tuvieron que dejar el lugar donde vivían.

Se mezclaron las condiciones menos indicadas. Aukwe faltó quince días a clases mientras buscaba un lugar y dinero para vivir, ese semestre reprobó una de sus materias, por eso perdió la beca y tuvo que pagar el monto completo de la materia reprobada, 16 mil pesos. Dejó la escuela para trabajar tiempo completo y liquidar la deuda que por los intereses creció hasta los 25 mil. Aukwe Mijarez dedicó un año y medio de su vida a pagar una materia de la universidad.

Tiempo después las cosas se estabilizaron, Aukwe pudo volver a la misma universidad y terminar sus estudios con su beca restaurada. Educativamente ella escaló respecto a sus padres, pero en el ámbito socioeconómico dice percibirse igual. Desde el 2015 se desempeña en el cargo de Coordinadora de la Mesa de Comunicación del Consejo Regional Wixárika por la Defensa de Wirikuta. Aunque es una labor especializada, no recibe paga.

¿Cómo saber si Aukwe fue víctima de su color de piel o de su origen étnico? Ella afirma que el rechazo que recibió de forma directa, y a veces indirecta, además de las condiciones de su origen, afectaron su desempeño en la escuela. Sin estudios que analicen la igualdad de condiciones y resultados, podríamos discutir teniendo como base interpretaciones reduccionistas.

Como ha escrito Federico Navarrete, el historiador y escritor que lleva años analizando el racismo en México, los estudios estadísticos basados en la percepción que las personas tienen de su color de piel “pueden darnos una imagen general del sistema, pero nada más”. Según Federico, éstos corren el riesgo de volver estática una realidad contradictoria y en movimiento, además de que no explican nada en sí mismos. Una relación entre el color de la piel y posición social poco significa si no hablamos, analizamos, entendemos y explicamos antes “los mecanismos causales efectivos que han producido esta estratificación por color de piel a lo largo del tiempo” [1].

Aukwe Mijarez se graduó de Ciencias de la Comunicación en el 2016. En los números ella podría ser una cifra feliz, de esas que se presumen en los discursos y los comunicados: “He subido entre comillas, porque estoy igual de jodida”, dice y revienta de risa.

1.En esta serie de textos Federico Navarrete analiza y complejiza el estudio del INEGI: http://horizontal.mx/pigmentomania-tercera-entrega/