Halcones en las redacciones y un déficit de genitales

Una entrevista a Javier Valdez

De adolescente estuve enganchado a la Malayerba, la columna que Javier Valdez publicaba en el semanario Río Doce. A través de sus crónicas, mi ciudad me parecía un escenario de película. Nunca antes la había visto retratada en historias que me atraparan tan de chingazo. Javier podía contar la anécdota de unos vatos que hacían desmadre en la bahía de Altata, y yo sentía que estaba viendo un capítulo de The Wire, la serie de la que platicamos la última vez que lo vi. Le aprendí más a él que a la universidad, y tuve la suerte de ser su amigo.

A Javier Valdez se lo llevó el Culiacán que él mismo trató de humanizar. En una ciudad donde las muertes violentas son estadística, nota roja o chisme morboso, él nos recordaba que ante todo somos gente: sentimos, y la esperanza por encima del dolor nos concierne. Dedicó buena parte de su vida a forjar conciencia en una bestia incontenible, y todavía se daba tiempo de agarrar cura. Podía bromear sin reírse, pero nunca escatimaba una sonrisa ni un abrazo sincero. Quedó pendiente la ronda que me tocaba invitar. Al menos no se me va a pasar brindar por ti, vato. Pinche gustazo haberte conocido.  

Alguna vez la censura a los medios de comunicación en México vino principalmente del gobierno. Ahora es posible encontrarse en una región donde cada una de las organizaciones criminales que se disputan el poder trata de imponer lo que se dice y lo que no. Y cuando se quiere ejercer el periodismo en tales condiciones, hay quienes se dedican a resistir a pesar de todo. Aunque el jefe de la plaza les mande llamar, aunque un cártel les diga que publiquen una cosa y otro les advierta que mejor se abstengan de hacerlo. Aunque sus vidas se vean amenazadas si no aparece cierta versión de los hechos en la portada del periódico al día siguiente. Para escribir el libro Narcoperiodismo (Aguilar, 2016) el periodista sinaloense Javier Valdez elaboró todo un mosaico de las diferentes maneras en que la delincuencia organizada ha tomado por asalto al periodismo en varias ciudades de México, a través de las historias de quienes han vivido la guerra del narcotráfico desde las redacciones. Esto es lo que el autor platicó con Territorio durante su visita a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2016.

 ¿Cuando hablas de narcoperiodismo te refieres a un periodismo al servicio del narco o condicionado por el mismo?

Cuando yo hablo de narcoperiodismo me refiero a la presencia del narco en las redacciones, a cómo el narco manda en los medios de comunicación, las coberturas de violencia y de otro tipo de carácter social, económico, productivo, etc. Incluso de gobierno y cómo el narco ha sometido a los medios de comunicación obligando a que no se publique lo que pasa en la calle, entonces son los diferentes escenarios del trabajo periodístico, todos ellos cruzados, contaminados, enfermos de narcotráfico y de narcopolítica.

 

¿Cómo es que hay “halcones” o infiltrados del narcotráfico en las redacciones de periódicos?

Yo conté una historia de este tipo hace varios años en Sinaloa, pero ahora el reportero espía que está checando lo que escriben los periodistas se tiene sobretodo en Veracruz, los reporteros saben quién dentro del periódico trabaja para el narco, le pasa informes al narco. Incluso puede citar al reportero porque el jefe de la plaza está requiriéndolo, y el reportero espía, halcón, incurre en actividades criminales porque sabe que al otro reportero que citaron lo pueden asesinar, lo van a amenazar, golpear o desaparecer, entonces ya es un periodismo al servicio del narco. La convivencia con estos periodistas coludidos con los criminales es un hecho tajante que está resquebrajando las redacciones del país.

 

Durante la investigación para tu libro ¿qué viste en otras regiones que no se da en Sinaloa?

Hay que tomar en cuenta que en Sinaloa tenemos un solo cártel y es un factor importantísimo porque no es una región en disputa. Lo comparamos con Tamaulipas, es una región que está bajo dos o tres fuegos de diferentes organizaciones criminales, los Zetas, los del Golfo, los de Sinaloa, etc. Eso es gravísimo porque al reportero de Tamaulipas le habla un jefe del narco y le dice que no publique la nota, luego le habla otro y le dice que la publique, luego le habla un tercero que es enemigo de los otros dos le dice que la publique, le ponga foto y en portada. Hay regiones donde el periodismo no se puede mover, el reportero ni siquiera puede regresar a esas regiones a visitar a su familia porque lo van a matar. No digo que los de Sinaloa no sean asesinos, lo son, pero el hecho de que estemos bajo una sola organización criminal nos ubica con cierto margen de maniobra, en una condición de una dulce amenaza, un cañón de un fusil automático que te sonríe pero igual te va a disparar.

 

¿Cuál de las historias que recopilaste para este libro te resultó más inquietante?

Representativa de la condición del periodismo valiente de este país, el caso de Rubén Espinoza, este reportero de Ciudad de México que trabajaba en Veracruz para Proceso, que fue amenazado de muerte, que incluso demandó penalmente al gobierno de Veracruz. Él se dedicó a dar entrevistas, a denunciar lo que estaba pasando, a decir que estaba siendo perseguido y lo mataron en la colonia Narvarte junto a Nadia Vera, una activista compañera. El caso de Rubén Espinoza es un caso representativo del periodismo en México, un periodismo frágil, vulnerable, que está solo y desolado, es decir, yo veo a Rubén Espinoza en medio del páramo, desnudo, lo veo frágil, expuesto, sin ninguna opción de salvación, sin salida, con el dibujo de la diana de tiro al blanco esperando ser asesinado.

 

¿Cómo se notan los cambios a nivel calle de la vida en convivencia con el narcotráfico?

Retrocedimos muchísimo a lo que contábamos de 2008 a 2012, retrocedimos como ciudadanía. En ese entonces reclamábamos todavía los espacios públicos, ahora los perdimos completamente, nos hemos enfermado como sociedad de indiferencia, de apatía, veo una sociedad arrinconada en muchas regiones, una sociedad que parece adaptarse a la muerte y esperar la muerte, una sociedad que ve como ajenos a nuestros muertos en las calles y que justifica la muerte. Cada vez avanza más esta idea en muchas partes del país, cuando cuentan que mataron a alguien nosotros respondemos “qué habrá hecho”, “con quién se metió”, esta reacción cobra mucha fuerza porque son formas de sobrevivencia de la gente, porque son formas de no sentir, no comprometerse. En realidad muchos de los muertos no hicieron nada, incluso personas detenidas no son delincuentes pero no queremos saber como sociedad. El gobierno está encantado con esta situación, con esta mirada tramposa de buenos y malos, lo que me preocupa es ver la actitud social, no comprometerse, no protestar, nosotros retrocedimos en este aspecto que yo llamo el déficit de genitales: al país le faltan genitales lamentablemente.

Javier Angulo

Javier Angulo (Culiacán, 1985). Escribe para no volverse loco y toca música para no escribir. Le apasiona el paso del tiempo, la cultura pop y la humanidad. Hace canciones y las interpreta con un grupo.