La ciudad liminal

La sutil forma de dominación que es vivir en el Valle de los Molinos

Hay una Guadalajara que se encuentra en la sombra, en la invisibilidad, con una lejanía que no sólo es espacial sino también emocional, simbólica; ciudades dentro de la ciudad. La Minerva como imagen de postal, pero nunca como realidad. Aquí lo que crea identidad es un molino, monumento más interesante que la diosa romana pues tiene un diálogo sin pretensión con su entorno, diálogo de artificialidad y abandono, un molino inútil y decorativo descontextualizado, reminiscente de aquellos que son el símbolo de los Países Bajos. Aún así dice todo sobre la zona, un molino que es simulacro de molino y una zona habitacional simulacro de una zona habitacional, Ceci n’est pas une moulin, Ceci n’est pas une quartier. Allá en Valle de los Molinos, donde sólo existe un basurero y una carretera (vialidad que sirve para acentuar más el hecho de estar sin estar) miles y miles se ven obligados a realizar su vida en lado obscuro de la metrópoli.

Valle de los Molinos es una zona residencial a un costado de la carretera a Colotlán. Si desea conocer el mítico lugar usted deberá recorrer dos horas abordo del transporte público hasta la carretera a Tesistán, para posteriormente dirigirse hacia la salida a Zacatecas; deberá derrotar los obstáculos de los baches, o en las laterales la falta de pavimento, además de esquivar a cientos de recolectores de basura que usan esta vía para llevar a su paradero final miles de kilos de desperdicios que el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) desecha día tras día. El sociólogo Javier Auyero pensó en la espera como una sutil forma de dominación que sufren los pobres de la metrópolis, el “ya merito” deja en la incertidumbre a cientos, desmoviliza a la población ante anhelo de lo próximo que jamás llega, o la tolerancia desarrollada ante las miles de horas perdidas en desplazamientos o en filas supuestamente necesarias para completar papeleos insufribles, la slow burocracy como una artesanía para atormentar al que menos tiene.

Para acotar a ésta otra Guadalajara la llamaré la ciudad liminal. Bruno Latour utiliza este concepto para hablar de los espacios frontera: visualicemos estar en una puerta, estamos un poco a afuera, estamos un poco adentro, una ciudad liminal sería aquella que es parte de la ciudad pero no lo es, aquellos sitios que ni de aquí ni de allá, ni rurales y ni urbanos, con desarrollo y sin él, ciudad de la posibilidad y del engaño, de la esperanza y de su antónimo. De esas Guadalajaras hay muchas, nos equivocamos al pensarlas como nuestra periferia, nos equivocamos porque no son de nosotros, porque son otros lugares, otras ideas, otras formas, otros saberes, porque para el clasemediero urbano se puede estar más cerca de Buenos Aires que de Valle de los Molinos o que de Santa Fe, porque sus realidades son otras. Cuando los globalistas anunciaban que el mundo reducía su tamaño, no pensaron que esa predicción sólo sería para unos pocos, que las fronteras cayeron para los de arriba pero generaron nuevos muros para los de abajo. Las Guadalajaras, la central y las liminales, tienen una relación de dominio, una sobre la otra.

¿Pero cómo en un espacio tan corto hay tantas realidades? “Es evidente que los monumentos inspiran la sabiduría social y a menudo incluso un verdadero temor” afirma George Bataille; la arquitectura no es inicua, sus formas generan comportamientos, actitudes, sensaciones, ya sea el París del Barón Haussmann o la Barcelona de Cerdá, o las Villas Panamericanas de Emilio González, todas poseen una serie de racionalidades particulares con objetivos específicos y con consecuencias políticas claras. Si se presta atención, en el caso de la ciudad liminal, se conjugan un grupo de actores privados y estatales junto a una política pública de vivienda ineficaz, combinación que da como resultado un cinturón de asentamientos que no cumplen con los criterios básicos para el desarrollo cabal de las personas quienes habitan en estos lugares. La planeación urbana de corte neoliberal que impera en nuestra ciudad sobrepone el interés y el lucro privado sobre el derecho a la vivienda; la especulación inmobiliaria hace de las suyas al ver a los ciudadanos como peones en sus juegos económicos, estadísticas y variables en su ecuación impersonal para poder lograr seguir acumulando capital. El desarrollo urbano es un juego de mesa para los amos de las ciudades.

Estas condiciones con las que se ha venido desarrollando la ciudad tiene culpables específicos que como sociedad deberíamos comenzar a denunciar, no se trata de abstracciones como “la clase política” o “la corrupción”, aquí los protagonistas tienen nombre: Javer es la desarrolladora de Valle de los Molinos, que no sólo depredó cientos de hectáreas forestales para la construcción de miles de viviendas en la nada, sino que en su voracidad por el lucro construyó casas con pésimos materiales y que hoy cobran factura a quienes habitan el lugar. Los vecinos se han organizado para pedir justicia, pero las autoridades no han respondido a las demandas de quienes por necesidad tuvieron que migrar a “la Holanda” de Zapopan.

Valle de los Molinos junto a todos los desarrollos inmobiliarios de la zona de Copála y carretera a Colotlán tienen otro efecto perverso, la contaminación desmedida del agua que consumen los pueblos de la barranca; aunque parezca difícil de creer, Zapopan, la ex-”villa maicera” tiene mayoritariamente terreno sin urbanización, esto es porque sus fronteras municipales se extienden muy al norte, tanto que incluso se encuentra a sólo un municipio de distancia del vecino estado de Zacatecas. Ixcatán o San Lorenzo son dos poblados que están en el área rural de Zapopan , el primero un pequeño pueblo con todo el encanto de los pequeños centros humanos y el segundo, un área verde con un microclima en el que crecen miles de árboles de mango (es tanto el fruto de la zona que el suelo tiene un extraño y a la vez encantador olor a mango fermentando que tapiza todo el lugar). Este sitio se encuentra coronado por una enorme cascada y su consecuente río, hoy todo esto se ve amenazado por las aguas sucias de los fraccionamientos y por los lixiviados, líquido residuales de los basureros de Picachos y Hasar’s, ambos líquidos tóxicos tienen escurrimientos por el subsuelo que los llevan directamente a contaminar el agua de la zona poniendo en peligro el patrimonio natural y la forma de vida de los pobladores de estos sitios.

Si volteamos hacia el sur de la metrópoli la historia no es diferente. Tlajomulco es un municipio que cuenta con miles de fraccionamientos construidos en la década pasada en zonas inadecuadas en todos los sentidos, miles de dormitorios (porque llamarlas casas sería inadecuado) amontonados en lo que antes fueron presas o campos agrícolas, donde los servicios públicos son de difícil acceso. El ejemplo más claro es el fraccionamiento de Santa Fe, un asentamiento de casi 30 mil habitantes que viven la violencia urbana provocada por la codicia de un grupo de empresarios que hoy en un abierto caso de lavado de dinero, por lo menos desde su aspecto ético, construyeron uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, el Demetria; un edificio que cuenta con restaurante, galería y otros entretenimientos para la gente fina que quizá sin darse cuenta, queda manchada por estar cómodamente sentados en un sitio que se construyó con recursos sacados de la miseria de miles. Es la versión local de los diamantes de Sierra Leona en África.

La escuela de sociología urbana de Chicago pensaba la ciudad como un organismo con sus propias leyes y reglas naturales. La ciudad podía conocerse mediante metodologías específicas como las ciencias exactas, sólo habría que conocer de qué manera podíamos sistematizar nuestros saberes urbanos para así conocer las leyes que rigen la ciudad. Hoy este pensamiento no ha caducado y resulta especialmente preocupante observar que miles de urbanistas y arquitectos abanderan la tesis de que la ciudad es una realidad quasi biológica negando por consiguiente su realidad política y pensando que los problemas de la urbe se solucionarán con fármacos bien intencionados que alivien los síntomas de los padecimientos sociales.

Si pensamos en la espera como instrumento, la pesadez de vivir en la ciudad liminal es también una forma de mantener en la inercia, en la incertidumbre y la desesperanza a miles de personas, imposibilitándolas políticamente para que luchen por sus intereses. La ciudad liminal es la infraestructura última para el control y supervisión de los que menos tienen, guetos que ejemplifican claramente las distintas clases sociales y las mantienen en su lugar, negando su interacción y por lo tanto sus conflictos. La pesadez de la pobreza, del tiempo perdido, del abandono, de la inexistencia, todo esto se conjuga para crear subjetividades específicas que se construyen a partir del nomadismo. Espacios multiculturales que podrían ser ricos en nuevas dinámicas y expresiones sociales, se limitan por el cansancio de sobrevivir el día a día.

A pesar de todo, la ciudad es ligera para sus habitantes más privilegiados, para quienes la pobreza, la violencia y la inseguridad se esconden detrás de un muro. Tal vez la escuchen o la vean, sólo tal vez, pero nunca la viven, nunca la sienten, porque son relatos de televisión, de una revista, de este artículo. Incluso cuando unos pocos entran en contacto con ella, se le niega y se le reduce a un circo, a un paseo por el zoológico de la miseria; hay una verdadera incapacidad cognitiva para establecer contacto con el otro desde (valga la redundancia) su otredad. Incapacidad que se vuelve excusa para no ver que esa ciudad que se presume como cosmopolita y contemporánea se sustenta en la explotación permanente de quienes la han construido, no en el renombrado arquitecto, no en el connotado urbanista, sino en el que tiene sus manos en la pala y la mezcla, no en el emprendedor, sino en las 200 mil personas que trabajan como mano de obra para gigantes tecnológicos, es la parte invisible y oculta, es el dark side of the moon que genera franquicias electorales, pero no transformaciones políticas. Esta es una invitación a pensar en la ciudad liminal como la versión de los no-lugares de Marc Augé, espacios homologados de tránsito sin arraigo ni identidad, frente a los que aquí intentamos describir como espacios de permanencia y de fuertes procesos de apropiación, sin embargo ambos son eslabones en la jerarquización de clase. La ciudad liminal no es una creación consciente, es una emergencia de las relaciones de una urbe construida como negocio.

 

 

Conrado Romo García

Egresado de la maestría en Urbanismo por la Universidad de Guadalajara. Ha trabajado como asesor de distintas dependencias y actores políticos en temas como la participación ciudadana, la innovación gubernamental y realizando estrategias de comunicación. Actualmente es el Director del Órgano Técnico de Asuntos Metropolitanos del Congreso de Jalisco, ha escrito para medios como Horizontal.mx, el Fanzine o U-gob, localiza su práctica profesional en el campo del diseño cívico. Agitador cultural y apóstol de la cultura libre. Ver sitio personal