La gente que no tiene nombre

El poder de un público sin artista.

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  Adentro las mesas con fruta picada, bebidas energizantes, la pizza, la cerveza y alguna petición absurda (en 2006 Iggy Pop exigió que su camerino fuera decorado por un artista homosexual, y que le dejaran un periódico inglés con historias de gente obesa). Los momentos de calma previos al show llenan la sala de conversaciones anodinas, voces que calientan la garganta y manos que se preparan para arrancar aullidos a los instrumentos. Afuera, el calor ya se apoderó de los cuerpos, y cuando las luces se apaguen y los gritos se enciendan, el artista sólo será un pretexto para desatar el poder de la emoción colectiva, la verdadera razón por la cual una persona accede a sumergirse en un mar picado que empuja y que jala, que levanta y crea remolinos donde las caras se interponen en el camino de los puños. Puede ponerse violento, pero nadie dijo que debería ser de otra forma. El concierto sería un acto incompleto sin ese ritual que nos funde en el anonimato y que contiene el arrebato, para hacernos estallar entre la multitud.