La piel que habitamos

Origen, percepción y color de piel.

Wixaritari en la ciudad

Hayuaneme significa “sonido del agua”, y eso es patente en su risa. En las mañanas barre la banqueta de su edificio mientras el sol se alza en Guadalajara sobre el Parque Revolución. Entre semana estudia en la Universidad Jesuita, y los domingos juega fútbol en un equipo de jóvenes que anda de racha. Las noches las pasa en su cuarto, al fondo de la azotea del edificio.

Hayuaneme García es un estudiante de Ciencias Políticas en el ITESO (universidad jesuita de Guadalajara), un representante de los migrantes de San Andrés Cohamiata en la ciudad, y un wixárika urbano. Te mira de frente cuando te habla, pero es su risa el tiro de largada: suena y la conversación verdaderamente ha iniciado.

Los indígenas wixaritari, plural de wixárika, no se llaman a sí mismos ni a sus comunidades con el nombre español de huicholes que les dieron los conquistadores. Lo rechazan como un rechazo a la colonización, y usan su lengua para nombrarse. A San Andrés Cohamiata la llaman TateiKie.

A los 6 años, Hayuaneme vino a vivir a Guadalajara con sus hermanas y su mamá. Como muchos otros wixaritari, la promesa de poder vender artesanías les llevó a migrar. Ya era común que su mamá fuera y viniera cuando tomó la decisión de mudarse permanentemente, pero andar ingenuamente entre los rincones de la ciudad fue más duro de lo anticipado.

“De mí muchas veces se burlaron por mi condición de indígena”, me dijo mientras mirábamos los autos navegar por la avenida Federalismo. “Muchas veces humillaron a mi mamá por vestirse de indígena. Nos dijeron que éramos burros, que éramos sucios, se burlaron de mi manera de hablar”.

Los niños wixaritari en Guadalajara no están aprendiendo a hablar su lengua por vergüenza, y el Estado Mexicano no oferta espacios en donde puedan aprenderla con confianza. Para un país cuya composición es, según la Constitución, “pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas”, eso significa una omisión silenciosa que relega a las comunidades indígenas del país.

“Se aprende el arte de ser mañoso”, confiesa Hayuaneme, y aclara: ser mañoso es evitar con astucia los señalamientos y la discriminación. Después de todo, la fuerza de la dignidad no está peleada con la búsqueda por el vivir tranquilo; y el racismo empieza en la colonia, al poner un pie afuera de tu propia casa.

Un reto que enfrentan los migrantes indígenas (algunos de los cuales son estudiantes urbanos y futuras élites de sus comunidades) es la asimilación: el fenómeno que obliga a abandonar lo propio como condición que impone un grupo –cualquiera– para ser aceptado entre ellos; y que obliga, también, a aceptar todo eso que el grupo te otorga a cambio. Para los pueblos indígenas la asimilación ha sido históricamente la obligación de desaparecer. En el pasado esa amenaza era la amenaza de la colonialidad; hoy es la de la globalización.

Las posibilidades de desarrollo para el wixárika urbano son inciertas porque su espacio de vida no está dado. Los discrimina la ciudad, pero también los excluyen y discriminan sus comunidades. Se le concibe en la sierra tanto para las instituciones de gobierno que utilizan imágenes de ellos en las cordilleras al buscar turistas, como también para los que mandan en la comunidad. Me cuenta Hayuaneme que para las autoridades de su pueblo es sólo en la sierra donde se puede llevar a cabo la tradición y por ello la identidad es una resistencia, un contraste con la modernidad. De allí que exista un prejuicio contra los indígenas que emigran, pues los dan por asimilados y por perdidos. “Pensaban que venir a la ciudad era dejar de ser wixárika”.

El racismo en Guadalajara no es estridente, prefiere inmiscuirse en silencio. Los políticos no los desdeñan en sus discursos públicos, pero no fue hasta el 2012 que un wixárika llegó a ser alcalde en Jalisco por primera vez en la historia; a pesar de que Bolaños, el municipio que gobernó Óscar Hernández, está compuesto por wixaritari en un 75%.

Es cierto que las universidades no los excluyen en sus criterios de admisión, pero los costos de las colegiaturas en las universidades privadas son incompatibles con la precariedad monetaria de los indígenas que viven en Guadalajara. En el ITESO, hermana de la Universidad Iberoamericana, las becas completas que solían otorgarse a indígenas wixaritari han sido reemplazadas por créditos. En el folleto de la Licenciatura en Gestión Pública y Políticas Globales aparecen 24 personas, pero sólo cuatro son morenos y ninguno wixárika.

El racismo no siempre habla pero establece desigualdades a partir de las diferencias genéticas de las personas: esas que dictan el color de la piel, las facciones del rostro y las proporciones del cuerpo. Con ellas se dominan territorios, se establecen fronteras y se excluyen a los otros. Se llama racismo porque esas desigualdades imprimen juicios de valor sobre las etnias a las que equivocadamente llamamos razas: significa que algunas proporciones, algunos rostros o algunos colores de piel son mejores que otros y merecen vivir mejores vidas.

 

Afros y prietos

Los riffs retumban hasta la esquina de su cuadra en la colonia Ferrocarril, y la calle ni se inmuta. Douniel, entre el set que reemplaza la sala de su casa, se toma un tiempo para hablar de las cosas que no se oyen, pero sí se ven en Guadalajara: el color de la piel y el trato que trae consigo.

Douniel Belizaire es un animador desempleado, bajista en un par de bandas locales, y un mexicano de piel negra. Hijo de un inmigrante haitiano y una mexicana, recuerda que conocer a su padre como negro fue reconocerse a sí mismo como tal. Entonces vendrían a su vida otros tantos: su hermana, los paisanos de su padre en Colima y Piedra Pesada, y la comunidad haitiana en Guadalajara.

Ser negro le ha permitido ver a México desde una perspectiva ajena. Como si este país no fuera el suyo. El color de piel es diferente a la nacionalidad, eso lo tiene claro, pero el suyo es representado en la ciudad como un atributo exótico y extranjero, y los atributos son transferidos a la persona.

“Me siento mexicano cuando llevo rato conociendo a la gente”, dice Douniel, “cuando ya se acostumbran y ven que no soy alguien ajeno. Cuando se les pasa la impresión y se dan cuenta de que crecí aquí y soy de aquí”.

“Ser negro en México no es normal”, me cuenta mientras prueba algunos arpegios en su guitarra, “te ve la gente y espera que seas de una cultura diferente, y traigas contigo una experiencia distinta a la que ellos están acostumbrados. Como el Magical Negro, hay una expectativa de que traigas alternativas culturales; y se decepcionan cuando encuentran que no es así”.

Al mexicano le parece insólito que el mexicano pueda ser negro. Al prieto lo conoce, por supuesto, y sabe ya cómo tratarlo; pero el afro, enfatiza Douniel, es distinto al prieto. Al afro se le exotiza, la gente se relaciona con él partiendo de las posibilidades que otorga su rareza y las referencias culturales que tiene.

“A mí me tratan mejor que al prieto porque no me veo mexicano. Es más cultural que racial” se aventura a plantear mirando al techo. “En México no hay un concepto muy presente del racismo. Aquí no es ni siquiera un tema: nosotros somos tan minoría que los políticos no apelan a nosotros. Para ellos no existimos”.

Afuera de su casa, en La Ferrocarril hay un silencio tenso. Más de 550 familias habitan esta colonia que vive en precariedad y exclusión. Al oriente de Guadalajara, cruzando la Calzada Independencia, se hallan las líneas ferroviarias que atraviesan la colonia. Los habitantes de la Ferro padecen desigualdad urbana, sin acceso a la mitad de los servicios públicos que debería ofrecerles el municipio.

En el 2015, el INEGI preguntó por primera vez sobre la identidad negra en el país. El 1.2% de los mexicanos, casi millón y medio, se identifican como tales. Sin embargo, la identidad negra difícilmente es relevante fuera de Oaxaca. Su presencia política radica en las comunidades de la región de Costa Chica, cerca de Guerrero, donde organizaciones de la sociedad civil como México Negro y la Red de Mujeres Afromexicanas han sido actores políticos relevantes, impulsando el reconocimiento de los negros a nivel constitucional.

Al preguntarle si piensa que hay racismo en Guadalajara, Douniel responde con certeza: sí. No obstante, el problema no es mediatizado ni discutido públicamente. Está directamente asociado con la invisibilización y con el silencio. Sólo se manifiesta a través de las sutilezas de la vida diaria, las condiciones materiales en que se vive y el hecho de que son diferentes según el color de la piel.

“La gente no experimenta racismo conmigo sino un enigma: un cómo chingados llegó a aquí. A veces es un chingados con fascinación y a veces es un chingados con hostilidad, pero siempre es un «chingados»”.

 

¿Qué es un chino?

El papá de Takashi es japonés, nació allá, pero lo trajeron a México a los tres años y creció en Guadalajara. Su mamá es mexicana, y siendo muy jóven también la trajeron a esta ciudad. Aquí se conocieron, se casaron y tuvieron tres hijos. Su historia de vida no es muy distinta a la de cualquier otro, si no fuera por el país donde nació su padre. La gente le recuerdan su diferencia todo el tiempo: no tiene nada que ver con su lengua ni con su cultura, porque ambas son locales, sino con las facciones de su cara, la forma de su pelo y el color de su piel.

Los asiáticos son imaginados como algo muy distinto a México, incluso cuando son asiático-mexicanos. Si «vienen de Asia», los mexicanos piensan que son ajenos, que son exóticos, y especialmente que son chinos.

Sus compañeros de trabajo son un caso ejemplar. En ocasiones Takashi trabaja como guía turístico y mientras él traducía en inglés para japoneses, estadounidenses o europeos, escuchó que sus compañeros decían: “Mira, el chinito nos viene a bajar el trabajo”. Takashi no respondió y dice que hasta le dio risa, cuando llegó la hora de la comida, les dirigió la palabra con la excusa de pedir un condimento. Allí llegó la sorpresa: “¡Ay! ¡Sí hablas español!”, “Pues claro, soy de aquí”, les dijo. Entre risas me confiesa que le gusta hacerle bromas a los que lo estereotipan.

Lo que no hay es un asiático-mexicano, sino múltiples. Asia es una región étnicamente diversa, hecha de muchas naciones milenarias. Uno puede tener ascendencia japonesa, otro tenerla coreana y otro filipina, y sus referencias culturales serán bastante distintas entre sí. A pesar de ello para casi cualquier mexicano todos son igualmente extranjeros e igualmente chinos.

“A veces se excusan”, dice Takashi, “«es que te digo chino porque es difícil ver quién es chino, coreano o japonés». Y yo les doy la razón. Es difícil distinguir a los asiáticos entre sí, si no hablan, si no alcanzas a percibir cómo se expresan. Pero luego yo les hago la misma prueba: a ver, ¿cómo distingues a un chileno de un colombiano, de un peruano, de un mexicano? Ya me dicen «No, bueno, el chileno te habla distinto». ¿Y si no te hablan? El acento es lo que marca, pero, ¿si no? Está difícil”.

Para Takashi no es ningún trauma el ser señalado como extranjero o como chino. Son barreras culturales que hay que ir rompiendo, aunque es cierto que son barreras que no tiene un mestizo cualquiera. A lo mucho, generan confusiones cuando niño. “Como siempre, vas al parque y los niños dicen «Mira el chinito, mamá». Y tú llegas con tu mamá, y le preguntas «¿Qué es un chinito? ¿Por qué yo soy chinito?»” Puede ser un desafío al principio, pero la confusión es para Takashi una oportunidad para reconocerse distinto. Una oportunidad para saberse tanto japonés como mexicano.

El privilegio de ser japonés es el de recoger esa admiración hacia Japón y usarla para construir una identidad en México. Dragon Ball fue una pieza clave en la infancia de Takashi: “A todos les gustaba, y viene de Japón. Hasta cierto punto me lo atribuían a mí. «¡Qué padre caricatura!», me decían. «Y viene de donde tú vienes». Eso me daba gusto”.

Aquella no es una suerte con la que corren todos los asiáticos en México. Las connotaciones negativas del chino, en el país, son bastantes. Se les ve fácilmente con desprecio, se les imagina como migrantes precarios y como trabajadores desconfiables. Un producto hecho en China es sinónimo de un desechable o un inservible, y por lo general el mexicano atribuye esos mismos adjetivos al chino. No se mira dos veces antes de soltar un prejuicio en su contra. El mexicano parece no notar la ironía de ese racismo, tan parecido al que tienen de él en Estados Unidos.

Desde la perspectiva de Takashi, el racismo en Guadalajara no sólo se basa en bromas, en silencios y en desconciertos frente al diferente. El ser interpretado como extranjero implica un trato preferencial, y allí está lo revelador. “En comparación, los nacionales se tratan peor entre ‘ellos’ de lo que me tratan a mí. Lo que hay en México es más bien un malinchismo, cierto racismo hacia adentro, hacia sí mismos”.