La ciudad no es para todos

Los costos del modelo de ciudad neoliberal.

Ilustración: Chop Suey

Eran las cinco de la mañana y la oscuridad sofocaba todo. Se escuchaban apenas algunos carros pasar por la avenida y los pasos apresurados de María del Carmen Palacios y su hija. No podían perder el camión, no debían llegar tarde al almacén donde trabajaba, que estaba a dos horas de ahí. A sus espaldas se alzaban docenas de edificios grises, abandonados, camuflándose con la madrugada. Unos metros al frente de ellas, dos muchachos arrastraban a otro más joven. Carmen pensó que estaba dormido. Cuando se subieron al camión, vieron desde la ventana a los dos hombres meter al otro en un tambo de basura, rociarlo con gasolina y prenderlo. Las mujeres desviaron la mirada, el camión arrancó y el muchacho ardió hasta consumirse casi por completo.

Carmen llevaba apenas dos años viviendo en un departamento en el fraccionamiento Lomas del Mirador, en Tlajomulco, cuando vio cómo quemaron a un hombre a unos metros de su casa. Llegó en febrero del 2013 al lugar que su hijo compró con un crédito del Instituto de Vivienda (INFONAVIT). La constructora Homex les aseguró que el 90% de las casas estaban vendidas y que el proyecto contaría con todos los servicios. Durante seis años y medio vivieron sin alumbrado público y a la fecha hay solamente 30 familias en un fraccionamiento donde caben unas 900. Este desarrollo fallido no es el único, el municipio está lleno de ellos. 

En náhuatl, Tlajomulco significa “tierra en el rincón”, y eso es: un montón de tierra en un rincón de una gran metrópoli. En los últimos treinta años, la tierra se tapizó con concreto y el rincón se convirtió en un laberinto de casas apiñadas. A mediados de los años noventa había 70 mil personas viviendo en este municipio árido del suroeste del Área Metropolitana de Guadalajara (AMG). Hoy hay 600 mil.  

Tanta gente no fue atraída al municipio por sus maravillas, se puede decir que no tuvieron muchas opciones. En el 2001 el entonces presidente de México, Vicente Fox, emprendió el mayor boom de la construcción residencial en América Latina: subsidió a desarrolladores privados para construir viviendas de interés social. Al mismo tiempo, los fondos nacionales de vivienda como el INFONAVIT y el FOVISSSTE repartieron créditos a diestra y siniestra. La industria de la construcción se enriqueció en pocos años y millones de personas se endeudaron para tener una casa propia. Prometía ser una mejora a la calidad de vida de la clase trabajadora, una proliferación de suburbios al estilo norteamericano, pero resultó ser una plaga de desarrollos mal hechos, aislados, sin servicios básicos y, por ende, abandonados. Tlajomulco es una de esas pesadillas que prometía ser sueño cumplido. 

Para mucha gente que vivía en Guadalajara, o llegaba a la ciudad para trabajar, la posibilidad de tener una casa apuntaba necesariamente hacia uno de estos fraccionamientos en los municipios periurbanos: Tonalá, Tlajomulco, Tlaquepaque, Zapotlanejo, El Salto. La expansión desmedida de la metrópoli ha sido cuestionada por académicos y activistas, como Luis Felipe Cabrales Barajas, un investigador que ha documentado y sido crítico del desarrollo urbano en el AMG desde la década de los noventa, abordando temas de segregación social y fragmentación urbana. En 2001 publicó un estudio entorno a los cotos cerrados y sus efectos nocivos para el tejido social, sin embargo, el modelo de vivienda no solo ha continuado, sino que se ha exponenciado. Cabrales y otras voces críticas del modelo de ciudad no han sido escuchados, pues el proyecto inmobiliario tenía más peso que cualquier proyecto urbanístico. 

Carmen y su familia se vieron arrastrados con la enorme ola de personas que llegaban a instalarse y sobrevivir en la periferia gracias a un fenómeno que durante años ha desplazado poblaciones en toda el AMG: la gentrificación. Carmen vivió toda su vida en Ciudad Granja, un barrio de vecindades y fincas agrícolas en el municipio de Zapopan. Ahí conoció a su esposo, que también había crecido en la zona, y cuando se casaron compraron un terreno y construyeron una casa de cuatro recámaras, con sala, comedor y cochera para dos carros. En esa casa criaron a sus tres hijos, pero cuando éstos crecieron y se casaron no pudieron comprar una propiedad en el barrio. Las vecindades y las granjas habían sido reemplazadas por condominios y edificios que vendían plusvalía y modernidad, dos conceptos que los hijos de los pobladores originales no pudieron pagar. Carmen y su esposo querían estar cerca de sus hijos y nietos y vendieron su casa por 850 mil pesos y se mudaron al sofocado departamento de dos habitaciones que su hijo está pagando a treinta años en Tlajomulco. Carmen se arrepiente todos los días de haber dejado Ciudad Granja. 

La mayoría de personas desplazadas por la gentrificación no tiene ni idea de que hay una palabra para sintetizar lo que vivieron. El término lo utilizó por primera vez una socióloga inglesa llama Ruth Glass en 1964 para describir las transformaciones que estaban sufriendo algunos barrios populares en Londres, sin embargo, no había sido muy utilizada fuera de los círculos de académicos hasta hace muy poco. Omar García, un periodista hiperactivo y suspicaz, no sabía cómo nombrar el proceso de transformación urbana que estaba atestiguando desde 2015 cuando era reportero en El Informador, el diario más antiguo de Guadalajara. A través de los censos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), descubrió que desde 1985 hasta el 2010 hubo una tendencia de la población a mudarse a otros municipios fuera de Guadalajara, sin embargo, se dio cuenta que en un punto se detuvo este flujo y las clases altas empezaron a trasladarse a colonias como Santa Tere o la Americana. Cuando empezó a indagar sobre este fenómeno, un colega suyo, Rubén Martín, le dijo que se trataba de la ciudad neoliberal. Omar se fascinó por el tema y decidió estudiar una maestría en Ciencias Sociales para abordarlo a fondo. Le tomó un año convencer a los académicos de la Universidad de Guadalajara que la gentrificación era un tema de ciencias sociales y no de urbanismo, como ellos argüían, y finalmente enfocó su tesis en los efectos que tienen las transformaciones urbanas en las colonias. 

Lo que encontró Omar en su investigación es que no hay un modelo de gentrificación, cada caso es particular y tiene características que lo propician. Hay quienes incluso prefieren no usar ese término anglosajón y se refieren a estos fenómenos como “blanqueamiento”, cuando se “renueva” y “mejora” una zona para encajar en los estándares mercantiles de las clases altas. Omar observó que estas iniciativas para restaurar una colonia siempre vienen del Estado: los gobiernos municipales, estatales y federal se vuelven agentes gentrificadores al intervenir un barrio para darle plusvalía sin garantizar que sus pobladores originales puedan quedarse en él. La renovación se vuelve una antesala a la especulación inmobiliaria y es el Estado quien prepara el terreno para que las empresas lleguen, construyan sin regulación de precios y decidan quiénes serán los nuevos vecinos. 

Omar estudió el caso de Santa Tere, un barrio cercano al centro de Guadalajara, obrero en su origen y tradicionalmente de oficios, y descubrió que su aburguesamiento no ahuyentaba a los residentes que eran propietarios, pero sí a sus hijos cuando éstos querían adquirir una casa. Así como Carmen y su esposo, muchos habitantes de Santa Tere se fueron a vivir a las periferias para estar cerca de sus hijos. Es por esto que la gentrificación es un fenómeno difícil de registrar y del cual sus víctimas casi no son conscientes, porque a pesar de que podemos ver una transformación rápida en la infraestructura de un barrio, aún no estamos viendo los peores estragos del blanqueamiento. 

Así ha sucedido en la calle Mezquitán, donde la inmobiliaria Perímetro Propiedades compró la antigua sala de conciertos Roxy para convertirla en un centro cultural. Desde su adquisición y remodelación, el ayuntamiento de Guadalajara arregló las calles y cambió las luminarias y Taller Ciudad -una organización aliada de Perímetro Propiedades- pintó las casas aledañas al Roxy desde Hidalgo hasta el parque El Refugio con los colores oficiales de la fundación e invitó a artistas a intervenir algunos muros. La calle cambió su apariencia radicalmente en un par de años. Ahora la envuelven colores pastel y tipografías retro que desencajan en su entorno, sin embargo, la mayoría de los vecinos propietarios no están preocupados por los cambios. Yeriel Salcedo, vecino y activista, ha registrado todo el proceso de transformación del barrio y percibe que algunos de los habitantes que son dueños de sus casas se alegran de la plusvalía que la restauración dará a sus propiedades. El suelo en la calle Mezquitán ahora vale más, los vecinos lo saben, Perímetro Propiedades lo sabe, y el Ayuntamiento lo sabe, pero nadie ha hecho nada hasta ahora para detener lo que se podría convertir en una depredación inmobiliaria.

A dos kilómetros de la calle Mezquitán, está El Retiro, un barrio que resistió una iniciativa depredadora y hoy se enfrenta a un riesgo latente de transformación. Paty González ha vivido toda su vida en una casa con mosaicos de flores verdes en la calle Balbino Dávalos, a unos metros del Parque Morelos, en los límites del barrio.  En su casa se reúnen vecinas todos los lunes desde el 2008, cuando el entonces presidente municipal, Alfonso Petersen, anunció que construirían las Villas Panamericanas en los alrededores del Parque Morelos y vieron la necesidad de organizarse para impedir el proyecto. Finalmente, se decidió que los edificios no se construirían ahí y se dejaron los lotes baldíos, pero Paty intuyó que lo peor estaba por venir.  

En enero de 2012, cuando el entonces presidente de México, Felipe Calderón, anunció que Guadalajara sería sede de Ciudad Creativa Digital, un complejo que albergaría empresas y laboratorios de la industria creativa para potenciar su desarrollo en la ciudad, vino lo peor: el proyecto se haría en los alrededores del Parque Morelos. Como parte de la socialización, invitaron a los vecinos de la zona a participar en algunas mesas de trabajo. Paty, que es presidenta de la colonia y veía con recelo la iniciativa, anunció que irían a todas para tener una incidencia real en las decisiones que se tomaran. Lo que descubrieron después del supuesto diálogo entre gobiernos y vecinos fue que se trataba más de un desarrollo inmobiliario que de una intervención en el barrio que pudiera mejorar sus condiciones. Paty y sus vecinos se dieron cuenta de los intereses económicos a los que se estaban enfrentando y lo avasalladores que éstos podrían ser frente a sus exigencias. Sintieron la frustración de enfrentarse a poderes déspotas cuando el ayuntamiento hizo modificaciones al Parque Morelos ignorando sus peticiones. Talaron más de 200 árboles, forraron los jardines con planchas de concreto y cortaron las raíces de otros 28 árboles durante la obra. Una noche, mientras el barrio dormía, Paty escuchó el sonido de sierras eléctricas en el parque. Corrió a ver qué sucedía y se encontró con que estaban quitando los 28 árboles mutilados. 

El Parque Morelos solía ser la alameda de la ciudad, un pulmón en el centro de Guadalajara con más de tres mil árboles. La insistencia de Paty por defender cada árbol que es talado tiene que ver, no solo con el amor que tiene por las plantas y la nostalgia de su barrio en días mejores, sino con una cuestión ambiental. El hidrólogo e investigador de la Universidad de Guadalajara, Arturo Gleason, advierte que tapizar de concreto las pocas áreas verdes que quedan en la ciudad, y a través de las cuales el agua regresa al subsuelo, sólo va a provocar más y peores inundaciones. De 2017 a 2018 aumentaron de 300 a 350 puntos de inundaciones en el área conurbada de Guadalajara. Construir más torres también implica aumentar la cantidad de agua a tratar en los sistemas que tienen más de cien años y ya están, de por sí, rebasados. El lunes 8 de julio, después de una intensa tormenta en el centro de la ciudad, el agua no tuvo suficientes áreas verdes para filtrarse, saturó el sistema de drenaje, inundó el tren ligero, anegó calles y casas, y se llevó la vida de una persona.

Una semana después de la inundación, vecinos de El Retiro y otros barrio aledaños al Parque Morelos se reunieron. Muchos de ellos perdieron muebles y electrodomésticos con la tormenta, lo cual hizo que una reunión que había sido convocada para hablar de Ciudad Creativa Digital, se convirtiera en una discusión entorno a las consecuencias más inmediatas y que ya están siendo visibles, de éste y otros proyectos.  

Paty se ha asesorado con especialistas como la organización Pro Árbol y el investigador Arturo Gleason, y entiende la importancia ambiental, social e histórica de lo que defiende. Pero para quienes impulsan Ciudad Creativa Digital desde el Estado o la iniciativa privada, nada de lo que Paty y sus vecinos defienden es prioridad, pues como dijo Gastón González, el ex director de Obras Públicas en Guadalajara, el proyecto atiende a las necesidades del ciudadano del siglo XXI. El pasado de un parque o un barrio no encaja en el modelo de ciudad neoliberal, cuyos valores excluyen lo viejo, lo pobre y lo rural.

El neoliberalismo se caracteriza por darle máxima autonomía al mercado, asumiendo que será usada con fines de un desarrollo socioeconómico benigno. Sin embargo, lo que este modelo genera en la expansión de las ciudades es una transformación socioespacial desigual, que se organiza en torno a los intereses económicos y no a las dinámicas sociales de un territorio. El modelo neoliberal está tan arraigado en la forma en que el AMG se ha construido que lo podemos ver tanto en su propagación a las periferias como en la proliferación de torres. Ninguno de estos dos fenómenos han sido regulados por el Estado y hoy el desarrollo de la metrópoli está en manos de las inmobiliarias. Omar García llama a esto la “puerta giratoria”, pues quienes son gobernantes hoy mañana serán empresarios, o viceversa. Omar, que es joven y enérgico, ve con pesimismo esta relación y no cree que vaya a cambiar pronto. Es difícil imaginar al Estado ejerciendo su papel regulador, sobre todo cuando el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, podría tener conflicto de intereses con inmobiliarias como Tierra y Armonía, que pertenecen a José Errejón Hernández y Beatriz Eugenia Alfaro, sus tíos. Esta empresa familiar ha edificado por lo menos 7 torres de departamentos en la ciudad y 16 fraccionamientos. A principios de año, el gobernador invitó a la Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios de Guadalajara (AMPI) a ver el centro de Guadalajara como una “oportunidad de negocio inmobiliario que vuelva a ser una opción para que la gente viva en la zona”. El discurso de Alfaro invisibiliza a quienes ya viven en el primer cuadro de la ciudad y los relega ante los clientes potenciales de las inmobiliarias. Lo que Omar ha aprendido desde el periodismo y las ciencias sociales es que la ciudad neoliberal es una ciudad consumible, y quien no puede pagarla entonces será expulsado.

Esta forma de exclusión ha sido abordada en la Nueva Agenda Urbana, que ONU-Hábitat publicó en 2016 y que funge como nuevo paradigma internacional para el desarrollo urbano. Este documento insta a los gobiernos locales a erradicar las formas de segregación que el modelo neoliberal genera. Para Bernd Pfannenstein, un geógrafo alemán que vive en Guadalajara desde hace seis años, la problemática más grave que aqueja a la metrópoli es la segregación socioespacial. Bernd llegó, gracias a una beca que el gobierno de México otorga a profesores internacionales, con un proyecto de investigación en desarrollo urbano, enfocado en la segregación socioespacial y se encontró con una ciudad que era el escenario perfecto para estudiar este fenómeno. 

En sus estudios, Bernd documentó el incremento desmedido de los cotos: de 2016 a 2018 se registraron 3000 nuevas urbanizaciones cerradas. Un crecimiento del 600% en dos años. Esta tendencia a privatizar el espacio sigue una lógica de exclusión, una falsa idea de seguridad y una tendencia a la elitización. Lo mismo sucede con las torres de departamentos, ofrecen un modelo de vivienda aislado de otros grupos sociales, aún cuando están implantados en barrios de menor poder adquisitivo. La industria inmobiliaria encontró en Guadalajara a la clientela perfecta para venderle elitismo y segregación.

A pesar de encontrarse frente a un panorama desolador con una industria inmobiliaria implacable y un gobierno laxo, Bernd, al contrario de Omar, se siente optimista respecto al futuro de la metrópoli. Él confía en que los esfuerzos coordinados de los tres niveles de gobierno pueden apuntar a reducir los procesos de segregación socioespacial aún cuando el término ni siquiera aparece como una problemática en el Plan de Ordenamiento Territorial del Área Metropolitana, el instrumento que el Instituto Metropolitano de Planeación se enorgullece de haber elaborado para concebir la ciudad. 

Una forma de mezclar grupos sociales es a través de la vivienda vertical. Si cada vez que una inmobiliaria solicitara permisos para edificar torres de departamentos, el gobierno municipal o estatal exigiera que un porcentaje de la vivienda fuera de interés social, habría integración de clases, se podría evitar el desplazamiento de los pobladores originales del barrio y miles de familias podrían elegir vivir en zonas céntricas en vez de las periferias. Bernd, desde su experiencia como académico cree que tal iniciativa del Estado es posible, Omar, desde su experiencia como periodista, no.

El optimismo de Bernd se sostiene en el potencial que, según él, tiene el AMG para convertirse en paradigma nacional e internacional de soluciones a estas problemáticas; él cree que la metrópoli tiene todas las herramientas para dar un giro a la forma en que se ha desarrollado. Solo se necesita voluntad política, empresarial y social. Para el geógrafo, Tlajomulco incluso puede fungir como laboratorio de transformación urbana. 

Los experimentos ya empezaron. El presidente municipal, Salvador Zamora, inició un programa para subarrendar las casas que se encuentran deshabitadas, que según sus datos son más de 68 mil. De acuerdo con la Cámara Nacional de la Industria de Desarrollo y Promoción de Vivienda, Tlajomulco es el municipio con más viviendas en desuso en el país. Otro uso experimental que se le ha dado a esos espacios desiertos es el de cuartel militar. En la etapa 14 del fraccionamiento Lomas del Mirador, donde viven Carmen y su familia, el ayuntamiento habilitó 12 departamentos para que viva un pelotón en ellos. 

Cuando Salvador Zamora se acercó a Carmen y sus vecinos para comunicarles que se instalaría un cuartel militar dentro de su fraccionamiento, les dejó muy claro que los soldados no iban a cuidarlos, simplemente necesitaban un lugar donde dormir. A pesar de eso, Carmen se siente mucho más segura desde que llegaron en abril de este año. Antes, el miedo reinaba en esas calles inhóspitas. Las casas vacías se convirtieron en lo que Carmen llama “el panteón municipal”, pues han encontrado al menos once cuerpos en ellas. Ha habido enfrentamientos entre grupos armados, saqueos en las casas abandonadas donde se llevan hasta los marcos de las ventanas, robos en las casas habitadas y asesinatos a plena luz del día. Ahora reina una tensión bélica. Entre los juegos infantiles marchitos, hay un militar parado con las piernas muy abiertas y el pecho tieso, en sus manos aferra un arma larga. A sus espaldas una vecina cuelga ropa recién lavada. 

Desde que se instaló el cuartel, no ha habido robos, asesinatos, ni hombres quemados en tambos de basura. La percepción de seguridad mejoró, pero habría que militarizar todo el municipio para que la gente no abandone sus casas por miedo, asumiendo que tener hombres armados en los parques da una sensación de tranquilidad. Por otro lado, los beneficiarios del programa del ayuntamiento para subarrendar las casas llegarán a vivir a las mismas condiciones de aislamiento, lejanía y carencia de servicios que expulsó a los dueños. Sin embargo, hay un tercer experimento que se está probando en el municipio y que aspira a darle una mejor calidad de vida a sus habitantes. 

En el fraccionamiento Chulavista, a un kilómetro de la casa de Carmen, hay un huerto comunitario con 3 mil metros de perímetro. Una reja de metal bordea miles de plantas erguidas bajo el sol. Las hortalizas crecen alineadas sobre camas de sembrado de un metro de ancho por diez de largo. Hay árboles frutales, plantas medicinales, un estanque con patos y un corral con gallinas. En el centro del jardín crecen plantas de amaranto como nubes moradas flotando a pocos metros del suelo. El olor fresco de la tierra y las hojas, es un oasis en el desierto de concreto y polvo. 

El huerto comunitario “Maíz Azul” es un proyecto que inició durante la gestión de Ismael del Toro y que fue retomado con Salvador Zamora. Fue una iniciativa del gobierno municipal que, sin embargo, ha sido impulsado y sostenido por las vecinas de la zona, quienes acuden regularmente a trabajar en él. Cada cama de sembrado es cuidada por una familia y lo que ahí cultive es para su propio consumo. Los árboles frutales, las plantas medicinales y los huevos de las gallinas y las patas son comunitarios.

Aunque en un principio la creación del huerto se financió con un capital semilla del gobierno del estado, gestionado por el gobierno municipal, la intención es que los vecinos formen una asociación y se apropien del proyecto hasta que sea completamente autosostenible. Cuauhtémoc Villegas, un agrónomo oriundo de Tlajomulco que está a cargo del vergel, cree que esta iniciativa puede retomar la cultura campesina que alguna vez fue característica del municipio. Cuando él era niño, sus abuelos cultivaban maíz, frijol, calabaza, chile, cacahuate, amaranto, garbanzo, hierbas medicinales y algunas hortalizas en el jardín de su casa. Tenían gallinas, cabras y vacas. Su familia y gran parte de la población en el municipio, producían el 80% de sus alimentos. Después, en la década de los 70 y 80, llegaron los monocultivos de sorgo y cuando Zapopan -que en ese entonces era el mayor productor de maíz del estado- se comenzó a urbanizar, Tlajomulco pasó a ocupar su lugar. Después llegó la urbanización y la agricultura se diluyó.

Para Cuauhtémoc, este huerto puede ser un incentivo para que la gente se quede en sus casas. Si, eventualmente, los habitantes ven que es factible producir parte de sus alimentos en este tipo de espacios o en sus propios jardines y reducir, aunque sea, una fracción de sus gastos, pueden invertir ese ahorro en otras necesidades como transporte. Amairani es una de las vecinas que acude diariamente a trabajar en el huerto. Ella es originaria de un pueblo pequeño en San Luis Potosí, pero vive en Tlajomulco desde hace tres años porque su esposo compró una casa ahí. Para ella, trabajar al aire libre y encontrarse con otras vecinas es como una terapia que le recuerda a su infancia en el campo. Algunas de las otras mujeres que asisten al huerto -así como mucha de la población actual de Tlajomulco- vienen de contextos rurales y encuentran en este espacio un recuerdo de la vida que dejaron atrás.

Aunque el proyecto es ínfimo en un municipio de más de 600 mil kilómetros cuadrados llenos de problemáticas, la iniciativa da un giro a la forma en que Tlajomulco se ha desarrollado. La concepción neoliberal de expansión que ha dejado kilómetros de concreto abandonado puede ser rebatida con miras a una soberanía alimentaria. Además de Maíz Azul, hay otros dos huertos en el municipio que funcionan como este y Cuauhtémoc y su equipo de trabajo aspiran a generar una red de jardines comunitarios que, en algún punto, atiendan a toda la población del municipio. 

A pesar de la cercanía, Carmen no participa en Maíz Azul. Aún con los militares cerca, teme dejar su casa sola porque ya se han intentado meter a robar, así que se queda encerrada, con un tubo de metal que su esposo le deja a la mano para defender su vivienda de quien intente irrumpir en ella. Carmen no quiere vivir mucho tiempo más así, sueña con regresar a Zapopan. Mientras imagina su vida en tierras menos violentas, coexiste con la violencia que la rodea. Saca una pequeña alberca de plástico a la cochera y la llena con agua para que su nieto se refresque bajo el sol aturdidor de julio. Carmen se sienta a un lado del chapoteadero a vigilar, resiliente.

Aún cuando parece utópico imaginar una población que produzca sus propios alimentos dentro de un sistema metropolitano o una torre habitacional en la que vivan y se mezclen varios grupos sociales, la posibilidad de una ciudad que no expulse a sus habitantes existe y hay quienes la conciben defendiendo su barrio, documentando el despojo o sembrando maíz. 

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