Medellín frente al espejo

La historia de una ciudad desde sus estéticas

“Máquinas al aire” gritó John a través del micrófono diadema que roza su mejilla. Unas gotas de sudor escurren por su barba afilada, se nota emocionado. Seis máquinas de afeitar se alzan heroicas empuñadas en las manos de los competidores. Frente a cada participante hay un hombre cubierto por una capa de plástico que abraza su cuello. Solo se asoman sus cabezas. El público mira expectante a los hombres que están a punto de ser trasquilados. “Tienen veinte minutos,” el presentador da la señal y las seis máquinas se disparan encendidas a los cráneos que tienen al frente. Comenzó la séptima edición del Concurso Internacional de Barberos en Colombia.

El público grita, los barberos resbalan con agilidad sus rasuradoras, entornan los ojos, se muerden los labios. Tres hombres están sentados al fondo del escenario detrás de un trofeo plateado. Sus cabelleras impecables brillan como los anillos dorados en sus manos o el reflejo de sus lentes oscuros. Son los jurados, que vinieron desde España, Puerto Rico y Canadá a elegir a los mejores barberos de este año. Cientos de cráneos aterciopelados se mueven inquietos al pie del escenario para ver mejor a los competidores que ya dejaron las máquinas y están perfilando con navajas, como si fuera un grabado, las líneas capilares de sus modelos. Quedan pocos minutos. Delinean los últimos trazos sobre los lienzos peludos, espolvorean los cuellos con talco, y listo. Se terminó el tiempo.

 

La calidad del degradado es uno de los aspectos más importantes a calificar / Foto: Mariana Mora

 

Desde hace siete años se compite en Medellín por ver quién corta mejor el cabello. Aunque el evento es de talla internacional y las barberías tienen la misma importancia en muchas otras ciudades de Colombia, la capital del departamento de Antioquia es la meca de los cortes milimétricos. En Medellín surgió la Asociación de Barberos de Colombia, con más de 4,500 agremiados.

Es la segunda ciudad más poblada y hay una peluquería o barbería por cada 276 hogares. Hay más salas de belleza que farmacias, restaurantes y panaderías. El único negocio que las supera en cantidad son las tiendas de barrio. En Medellín, verse bien es una prioridad.

La vanidad del medellinense es una característica de su identidad. Su idiosincrasia es el resultado de aspiraciones y logros que han marcado a esta región geográfica y en especial a su capital. En Colombia existe un mito alrededor del paisa -denominación para referirse a los habitantes de Antioquia- que consta de mujeres hermosas, hombres poderosos y una clase trabajadora tenaz para la cual inventaron el adjetivo berraco. Orlando Arroyave, doctor en Ciencias Sociales Humanas, cree que este mito es una construcción de ideales que se incentivó a principios del siglo XX cuando Medellín comenzó a convertirse en una ciudad industrial pujante, principalmente en la rama textil. Su ubicación geográfica –con salida al Océano Atlántico, proximidad a Panamá y al Pacífico- fue determinante para que creciera económicamente y sus habitantes ganaran fama de emprendedores. Ser antioqueño se convirtió poco a poco en sinónimo de grandeza.

“En esa idea de que los paisas son emprendedores hubo distintos momentos que permitieron que se volviera masiva cierta búsqueda de una estética corporal”, dice Arroyave sobre las raíces de la vanidad que fue caracterizando a Medellín. Para él un momento clave fue la Feria de las Flores. “Normalmente estos eventos los prepara la gente del común, pero aquí los preparaban las élites”, dice. El festejo consta de desfiles y competencias por el mejor montaje de flores entre los campesinos, pero también de fiestas privadas en clubes sociales, exhibición de carros antiguos y caballos de alto linaje. Los ricos utilizaron esta fiesta como escenario para la ostentación de su poderío.

Gran parte de la riqueza en Medellín se debe a la industria textil que tuvo tanta fuerza en el país y pronto posicionó a la ciudad como la capital de la moda colombiana. En 1989 los empresarios textiles crearon un evento que actualmente se llama Colombiamoda, el acontecimiento más importante de la industria textil y de confección en América Latina. Hoy, la producción textil genera el 53% del empleo industrial de Antioquia. Al igual que las salas de belleza, las empresas de la moda mueven a la economía paisa.

Sin embargo, las barberías no gozaron del mismo crecimiento exponencial de mediados del siglo XX en Medellín. Aunque desde la década de 1940 las barberías tenían su clientela, el negocio capilar tuvo un momento de decadencia cuando la moda del cabello largo en los hombres llegó a Colombia en los años 60. Alpidio Hernández es administrador de una de las pocas barberías que permanece desde principios del siglo XX. Sobrevivió a la época sesentera y setentera en que los hombres tenían melenas. Alpidio tiene más de cincuenta años, uno de los pocos señores que uno puede encontrar en las barberías contemporáneas, atendidas casi todas por jóvenes. Su cabello es el único grisáceo del lugar. Lleva puesto el mismo uniforme blanco con franjas azules y rojas que sus compañeros -a quienes les podría doblar la edad-, pero su cabello mullido y sus lentes lo hacen ver más como un tierno enfermero. Desde hace más de veinte años es barbero y, aunque no ha sido administrador del negocio desde sus inicios, conoce su historia como si hubiera estado ahí. “Este local tiene más de 60 años. Fue el primero de la Avenida Colombia”, cuenta sentado entre los dos espejos que cubren las paredes del local. Junto a esta barbería hay otras dos, y del otro lado otras dos. Esta avenida tiene más de diez  barberías. El establecimiento mide dos metros de ancho por once de largo. Nueve sillas blancas esperan vacías a los clientes, una junto a otra, con apenas espacio para que una persona se pare entre ellas. Frente a las sillas hay una repisa larga atestada de navajas, tijeras, cepillos, peines, espumas, gomas, máquinas de afeitar, secadoras, sprays y pelos, muchos pelos. Hay pelos en el suelo, en las sillas, en las capas, en los barberos, en los pelos.

“En sus buenos tiempos era una barbería muy concurrida. Venía gente de otros barrios. Venía gente de otros pueblos”. Luego sucedió lo que algunos llaman el fenómeno de Los Beatles y los hombres comenzaron a dejarse crecer el pelo. Los barberos, por oficio, no cortan el cabello largo, eso lo hacen los peluqueros. Entonces los hombres dejaron de ir al barbero para acudir al peluquero. “El que era el dueño en ese entonces permaneció aunque hiciera dos cortes al día” cuenta Alpidio levantando el pecho admirado del hombre que mantuvo viva la barbería que hoy le da trabajo. La gente de los pueblos dejó de venir y muchas barberías desaparecieron de Medellín.

Más de veinte años después, los paisas dejaron sus melenas en el suelo de alguna sala de belleza. A finales de los años ochenta, la estética masculina en Medellín dio un giro radical que llevó a los jóvenes a pasar de cabelleras esponjadas y frondosas a cabezas trasquiladas a ras del cráneo. La cultura pop que caracterizaba a la última década estaba siendo opacada por una nueva que nacía de la influencia estadounidense.

Desde Estados Unidos llegó la cultura callejera que había nacido en los barrios afroamericanos y latinos de Nueva York a principios de esa década. Este movimiento surgió como forma de expresión para los jóvenes que vivían en guetos asediados por la violencia de las pandillas. Sus principales formas de expresión fueron el rap, el grafiti y el breakdance, sin embargo, la estética corporal de esta subcultura fue una parte importante de su identidad. La ropa holgada, tenis deportivos, piezas de joyería y cortes de cabello rasos, fueron los distintivos que caracterizaron la cultura callejera y que no tardaron en llegar a Medellín.

La capital antioqueña tenía el monopolio del narcotráfico en Colombia. Con la preeminencia del Cártel de Medellín, –liderado por el capo Pablo Escobar- y su guerra declarada al Estado, la ciudad se convirtió en escenario de narcoterrorismo, sicariato y bandas delincuenciales. Eran los tiempos de los carros bomba, el asesinato como negocio y la muerte como vecina en los barrios populares. Sumado a la fuerte crisis económica que vivía el país –en la que Medellín llegó a ser la ciudad con la tasa más alta de desempleo de Colombia- el narcotráfico se convirtió en la alternativa para miles de personas que no encontraban empleo en el mercado legal.

En estos días violentos, los jóvenes paisas adoptaron la cultura de los guetos norteamericanos y la adaptaron a su realidad con sus propios elementos. Las calles de Medellín se llenaron de tenis, camisetas largas, pantalones holgados, cadenas doradas y cocos rapados. La barbería donde ahora trabaja Alpidio Hernández volvió a vivir el auge de sus primeros años, pero “después la gente vio que pegaba, vieron que sólo se necesitaba una silla y una máquina de afeitar y pusieron sus propias barberías”.

El negocio de la belleza masculina revivió. Miles de jóvenes que nunca habían podido darse el lujo de la vanidad comenzaron a proyectar en su apariencia el poder de ser malandro. Orlando Arroyave sostiene que el exhibicionismo alentado por las élites se potencializa cuando aparece el narcotráfico. “Como sus recursos son ilimitados, permite que la gente empiece a girar en torno a formas tanto corporales como de exhibición, de adornos y vestimenta que mostraban que tenían más poder incluso que las élites.” Los muchachos de barrios populares ahora podían salir a los lugares caros de la ciudad, ligarse a la chicas ricas y mezclarse con las clases altas.  Este nuevo cóctel social propició la competencia estética que explica el fenómeno de las barberías.

Ya que el mercado eran los jóvenes, fueron éstos mismos quienes acapararon el negocio. Eran ellos los que conocían los cortes que se estaban usando. Las mujeres y los viejos barberos pasaron a ser obsoletos en la cultura callejera. Miles de muchachos comenzaron a aprender el arte capilar. Uno de ellos fue Juan David Villa.

 

Jonathan tiene un cliente que se corta el cabello todos los miércoles y sábados / Foto: Mariana Mora

 

Villa -como lo conoce toda la gente- mueve hábilmente sus dedos enfundados en guantes negros de plástico. Agita el brazo como si pintara un cuadro, exagerando el movimiento cada vez que la tijera se acerca a la cabeza que tiene al frente, apenas toca las puntas del cabello y la aleja como un aleteo. Sus ojos grises se asoman por arriba del cubreboca que le envuelve la mitad de la cara. Frunce el ceño para enfocar algún detalle de la cabellera que diseña. En el cuello lleva puesto un moño negro que corona su camisa blanca. Sobre el pecho un escudo presume “Barbería Villa, since 1999, The Original”.

El local de Villa es un templo de glamour masculino. En el fondo, como imagen de culto, una pantalla plana proyecta videos de reggaetón con hombres enjoyados y mujeres de cuerpos frondosos. Debajo brillan sobre un mostrador relojes, lentes oscuros, aretes, tenis, gorras, productos para el cabello y perfumes. A un lado del televisor están colgadas unas camisetas a la venta. Cualquier hombre podría arreglarse el cabello, comprar accesorios y salir de ahí pareciendo Daddy Yankee.

Además de ser barbero, Villa es cantante de reggaetón. Tiene dieciocho videos en Youtube, decenas de canciones grabadas y algunas presentaciones en vivo. Frente a su establecimiento una lona de dos metros cuadrados promociona su video musical “Mueve ese cu” el cual tiene más de treinta mil reproducciones. Toda la ostentación de este género musical se refleja en su barbería.

Los compañeros de Villa también tienen una pinta que si no fuera por los guantes y los cubrebocas parecerían vestidos para una boda. Todos son muchachos de entre 16 y 30 años. Algunos de ellos aprendieron a ser barberos con Villa, vienen de pueblos cercanos y se quedaron en su casa por unos meses mientras conseguían dinero para mudarse. Él prefiere así, porque los barberos que son del barrio lo han abandonado después de haber aprendido y le han montado competencia. Desde que tiene quince años ha abierto nueve barberías. La mayoría las ha quebrado por rivalidades con sus socios o por su personalidad parrandera que lo termina endeudando, pero siempre vuelve decidido a ser barbero.  Lo supo desde que tenía doce años y agarraba la máquina de afeitar de su mamá para rapar a sus amigos en la escuela.Villa creció en los noventa en Medellín, una época en la que pertenecer a un grupo criminal era mucho más fácil que terminar el colegio. Nunca le gustó estudiar, pero le gustaba hacer dinero, una combinación peligrosa cuando Pablo Escobar ofrecía cuatro mil dólares por cada policía muerto, por ejemplo. Sin embargo, Villa escogió el camino de la rasuradora. Su mamá, que le decía que ser barbero no le iba a resultar , ahora atiende una de las barberías que él administra.

Poca gente lo apoyó en un principio. El oficio no era bien visto por su familia. De hecho, el oficio no es bien visto en general. La barbería se convirtió en una alternativa para miles de jóvenes que no terminaron sus estudios y tenían como opciones robar, vender droga o matar. La sociedad tiene claro que la mayoría de los barberos vienen de los barrios más populares de la ciudad y que muchos tienen un pasado criminal. Se creó un estigma alrededor del barbero: ser los vagos de la esquina.

Quizá muchos lo son. Quizá muchos vieron en la barbería sólo una forma fácil de ganar dinero sin romperse el lomo, pero hay otros que vieron en este oficio un arte.  Jasson Mejía, el director de la Asociación de Barberos de Colombia, por ejemplo, es un romántico del cabello. Cuando habla de la historia de la barbería en el mundo, sentado detrás de su escritorio, le brillan los ojos. Él inició esta asociación hace siete años con la primer Batalla de Barberos, dirige la única escuela de barberos en Colombia, imparte clases y tiene una barbería donde también atiende. Ha dedicado más de la mitad de su vida al que según él es el segundo oficio más antiguo de la humanidad y su motivación más grande para crear esta institución fue terminar con el estigma que condena a los barberos.

“Todo inició por la necesidad de cambiar cómo me veía mi familia por haber escogido esta profesión. No me veían con buenos ojos.” Jasson tomó la decisión de cambiar la percepción de su familia y la de la sociedad, buscó un equipo de apasionados y comenzó a agremiar barberos a través de un concurso. “Vamos a empezar a trabajar con un objetivo, el cual sea profesionalizarnos, vernos diferentes, vernos como todos unos caballeros, como era antiguamente.”

Habla con nostalgia de las épocas en que los barberos eran médicos (hasta 1745, cuando se separan estos dos oficios) y eran muy respetados. A pesar de eso, cree que se le puede devolver el prestigio, convertirse en un arte y restituir la elegancia perdida. Para él, ésto sólo se logra con educación, algo que se ha tomado muy en serio para fundar una escuela. Las materias están basadas en tres ejes que son el ser, el saber y el hacer. Los alumnos aprenden sobre ética, protocolo, bioseguridad e incluso estudian las partes del cráneo. También tienen materias de administración y contabilidad, pues el objetivo final es que los estudiantes puedan montar su propia barbería y generar más empleos. Por ahora, el título más alto que uno puede obtener en esta institución es el de “técnico laboral en barbería”, pero Jasson está trabajando para poder ofrecer títulos universitarios y que el oficio se convierta en profesión.

Uno de los docentes de la escuela es John, otro idealista de la barbería. Aunque él inició como la mayoría, viendo el negocio como un medio para subsistir, conoció a Jasson y se contagió del amor por el oficio. Ahora piensa que su trabajo puede tener un profundo impacto en la gente. “Cuando el cliente está en mi silla yo sólo pienso en subirle el autoestima, hacerlo sentir bien, apoyarlo”, John considera que el barbero es también psicólogo. Para transmitir su pasión por lo que hace usa la expresión “conciencia barberil” como hashtag en redes sociales y escribe frases de inspiración para sus alumnos y otros barberos. Cuando terminó de dar la clase de “Historia de la barbería” -en la que los alumnos vieron la película de Sweney Todd, el barbero que degollaba a sus clientes- John compuso una frase y la anotó en el pintarrón: “Un buen barbero no se mide por la fuerza de su máquina, sino por la fuerza de su corazón”.

 

 

Dos días después, John dirige el Concurso Internacional de Barberos. Lleva puesta la misma camisa tinta del uniforme de la Asociación que tenía en la escuela, pero su imagen parece mucho más elegante. Hoy tiene unas trenzas diminutas pegadas al cráneo, las cejas peinadas, la barba rasurada con simetría y unos lentes oscuros con armazon dorado. Va de aquí para allá, animando al público, revisando los cortes de los barberos que ya terminaron de competir, organizando una subasta de pinturas relacionadas a la barbería. Está feliz.

El evento dura dos días. Durante un fin de semana al año los barberos tienen un espacio para compartir, competir, hacer negocios y aprender. El ambiente es de fiesta: hay cerveza y rap en vivo. Una de las paredes del lugar está tapizada con retratos de barberos destacados del mundo.  Aquí los barberos sienten menos el peso del estigma, se sienten artistas.

Lo cierto es que muchos de ellos tienen un futuro prometedor. La industria de la belleza en Medellín asegura este trabajo para muchas personas, aunque la competencia sea cada vez mayor. Quizá sólo prosperen los apasionados de la rasuradora, y quienes buscan una forma fácil de obtener dinero pasen a sobrar en el mercado. Aún así, el oficio seguirá siendo una alternativa laboral para los jóvenes. Algunos paisas incluso ven en la barbería un proceso de pacificación que acompaña la historia de esta ciudad.