Música electrónica para el cerebro

Pensar la cultura popular a través de un sello musical

La Zona Metropolitana de Guadalajara tiene una larga trayectoria como semillero de una gran diversidad de manifestaciones estéticas provenientes de cualquier movimiento contracultural que haya tenido resonancia en la localidad. Lo que fue el rock para una generación, lo que fueron los hippies, los metaleros o los punks. Lo que son los raperos, los rastas o los ravers. Alternativas para personas que en un punto de sus vidas necesitan desmarcarse de la rigidez tradicional del entorno inmediato, en una ciudad que constantemente cuestiona sus valores establecidos. La posibilidad de hallar no sólo el gusto propio sino la identidad, entre un mosaico de propuestas y sonidos que conforman la noción de una “escena”. Ahí es donde Abolipop Records inscribió su nombre para la posteridad.

No es que fueran los primeros ni los únicos, pero sí representan un momento de la ciudad marcado por los avances tecnológicos y la incesante búsqueda de expresiones musicales auténticas por parte de una juventud inquieta. Punks desde sus años mozos, tenían bien asimilada la esencia del “hazlo tú mismo” cuando tiempo después fundaron este sello especializado en la música electrónica experimental. El boom de las fiestas rave y la música dance ya llevaba algunos años, colectivos como Nortec y Nopal Beat ya tenían proyección en la escena alternativa a nivel nacional. Pero había quienes no estaban conformes con la oferta cultural que esto representaba. Propuestas de todo tipo seguían emergiendo, así como personas interesadas en generar espacios para difundirlas.

Abolipop Records surgió en Zapopan como parte de una oleada simultánea de colectivos en diferentes ciudades. Al lado de nombres como Discos Konfort y Sound Sisters, ampliaron el panorama de la música electrónica en México al dar cabida a nuevos géneros que se desarrollaban en forma paralela a los estilos que acaparaban las pistas de baile. Era el año 2002 cuando Abolipop comenzó actividades. Organizaron fiestas, pequeños festivales y conciertos con los artistas que formaban parte del colectivo. Se encargaron de editar discos de artistas emergentes especializados en la música electrónica experimental, y posteriormente compilaciones con lo más representativo del sello. Desde luego suena conocido. Lo que hoy es un modelo de trabajo común en las distintas escenas de música independiente que hay por todo el país, hace 15 años era todavía nadar contra la corriente.

En un mundo previo a las redes sociales y las plataformas de streaming, la difusión dependía más de los formatos físicos. Contar con amigos en la prensa local jugó a favor de este colectivo. Publicaban reseñas, entrevistas y anunciaban sus eventos en medios impresos. De pronto una escena alternativa local tenía la posibilidad de captar la atención del público asiduo a revistas y periódicos. Entonces vino la aceleración que trajo la época. Después de todo, se trata de una música estrechamente ligada a los avances tecnológicos. “Era un momento en que se estaba regenerando demasiado rápido la música electrónica”, recuerda Israel Martínez, uno de los fundadores de Abolipop Records. “Había propuestas que requerían madurar más, incluso públicos que requerían madurar más, pero llegaba otra propuesta y luego otra”.

 

Una mutación de la cultura popular

Al margen de la industria que se dedica a fabricar el hit del verano, es posible encontrar música más relacionada con búsquedas personales que pueden tener poco o nada que ver con la determinación de ganar dinero con ello. Parte de la idealización que suele rodear a las escenas locales y a lo underground se debe a la gran oportunidad que hay aquí de que exista una conexión mucho más profunda entre un artista y su audiencia. El mensaje que se comparte, si bien puede no lograr un alcance masivo, sí es capaz de conectar con ciertas personas en niveles que hacen que esto de la música valga toda la pena.

En el ámbito de la música electrónica experimental, la oportunidad de llevar un mensaje a un público que de entrada está dispuesto a escuchar con atención, es una gran ventaja de la cual estar consciente. En un texto que acompaña a la compilación No estamos solos II que editó Abolipop Records en 2016, se menciona que la intención de este sello era ser una mutación de la música y la cultura popular hacia algo que te hiciera pensar de manera crítica. Abolipop se pensaba como una catapulta o una plataforma, no como un proyecto de largo plazo. La idea era publicar el primer disco de cada artista, una manera de ayudar a que iniciaran sus trayectorias de manera formal.

El nombre lo puso Eric Gamboa, quien más adelante crearía el sello New Weird Latin America. “Queríamos llegar a una conclusión como abolir el pop, pero de una forma positiva, proponer nuevos géneros y no solamente seguir con la tradición de quejarse de todas las cosas, como por lo menos era habitual en esa época”, platica Israel. Visto a la distancia, no cree que Abolipop haya transformado a la sociedad. Más bien considera que ayudaron a abrir campo al pensamiento y actitudes que después se desarrollaron en otros ámbitos. “Hay cuestiones gráficas, hay sonidos, hay muchas ideas que tienen que ver con la tipología que nosotros pusimos sobre la mesa y que fueron riesgos en ese momento, pero que ahora ya están más aceptados. Ahora la gente cuando escucha música pop hecha con herramientas electrónicas está oyendo muchas de las cosas que nosotros hacíamos y que a su vez hizo antes otra gente, pero ahora en el mercado popular”.

El inconveniente de hacer música tan alejada de los estándares del mercado es precisamente la dificultad para sostener proyectos que generan pocas ganancias. Israel recuerda a Transistor, un exponente de minimal techno que a pesar de haber logrado difusión en el extranjero, eventualmente tuvo que optar por un empleo más seguro. “También está el carácter efímero que tiene el interés del público en México, la cultura aquí es  demasiado tendenciosa y en Guadalajara ni se diga: dos o tres años estás en boca de la comunidad y después se cambian a otros rumbos, en el mejor de los casos, o generalmente la gente deja de ser un ente activo de la cultura y se dedica a trabajar y ya”.

En ese sentido, para Abolipop es una victoria llevar 15 años como un proyecto autogestivo que nunca contó con becas ni dependió de instituciones para obtener recursos. Cada vez abierto a más géneros, desde la música más ruidosa hasta las amenas melodías del dream pop, pero siempre manteniendo el ideal de los sellos punk que lo inspiraron, como Alternative Tentacles y Dischord Records, el colectivo continúa sus actividades y con regularidad presenta nuevos artistas. Uno de los más recientes es Mondragón, un grupo que en abril de 2017 tuvo una serie de presentaciones en Nueva York. Si bien hay rachas en las que Abolipop parece estar en boga y otras en las que parece haber desaparecido, lo que hay en este sello es una conciencia muy puntual acerca de su lugar en la historia de la escena independiente de Guadalajara.

Solos no podíamos haber hecho las cosas, tenían que haber estado amigos periodistas, amigos melómanos, amigos organizando eventos, entonces lo único que cambia muchas veces es el entorno, los artistas siguen su línea de trabajo. A veces parece que se pone mejor porque la escena está mejor, porque los amigos están haciendo cosas, porque el público quiere cosas, pero hay temporadas en que ni los amigos ni el público quiere nada y entonces parece que vamos por el subsuelo, pero el trabajo siempre está”, concluye Israel Martínez

 

Javier Angulo

Javier Angulo (Culiacán, 1985). Escribe para no volverse loco y toca música para no escribir. Le apasiona el paso del tiempo, la cultura pop y la humanidad. Hace canciones y las interpreta con un grupo.