Nunca más una ciudad sin nosotros

¿Cómo defender el territorio en el siglo XXI?

“Queremos un México que nos tome en cuenta como seres humanos, que nos respete y reconozca nuestra dignidad.
Llegamos hasta aquí para gritar, junto con todos, los ya no, que nunca más un México sin nosotros”

Comandanta Ramona, Zócalo de la Ciudad de México, 1996.

En el barrio los vecinos notaron los desalojos. Era algo nuevo, sin embargo se hizo cotidiano. Hasta tres veces por mes la policía los llevaba a cabo. Los camiones de mudanzas eran comunes y un nuevo perfil de habitante aparecía de la noche a la mañana. Una alerta se encendió, pero no fue hasta que a Sergio González le anunciaron que debía desalojar su departamento que se organizó con sus vecinos. La desarrolladora inmobiliaria Reurbano, de Rodrigo Rivero Borrell, pretendía iniciar una intervención en el edificio donde Sergio rentaba. Se revelaba así un proceso de gentrificación que ponía en el centro de la discusión pública la pregunta: ¿cómo hacer ciudad en el siglo XXI?

Gentrificación no es un nombre de señora [1], no es un proceso homogéneo y nunca es igual en dos ciudades. En 1964 la socióloga Ruth Glass introdujo el término gentrificación para describir el proceso por el que muchas de las personas más pobres de Londres estaban dejando las zonas donde vivían. Esto ocurría por la llegada de personas de clase alta a éstas.

Generalmente se entiende como gentrificación, o elitización, el proceso por el que zonas deterioradas son renovadas con la llegada de residentes más ricos; el incremento de esta tendencia produce un aumento en el valor de las propiedades y por ende el desplazamiento de familias de bajos ingresos y pequeños negocios.

El proceso de gentrificación es escurridizo y controversial en la planificación de la ciudad. Un método para acotar la discusión es centrarse en los nuevos patrones de gustos y preferencias inmobiliarias que la clase media y alta han desarrollado, una tendencia que demanda espacio en la ciudad interior y que pone por delante a unos sobre otros; especialmente a quienes pueden pagar el costo del estilo de vida que dicta la cultura del consumo.

 

Guerra por el territorio

Entre Bruselas y Berlín despierta cada mañana. Hoy es viernes 28 de octubre del 2015, Sergio lleva unos jeans entubados, camisa a cuadros, botas, una barba crecida y un megáfono en la mano; lo acompaña su perro, uno lampiño que tiene el color de la arena volcánica. Sergio González hará un recorrido con vecinos, periodistas, académicos y activistas por su colonia: su actitud es la de un líder, se presenta y da pie para que cada participante haga lo mismo, el tono alto de su voz convoca. Desde hace diez años habita en el edificio número nueve de la calle Liverpool, entre Bruselas y Berlín, en la colonia Juárez de la Ciudad de México.

Es una colonia creada a finales del siglo XIX, una zona de grandes mansiones de estilo ecléctico que reflejan la aspiración cosmopolita de quienes la habitaron. Para aquel entonces la Ciudad de México aún no llegaba al millón de habitantes y la colonia era zona exclusiva de los residentes más opulentos, Salvador Novo escribió sobre sus calles: “Los que habían ido a las Europas, lo subrayaban con vivir en la flamante colonia Juárez llena de Hamburgos, Vienas, Liverpooles, Londres y Nápoles”. Ahora, más de cien años después, la ciudad suma unos 22 millones de personas y la colonia Juárez atraviesa una revaloración que provoca fricciones entre sus antiguos y sus nuevos habitantes.

En el número nueve de la calle Liverpool hay un edificio que se compone de seis locales comerciales y seis departamentos. Sergio vive en uno de ellos y cuenta que una mañana de octubre de 2014 dos de sus vecinos recibieron en sus puertas a Francisco Enrique Xavier Philip Bárcena, el poblano que tenía la propiedad del edificio, y a Rodrigo Rivero Borrell. Después de presentarse, Francisco le anunció a sus arrendatarios que no lo serían más, desde ese día los inquilinos debían tratar con el nuevo propietario del edificio, el señor Rodrigo Rivero Borrell, dueño de la desarrolladora inmobiliaria Reurbano.

Según la versión de Sergio, el dueño de la desarrolladora le anunció a él y al resto de sus vecinos que tenían un mes para desalojar el edificio. “De la noche a la mañana llegan a tu puerta y te dicen su edificio ya se vendió y se tienen que ir.” El proceso no era nuevo. En otros edificios de la zona, como el de Versalles #84, la evacuación había sido exitosa.

El arquitecto Rodrigo Rivero Borrell niega que lo anterior haya sucedido. Él dice que el edificio número nueve de la calle Liverpool no es de su propiedad, ni ha sido vendido a Reurbano, sino que la firma trabaja con el propietario para restaurarlo y recuperarlo: “realmente él nos buscó y tenemos una buena relación. Nosotros éramos inquilinos con una tienda de bicicletas y él se dio cuenta que algunos de los departamentos estaban siendo sub-arrendados para estudiantes o para estancias cortas; había un interés de lucrar con los departamentos y eso no estaba permitido en los contratos, el dueño dijo ‘la verdad no me interesa tener el edificio en ese estado y me gustaría tratar de restaurarlo y de recuperarlo’”.

Sergio y otros vecinos creen que Rivero Borrell opera con una estrategia para hacerse de los edificios y de proyectos inmobiliarios; en el caso de la finca en Liverpool nueve dicen que lo primero fue arrendar uno de los locales comerciales de la primer planta. Ocho mil pesos de renta fueron pagados puntualmente durante cada uno de los treinta meses en que se mantuvo la cortina metálica cerrada de un negocio rentado por Rodrigo. Éste también habría hablado con los locatarios para proponerles mudar su negocio, uno de ellos aceptó, y “de los seis locales que había, quedaban solo cuatro. Rodrigo iba ocupando el territorio del edificio” dice Sergio.

Sin embargo Rodrigo desconoce cualquier clase de estrategia de ocupación de edificios o fincas con el fin de intervenirlas.

Lo cierto es que ante la amenaza de perder el lugar en donde viven, Sergio y sus vecinos decidieron organizarse para defender la visión de la ciudad que desean.

En un inicio sentían que estaban siendo despojados ‘con todas las de la ley’, pero si el edificio había sido vendido ellos querían ejercer su derecho del tanto: “la ley del derecho del tanto dice que una persona que ha habitado por equis tiempo un edificio en renta, que va a ponerse en venta, tiene derecho a que se le ofrezca el inmueble en el que habita. Si lo puede adquirir tiene derecho a comprarlo. El propietario tiene la obligación de ofrecerlo primero a quien es su inquilino. Si los inquilinos no quieren comprar el edificio, entonces en un respeto al libre albedrío de la propiedad privada, el propietario puede ponerlo a la venta al mejor postor”, el derecho del tanto al que Sergio se refiere se encuentra en el artículo 2448-J del Código Civil del Distrito Federal.

Sin haber recibido su derecho de preferencia, los vecinos de Liverpool nueve decidieron reunirse, encontrarse para organizarse. Fueron 16 personas (seis inquilinos, dos por departamento, y cuatro ocupantes de espacios comerciales) quienes se juntaron para hablar del derecho de preferencia y para votar a favor de una estrategia legal que defendiera sus intereses. Sergio dice que el desarrollador los trató de engañar pretendiendo que firmaran una carta donde renunciaban a su derecho del tanto, y según sus documentaciones antes había utilizado tácticas de intimidación en casos de desalojo.

“Aquello fue algo muy bello porque se gestó una unión vecinal”, una unión de la que Sergio González se siente orgulloso. Y es paradójico, uno de los objetivos de Reurbano, la empresa de desarrollo inmobiliario de Rodrigo Rivero Borrell, es generar mayor interacción cotidiana entre vecinos.

Hoy, mientras Sergio camina al frente guiando al grupo por la colonia, hace algunos comentarios que llaman la atención de quienes están cerca. Frente a un establecimiento comercial que tiene pasto artificial, una estación de comida ambulante, mesas y sillas de madera, todo un ambiente campirano comprimido en un local, Sergio comenta cuál es el “nuevo perfil de habitante” de la colonia y cuál el “nuevo perfil de negocios”, lo dice desde su megáfono, es obvio que se refiere a ellos. El nuevo perfil es ese que tiene la imagen urbana de la modernidad cool, el hipster mainstream, la tendencia mayoritaria por un consumo de alto costo.

Estas muestras de cambio indican, para Sergio y para muchos de los vecinos organizados de la colonia, el proceso de gentrificación que atraviesan. En México las leyes aún no están preparadas para hacerle frente al conflicto más importante del siglo XXI: la guerra por el territorio.

Conforme caminamos por la colonia llegan o se unen miembros organizados de diferentes colonias de la Ciudad de México que están defendiendo tal o cual interés. “Un despertar urbano” dice alguien.
Cártel inmobiliario

Un despertar urbano puede tomar distintas tonalidades y enfoques. Rodrigo Rivero Borrell tiene 38 años, es arquitecto egresado de la UNAM, y dice creer en el valor que tiene el rescate, la reinterpretación y la reactivación de fincas históricas. En 2010 fundó una firma que nace de su gusto por la arquitectura patrimonial, Reurbano: “es un poco amor al arte, mi familia es de la colonia Juárez, mi papá vivió y creció aquí, mis abuelos murieron en la calle de Hamburgo, otra abuelita vivía en la calle Río Duero, es una zona que conozco muy bien y que me gusta mucho”.

Hoy Rodrigo interviene fincas con el fin de redensificar la zona. Blanqueamiento por despojo es el término que utiliza la Plataforma 06600 para referirse a la gentrificación; blanqueamiento por despojo es como califican las acciones de Rodrigo y su compañía.

“Nosotros hacemos una propuesta y no es que ésta sea la verdad, ni la única forma de hacerse, esta es nuestra propuesta. Si alguien no está de acuerdo o considera que nuestra propuesta no es adecuada, pues bienvenido a la mesa, bienvenido a la conversación, podemos platicar, construir, criticar, y entender. Entender cómo hacer para que esto sea mejor para todos”, dice Rodrigo.

Reurbano ha intervenido alrededor de diez fincas históricas, y en su visión, lo que están buscando es redensificar el centro de la ciudad, evitar que la gente tenga que desplazarse largos trayectos para llegar a su trabajo y en general que puedan gozar de una mejor calidad de vida. El mercado meta de Reurbano es la clase media y alta que puede pagar los departamentos que ellos desarrollan en el interior de las fincas intervenidas; este es el nuevo patrón de gustos y preferencias, un patrón de consumo que deja vulnerables a las personas y negocios más pobres de una zona que aumenta de valor.

Rodrigo ataja el tema de la gentrificación en la colonia Juárez diciendo que la mayor parte de la gente que vive ahí son propietarios, “pienso que puede haber un proceso de encarecimiento de las rentas, pero es un proceso que también ocurre en otras partes de la ciudad”, dice que ésta se debe reinterpretar y que “realmente lo único que nosotros estamos haciendo es trabajar con la materia existente, que es la ciudad y tratar de interpretarla a nuestra manera”.

Interpretar la ciudad, según cada punto de vista, se convierte en una lucha; una en la que las partes no tienen igualdad de condiciones.

El edificio de Liverpool nueve atraviesa por un proceso legal; durante éste Rodrigo y Sergio han coincidido los juzgados. Buscando pactar con los vecinos de Liverpool, cuenta Sergio que Rodrigo le ofreció un departamento en uno de sus edificios recién remodelados, “un espacio de unos 45 m2, con diseño compacto y denso por 15 mil pesos de renta”, comenta Sergio: “yo ando por los 50 años, aquí mi departamento tiene 110 m2, tres habitaciones, comedor, sala y cocina, pago 9 mil pesos. Aquí tengo seis vecinos, allá serían como 25 personas. ¿Quién en su sano juicio dejaría 120 m2 a 9 mil pesos por 40m2 a 15 mil? ¿En qué cabeza cabe? Nosotros estamos defendiendo la calidad de vida, un alto estándar de habitabilidad, el arraigo vecinal”.

Sergio cuenta más sobre las formas en que Rodrigo hace acuerdos: “cuando nosotros utilizamos el término blanqueamiento, se trata de un principio de selección económica donde él [Rodrigo] le va a ofrecer a una persona que considera su igual económicamente, pero para una persona que él no considera su igual, la oferta va a ser completamente distinta”.
—¿A ti te consideró su igual?

—Él creyó que si podíamos ser iguales, pero yo me encargué de demostrarle que no teníamos nada de iguales. La estrategia de marketing de Reurbano, lo que vende, es que en sus edificios se construye comunidad, que quienes habitan dentro de esos inmuebles se vuelven una happy family. Yo reitero que le agradezco infinitamente su ilegal intervención porque me ayudó a conocer la altura y la talla ética y moral de mis vecinos, a quienes yo, como suele ser en los edificios de las grandes urbes, uno saluda y es lo más lejos que llegas. Como no éramos propietarios no teníamos que ponernos de acuerdo en normas domésticas, pero hoy estamos enarbolando una batalla en contra del despojo y a favor de la justicia, somos un grupo de vecinos padrísimo, gente de una gran altura ética y moral. Y somos bien guerreros.

Rodrigo no ha sostenido una reunión con el colectivo de vecinos, ni ha recibido una invitación para hacerlo a pesar de que su actitud, dice, es de apertura y participación: “no nos interesa estar en conflicto, sabemos que no todos pensamos igual, pero sí podemos estar más abiertos a las conversaciones”.

En 2015 el diputado del Partido Morena, José Alfonso Suárez del Real, nombró entre otros al “despacho Rivero-Borrell y Asociados” como uno de los miembros de un “cártel inmobiliario” que estaban en su conjunto expulsando a la población de las zonas donde intervenían, en el caso de Rivero Borrell se refería a la Colonia Juárez. Sergio González dijo que a pesar de la avanzada investigación que tenía la plataforma vecinal en la que participa, fue el diputado José Alfonso Suárez el primero en hacer la enunciación del ‘cártel inmobiliario’, que se refiere a la operación conjunta de “despachos de arquitectura, inmobiliaria, notarios, abogados y fundaciones” para despojar propiedades y hacer negocio con ellas.

—El despacho Rivero-Borrell y Asociados no existe, mi papá es arquitecto y yo también, esa es la única razón, pero yo nunca he trabajado con mi papá en ninguno de los proyectos —dice Rodrigo Rivero— No sé a qué se refiere el diputado, nunca he tenido un encuentro con él. No hemos recibido ninguna búsqueda de alguien que diga ‘vamos a trabajar y vamos a platicar’, nosotros estamos conscientes y deseosos de encontrar propuestas y construir a través de éstas. Yo creo que si el caso de que nosotros fuéramos un cártel, por lo que se entiende como cártel, difícilmente podríamos participar en los foros en que hemos estado.

Rodrigo se refiere a los premios que han recibido algunos de sus proyectos arquitectónicos, y a la invitación que les hizo Fernando Aravena, curador de la Bienal de Venecia 2016 (misma que tuvo como lema “Reportando desde el frente” y cuyo tema central fue el papel que juegan los arquitectos en la batalla diaria por mejorar las condiciones de vida de las personas), a Clara Solà-Morales y Eduardo Cadaval, arquitectos españoles que han trabajado en conjunto con Reurbano. Dos proyectos de ambos despachos, el Córdoba 125 y Chihuahua 139, fueron llevados como parte de la muestra del trabajo del despacho Cadaval & Solá-Morales al evento.

Sin embargo Sergio González cree que Rodrigo Rivero es incapaz de leer la parte humana de las afectaciones que provoca su modelo de desarrollo urbano. “Un modelo excluyente, desplazador, de limpieza social, que siembra terror y genera corrupción, es un modelo que apuesta a la corrupción”, dice.

06600 Plataforma Vecinal y Observatorio de la Colonia Juárez es el grupo al que Sergio pertenece. Ellos lo definen como “una plataforma para la articulación de los vecinos en el barrio y con otros grupos ciudadanos y expertos nacionales e internacionales, conectando conflictos y proponiendo soluciones de manera colaborativa, creativa y colectiva. Aprendiendo, transmitiendo y replicando experiencias de activismo anti-gentrificación, a través del análisis de demandas barriales, estrategias de resistencia, cursos de acción, y logros conseguidos”.

Esta plataforma nació en el 2014 y dentro de sus resistencias destacan la que sostuvieron contra el Corredor Cultural Chapultepec – Zona Rosa. Un proyecto ante el que Rodrigo Rivero también dice haberse declarado en contra.
¡Así no!

La Zona Rosa es el nombre que un área de la Colonia Juárez acuñó con los años; fue desde la década de 1940 cuando las grandes casas eclécticas, afrancesadas de épocas de Porfirio Díaz, comenzaron a sufrir transformaciones para adaptar locales comerciales: boutiques, restaurantes, salones de belleza, y más tarde se construirían en, y sobre ellas, modernos edificios. Al llegar el primer mundial de fútbol a México, el de 1970, la zona ya era uno de los principales puntos de reunión de la capital y consolidó su carácter cultural y comercial, mismo que con los años llevó a la degradación del área. Hacia 1990 abrieron bares y discotecas especializadas en la comunidad LGBT, muchos de las personas que habitaban edificios en la zona fueron dejándolos y por años ésta ha sido identificada como un área de tolerancia, un “barrio rojo” donde se concentran negocios relacionados con la industria del sexo. Hoy la Zona Rosa tiene uno de los mayores porcentajes de viviendas desocupadas en la ciudad, y ésta, junto a las cifras de actos ilegales que aquí se registran, son algunos de los argumentos con los que el gobierno justificó una “Declaratoria de necesidad”, un documento que aprueba la concesión de espacio público y que dio vida al proyecto Corredor Cultural Chapultepec – Zona Rosa (CCC).

El corredor, según el proyecto, sería una calle con vocación cultural: espacio público, equipamiento, vialidad, estacionamientos e infraestructura subterránea y superficial. La desvinculación que existe entre las colonias Juárez y Roma Norte, que son divididas por los doce carriles que tiene la Avenida Chapultepec, fue otro argumento para proponer una “solución” empacada en una concesión a inversionistas privados.

En los medios se publicó la declaratoria como el inicio de un proyecto muy positivo, el problema era que ésta era muy general y no explicaba nada, en todo caso era una forma maliciosa pero inteligente de ocultar las verdaderas intenciones detrás de la obra. Uno de los primeros textos críticos apareció el dos de diciembre de 2014, escrito por Ximena Ramos en La Brújula [2].

“Era muy vago todo lo que se estaba diciendo, cuando revisas las calles te das cuenta de que lo que concesionaron fue Avenida Chapultepec. Esto es lo primero que encontró Ximena Ramos, además de una serie de procesos no públicos donde se presentaba el proyecto. Ella se dio cuenta de que no se trataba de algo menor sino de algo muy grave”, dice Salvador Medina, quien publicó el cinco de agosto del 2015 un importante artículo [3] que brindó datos y argumentos a quienes se oponían al proyecto: “al ver e interpretar la información dije no, esto hay que combatirlo, hay que atacarlo, hay que tirarlo… Al menos la gente tenía que saber de qué se trataba porque el discurso era absolutamente propositivo sin explicar todas las implicaciones”.

El corredor cultural significaba para el gobierno entregar hasta 116 mil metros cuadrados a cambio del 5% de los ingresos obtenidos por los privados, quienes podrían obtener el resto de los beneficios económicos por 40 años. La propuesta arquitectónica aceptada consistía en construir, a lo largo de mil doscientos metros (desde la calle Lieja hasta la Glorieta Insurgentes), un estacionamiento subterráneo y un segundo piso sobre la avenida en el que tiendas flanquearían un andador peatonal.

Los funcionarios que administran la ciudad, y la iniciativa privada interesada en desarrollar el proyecto, se empeñaban en llamarle Corredor Cultural Chapultepec a ese centro comercial. Muchos organizaron una resistencia al proyecto. Si algo se iba a construir, ellos querían ser consultados.

El lunes 17 de agosto del 2015 apareció una carta pública firmada por arquitectos, urbanistas, vecinos, artistas, académicos y analistas rechazando el proyecto. Días más tarde, después de haber publicado una serie de textos críticos, la revista de arquitectura Arquine organizó un evento que resultó en un espacio para pensar en alternativas al proyecto. A la semana siguiente un medio de comunicación digital, Horizontal, y Arquine convocaron a “Imaginación política y ciudad: conversaciones sobre el espacio público, Proyecto ZODE Chapultepec”; a la mesa de discusión acudieron responsables del proyecto y arquitectos.

Después de eso la resistencia encontró un espacio en la Casa del Arquitecto, donde “al principio los asistentes fuimos casi todos arquitectos, pero poco después se sumaron grupos tanto de vecinos organizados como de gente interesada” dice Alejandro Hernández, director editorial de Arquine: “un grupo muy amplio y diverso. Fue interesante cómo el grupo, que no tenía cabeza singular, fue organizándose, y cómo cada uno fue asumiendo tareas según sus intereses y experiencia. El trabajo se dividió: unos escribíamos o acudíamos a medios, otros hacían videos y organizaban la ‘campaña’ de información. En esas reuniones se decidieron estrategias” y un día se definió el lema de batalla: así no.

El caso del Corredor Cultural Chapultepec logró congregar y unir en una causa común a vecinos, arquitectos, urbanistas, escritores, funcionarios, políticos y otros personajes. La proclama ¡Así no! hace referencia al modelo que la mayor parte de los gobiernos tienen al momento de desarrollar una obra en conjunto con entes privados: la idea viene de arriba, desde el gobierno y las negociaciones privadas, y baja para hacerse realidad, su idea busca hacerse pasar por la más conveniente para la ciudad y se instala. La participación ciudadana se reduce a escuchar opiniones y ‘pulir’ el plan decidido.

La oposición al CCC consiguió someter el proyecto a una consulta ciudadana vigilada por el instituto electoral de la capital que se realizó el domingo seis de diciembre del 2015. Un 4.83% de los habitantes de la Delegación Cuauhtémoc votaron, de estos el 63.5% lo hicieron en contra: se le dijo No al CCC.

El sinsabor de la victoria es el estado actual de la Avenida Chapultepec y la confirmación de que al Gobierno de la Ciudad de México no le importaba realmente mejorar las condiciones de vida, ni quitarle espacio al automóvil para dárselo a los ciclistas y peatones [4].

En un texto sobre la experiencia ciudadana que detuvo al CCC, Alejandro escribe: “cínicamente, aprendimos que en el gobierno de la ciudad —y no sólo en esta— la idea de participación ciudadana se sigue viendo como un obstáculo, reduciéndola a consultas que buscan la aprobación ciega o a protestas que hay que desarticular”. Y es cierto, los procesos de participación son largos y difíciles de concretar, forzosamente necesitan de una inversión, “requieren una gestión compleja. El gobierno de Mancera no invirtió en esa gestión —ni dinero ni tiempo, no le interesaba. Y, puesto a especular, me parece que buscó que el proceso participativo no fuera productivo”, dice el mismo Alejandro Hernández en entrevista.
Hacer ciudad con el opuestamente distinto

Hoy, cercano al área en que se proyectó el Corredor Cultural Chapultepec, se desarrolla un proyecto de intervención al Centro de Transferencia Multimodal (CETRAM) Chapultepec, uno en el que el espacio público también ha sido concesionado a privados para desarrollar infraestructura pública.

Sergio González y los vecinos organizados en la Plataforma 06600 rechazan enérgicamente el proyecto, que incluye una torre de oficinas de 49 niveles, un hotel de 10 pisos, un centro comercial de tres plantas más locales en los pasillos que conducirán a las personas entre el metro y el camión, y además un estacionamiento de 1,878 cajones. El terreno, de 30 mil metros cuadrados, fue concesionado por 40 años y a cambio la ciudad obtiene la remodelación del CETRAM y un 5% de los ingresos anuales que generen los privados.

—¿Estás a favor o en contra del proyecto Cetram – Chapultepec?

—La verdad no conozco muy bien toda la propuesta del Cetram, entiendo que no se ha llegado a un acuerdo. No conozco bien la propuesta y no sé en qué vaya. Prefiero no comentar —dice Rodrigo Rivero.

En el proceso ha hecho falta información para evaluar si este es un ‘buen negocio’ para la ciudad: “(por la zona) debe ser el terreno más caro del país y se está construyendo una torre de cuarenta pisos a cambio de hacer una remodelación de una estación de autobuses, les estás dando el suelo público prácticamente gratis. A mí me parece que puede ser un muy mal trato”, dice el economista y urbanista Salvador Medina.

En un artículo publicado en La Brújula [5], Salvador menciona que el hecho de que un proyecto de mejoramiento de un nodo de transporte público incluya casi dos mil espacios de estacionamiento es prácticamente un sin sentido. Con el centro comercial, el hotel y las oficinas, el proyecto del CETRAM también aumentaría la presión comercial que existe en la zona, ésta es una de las razones por las que suben los precios de la vivienda y la colonia pierde a los habitantes con menor capacidad adquisitiva.

La falta de procesos donde la población pueda incidir en las decisiones que transformarán la ciudad, la falta de transparencia en los acuerdos público-privados, la falta de justificaciones técnicas a los problemas reales y la falta de información “pesan negativamente”, escribe Salvador Medina: “las experiencias previas (al proyecto del CETRAM Chapultepec) hablan de que han sido proyectos que imponen condiciones negativas a los usuarios, aislados de su entorno, de la sociedad. Que son una forma de transformar la ciudad sin una planeación urbana integral y participativa”.

La solución es la participación ciudadana, ese conjunto de palabras que suenan vacías a causa del desgaste que se les ha dado sin que realmente se transformen en una participación que incida en las decisiones públicas. Un diálogo plural se antoja largo, difícil y costoso, pero debe ser promovido: “realmente queremos que se viva la ciudad de manera más eficiente, la diversidad puede hacer a la ciudad un catalizador para aumentar la calidad de vida, la ciudad como un ente de cohesión estructural y funcional. La manera en la que hemos tratado de entrar en la discusión es la activa, creemos que estar en foros, mesas y discusiones con propuestas claras y constructivas sería lo ideal”, termina diciendo Rodrigo Rivero Borrell.

“Yo siempre digo esto: yo estoy aquí por la amenaza de ser desplazado de mi edificio”, dice Sergio sobre su participación en el activismo vecinal. El binomio que actualmente está decidiendo sobre el territorio es la iniciativa privada y el gobierno, al tercer socio se le deja de lado: “el tercer socio es un socio inversionista, somos todos los que pagamos impuestos y no estamos siendo tomados en cuenta, nosotros como socios tenemos que empezar a decidir e incidir sobre las decisiones que se toman en nuestro territorio”.

La batalla es por el territorio, por la tierra: “si tú le preguntas a tu papá cuál es legado que quisiera darte, te apuesto que está relacionado con heredarte la casa que tiene, o el terreno. La tierra tiene un gran valor. Lo que vale es la tierra, tú no puedes producir tierra. La Ciudad de México es inviable, no hay dónde meter tanta gente, sobre todo que no hay un diagnóstico de drenaje, de agua… antes de construir más torres, hay que hacer diagnósticos”, dice Sergio González; además habla de la violencia económica, “si te chingan económicamente, vives mal, comes mal, reaccionas mal. Todas las otras violencias valen madre, la violencia estructural es económica y la ejercen unos sobre otros, una minoría sobre una mayoría”.

La densificación a la que Rodrigo Rivero apela, forma parte de un modelo de desarrollo que resulta paralelamente opuesto al que personas como Sergio González aspiran, el de la autonomía de los territorios: “yo sí me imagino una colonia Juárez autónoma. Debemos empezar a crear un modelo de democracia directa que permita tomar decisiones sobre lo que afecta directamente al barrio y sobre sus recursos, autonomía hasta un cierto nivel sobre el agua, drenaje, e iluminación”.

La gran corrupción que impera en nuestro sistema político hace inviable que los gobiernos se interesen por abrirse a los procesos participativos. No existe en México una política urbana que privilegie la gestión de lo público, que procure el bien común. “Cualquier proyecto se mide sólo en términos del efecto-ganancia inmediato. La lógica de la ganancia y el tiempo limitado para obtenerla los hace rechazar los procesos de participación. Ganancia ‘política’ o simbólica que deben acumular en un par de años para ‘gastar’ en su próxima empresa política, la siguiente candidatura o ganancia financiera, real, en el caso de los inversionistas”, dice Alejandro Hernández.

Hoy se están librando batallas por el territorio, pero antes hay otra, la de la idea de ciudad. La idea de lo que debe prevalecer y cómo debe desarrollarse el espacio de todos para procurar el mayor bienestar. “Si desde el gobierno y también desde la academia, los medios, los gremios —como los arquitectos, los urbanistas, etcétera— se logra articular una idea de ciudad y de bien común, sería más fácil lidiar con los intereses a veces opuestos y contradictorios”, termina diciendo Alejandro Hernández.

No se trata de imponer la idea que tienen unos sobre otros, sino de llegar a acuerdos. Seguramente los vecinos de la Colonia Juárez no ganarán todas las batallas, pero podrían gozar de un modelo inmobiliario en el que ellos tuvieron injerencia. La esperanza reside en la capacidad de transformar la realidad inmediata, de reclamar frente al avance de los procesos de urbanización: nunca más una ciudad sin nosotros.

 

1. Es un taller que recoge el trabajo del colectivo artístico Left Hand Rotation sobre este proceso de transformación urbana.

2. La Brújula es un blog de la revista Nexos, el nombre del artículo es “ZODE Chapultepec: Planeación urbana no sustentable y falta de transparencia” http://labrujula.nexos.com.mx/?p=157.

3. El artículo se llama “La ZODE Chapultepec: ¿operación inmobiliaria, espacio público o centro comercial privado?” y fue publicado en el medio de comunicación digital Horizontalhttp://horizontal.mx/la-zode-chapultepec-operacion-inmobiliaria-espacio-publico-o-centro-comercial-privado/.

4. Esta actitud del gobierno de Miguel Ángel Mancera se puede comprobar con la experiencia que el grupo organizado en contra del CCC tuvo, aquí lo cuenta Alejandro Hernández.

5. Este es el texto completo: http://labrujula.nexos.com.mx/?p=821.

Angel Melgoza

Estudió Contaduría Pública y Finanzas antes de descubrir que le apasionaba el periodismo. Después de entrevistar a un viejo historiador de la ciudad, dijo: "quiero hacer esto toda mi vida".