Sin futuro, Medellín decidió hacer

La transformación de Medellín tiene detrás muchos rostros, uno es el de Jorge Pérez Jaramillo.

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Jorge Pérez Jaramillo tiene 52 años y se define como ciudadano. Es arquitecto consultor en planeación, urbanismo y arquitectura. Ha sido coordinador y profesor en la Maestría en Arquitectura Crítica y Proyecto de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y del Instituto de Estudios Metropolitanos y Regionales. Del año 2012 al 2015, Jorge Pérez Jaramillo fue director del Departamento Administrativo de Planeación que formuló el Plan de Ordenamiento Territorial Medellín que marca los lineamientos para el crecimiento de la ciudad hasta el año 2027. Conversamos con este apasionado arquitecto que se ha convertido en uno de los principales difusores de la transformación urbana de Medellín, y con ello, de la revolución urbana en Latinoamérica.

¿Desde tu opinión cuáles son las claves en la transformación de Medellín?
Las claves más precisas se encuentran en la sociedad de Medellín, que para bien o para mal, ha tenido una tendencia a la asociación, al trabajo conjunto y compartido; a formar agrupaciones: gremios, conventos, grupos religiosos, ONGs, fundaciones o sindicatos. La otra es que Medellín tiene una riquísima trama universitaria y académica. Tiene más de 120 años con una escuela de ingeniería muy poderosa, y muchas escuelas de ciencias sociales, derecho, arquitectura y urbanismo. Hay una base teórica y de conocimiento muy fuerte, y sobre ella la ciudad ha hecho de la planeación una especie de tradición. Esas tres condiciones son vitales: la gente, las asociatividades y la tradición de la planificación.

¿A qué te refieres específicamente cuando hablas de una tradición en la planificación?
Desde 1906 teníamos lo que llamamos Plan Medellín Futuro que fue la primer apuesta por planificar una pequeña ciudad de 100 mil habitantes. Después, en el año 50 se formula el Plan Piloto Regulado para Medellín. Ahí se planeó un gran plan, que si bien no define la ciudad porque después la ciudad creció muchísimo más de lo que se esperaba, la estructura del plan se siguió y desde entonces se formalizó una oficina de planeación.

La ciudad ha tenido 65 años apostándole a la planificación. Con diferentes etapas y diferentes momentos. Medellín formuló un proceso de planificación social, planificación territorial, y planificación estratégica. Todo eso se construyó después en una construcción política y colectiva, que es lo que yo llamo proyecto ciudadano.

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¿Cuáles crees que son los enemigos de estas claves?
El enemigo fundamental es la tendencia natural de las sociedades a la fragmentación, a los grupismos, a no pensar que la ciudad es un proyecto colectivo. Al final las ciudades pagan caro eso porque se convierten en un amasijo de acciones y agendas que no proponen ni definen un proyecto colectivo de ciudad.

La experiencia va mostrando que las ciudades más exitosas, las ciudades con mejores resultados para la vida de la gente, son aquellas que realmente logran construir una visión compartida de largo plazo, y que son capaces de tener una hoja de ruta sostenida en el tiempo más allá de agendas políticas puntuales. Una ciudad no se estructura en un periodo de gobierno. Casi siempre la ciudad queda a merced de egolatrías, nepotismos, fragmentos de pensamiento, actuación política o técnica que hacen que la sociedad no avance.

La ciudad tiene que ser un escenario para un proceso participativo, democrático, en donde una sociedad pueda determinar cuáles son sus aspiraciones para el desarrollo humano, para la sustentabilidad ambiental, para generar riqueza, para generar inclusión y equidad; para tener formas de integración como sociedad que permitan un buen futuro. Lo que vemos hoy en el mundo es que hay sociedades urbanas muy maduras con una tradición, pero hay sociedades urbanas que no la tienen, sociedades como las nuestras donde hay ciudades que han crecido explosivamente en muy pocos años y que no necesariamente significa que las personas que las habitamos adquiramos la condición de ciudadanía activa. Desarrollar una ciudadanía activa es un proyecto donde todos los ciudadanos sean sujetos de derecho pero también de deberes.

La ciudad es el escenario para todas las tensiones ideológicas, políticas, económicas, funcionales y esa es su maravilla. Ese es su poder. Una sociedad urbana es capaz de construir acuerdos políticos, acuerdos cívicos, acuerdos culturales que permitan ciertos patrones. A todos nos interesa tener un hábitat sostenible, a todos nos interesa tener vivienda digna, a todos nos interesa tener acceso a la vida pública, movilidad, espacios y equipamientos públicos. A todos nos interesa vivir en la ciudad, pero nos cuesta mucho priorizar que como sociedad tenemos que ponernos de acuerdo sobre lo fundamental.

Hay que ponernos de acuerdo en que cuando hablamos de una ciudadanía con derechos y deberes, uno de los deberes es pagar impuestos. El fenómeno Medellín es con dinero. Tú no logras procesos urbanos exitosos como los de Medellín sin gobernanza y presupuesto. La gobernanza es desarrollos institucionales, desarrollos técnicos, políticas públicas maduras, y los presupuestos son con impuestos.

¿Cuál ha sido el rol de los medios de comunicación al tratar de transmitir la complejidad de los temas urbanos? ¿Crees que han tenido un rol fundamental, positivo o negativo?
Creo que es muy injusto decirlo porque es muy difícil evaluarlo. Más que mirar hacia atrás, y decir si ha sido o no ha sido, diría que debe ser trascendental. La ciudad, en tanto que proyecto ciudadano, requiere un profundo esfuerzo de comunicación pública en donde la información alimente y fomente el debate y el análisis. Somos una sociedad urbana joven, y como en todos los sectores también en la comunicación hay muchas precariedades. Falta muchísimo conocimiento sobre el fenómeno urbano y sobre las ciudades en los medios de comunicación. Viniendo de una ciudad que ha tenido una dinámica de discusión y debates bravos durante los último 25 o 30 años, donde la comunicación fue un actor crucial, sigo pensando que falta conocimiento en los medios sobre el fenómeno urbano.

Cuando hicimos el Plan de Ordenamiento Urbano (POT) y discutíamos de ciertos temas, uno decía, [refiriéndose a los periodistas] “uy pero estos locos no entienden, no han estudiado el tema ¿o qué?” No lo digo por arrogancia, es cierto que había mucho periodista joven que tenía interés, pero no la formación suficiente. Hace falta que los “urbanistas” seamos cada vez más, que cada vez haya más ciudadanos. Esa es una condición que implica conocimiento sobre el fenómeno. La comunicación pública no solo es importante, sino vital; más con las redes sociales y los mecanismos de comunicación que hay hoy. Uno puede tejer y coser grandes temas de discusión para llegar a acuerdos.

¿Quién crees que se encargue hoy de la pedagogía de estos temas?
Veo que hay momento creciente de análisis en la medida que la crisis global del fenómeno de la urbanización está presente. Como pasó en Medellín, cuando la crisis es tan fuerte, hay una disposición distinta a asumir el problema. Ante el calentamiento global, las crisis de equidad e inequidad en el planeta, las crisis de miseria, de pobreza y de exclusión, ante la segregación que hay en el territorio urbano del mundo, todos nos estamos volviendo serios y diciendo “este es un tema”, hay que ocuparnos, preocuparnos, discutirlo y concluir cosas que nos permitan avanzar.
Uno ya ve que el diario inglés Guardian tiene Guardian Cities, que el diario español El País tiene Planeta Futuro; los grandes medios de comunicación han ido entendiendo que lo urbano es un tema relevante. Uno ve a CNN haciendo documentales sobre ciudades. Hay que hablar del fenómeno, falta mucho pero creo que hemos avanzado bastante.

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A partir de tu trabajo como planeador, me imagino que debes tener una gran experiencia como negociador, ¿cómo lidiar desde la planeación con los intereses, las tensiones políticas y los desacuerdos?
Lo primero es entender que la ciudad no le pertenece exclusivamente a nadie, es de todos. La ciudad es de la ciudadanía y los agentes que en un momento dado estamos en el rol de planificar, gobernar, dirigir procesos, nos debemos a la ciudadanía.

El debate no es sólo natural sino esencial y es lo que alimenta el camino. El problema de esos debates es que siempre se dan en condiciones muy desiguales, tanto cuando uno mira desde la base social y dice “el poder no me entiende, no me presta suficiente atención”; como cuando uno está arriba y dice “es absurdo tener que dedicarle tanto tiempo a discusiones que son muchas veces poco productivas porque, o hay ignorancia, o hay manipulación”.

La ciudad es un proyecto compartido en dónde todos tenemos un rol distinto y tiene que haber un esfuerzo de comunicación, discusión, y participación que nos permita a todos acordar. Eso requiere muchas condiciones que son difíciles de conseguir lo que siempre genera un sinsabor entre comunidades, instituciones, poderes diversos y realidad.

Cuando tratamos de compartir el proceso del Plan de Ordenamiento Territorial (POT) hicimos un esfuerzo descomunal de diálogo. En todo caso, yo me quedé con muchos sinsabores de haber esperado más de los aportes de las instituciones, de las universidades… Pero cuando tú hablas independientemente, lees ciertas columnas que nos ponen contra las cuerdas, uno siente que muchas comunidades habrían querido muchísima más participación.

En dos años y medio tuvimos más de 240 sesiones públicas con diversos actores ciudadanos. Reuniones desde 15 personas hasta 2,500. Con protocolos de participación y de respuesta. Hacíamos audiencias para contestar todas las preguntas que nos llegaban, teníamos una sala en donde cualquier persona podía llegar a hacer preguntas. Cuando uno dice, es insuficiente la participación, de pronto tenemos que preguntarnos: ¿qué es la participación? Hicimos cosas muy complejas y sin embargo queda el sinsabor de la falta de participación.

Otra cosa muy compleja es que, cuando nos reuníamos con gremios del sector privado, decían que estábamos en contra del sector privado. Y cuando me reunía con los sectores sociales, decían que éramos unos agentes del neoliberalismo inmobiliario. Es una tensión permanente, pero al final la ciudad es eso y tenemos que construir una sociedad urbana entendiendo roles: el rol de un gobierno democrático es darle la cara a la ciudadanía y discutir con ellos, eso implica eventualmente plantear los límites del debate.

Yo nunca acepté ningún debate a partir del irrespeto o la agresión, pero nunca dejé de respetar ni agredí. He estado en reuniones en donde tomaron la palabra personas con pasamontañas en el bolsillo, pero en el bolsillo de atrás, no en la cabeza, dando la cara y hablando con el argumento que fuera.

El lema fue: todo en la mesa, y todos en la mesa. Cualquier debate con argumentos y posturas es bienvenido, el problema es cuando el debate es cerrado, sin oídos y sólo con bocas. Cuando el debate tiene oídos y bocas, vamos dando razones y construyendo verdades compartidas, así la cosa es maravillosa.

La discusión con gremios económicos era distinta. Llevábamos a la mesa análisis de factibilidad financiera de los proyectos con las normas que estábamos proponiendo. Al demostrarles eso podíamos llegar a acuerdos. Esta ciudad no lo hace sólo lo público, se hace con el tejido privado. A fin de cuentas, la asistencia social se hace desde los recursos, uno no puede hacer asistencia y servicios sociales si no tienes presupuesto. Los impuestos y la inversión privada es una de las formas para tener recursos públicos. El POT puede ser un mecanismo para generar riqueza o empobrecimiento. Nosotros queríamos que fuera un plan que dinamizara muchísimo la ciudad, que dinamizara la inversión manteniendo agendas sociales.

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Una gran clave que nos puede ayudar a entender más de Medellín, pero también de Guadalajara es la política. Independientemente de todo el trabajo técnico, el proceso del POT lleva una enorme labor política en el sentido de sentarse con gente, tratar de convencer a otros, llegar a un tipo de acuerdo, convencerlos de un plan con esas magnitudes. ¿Crees que también hay una tradición política en tu ciudad?

Lo que obligó a Medellín a avanzar tan fuertemente fue la gravedad de la situación, eso fue lo que nos obligó a tomar decisiones de fondo. Además del narcotráfico, Pablo Escobar, y la violencia -que es quizás lo más grave-, la crisis de Medellín tiene otras variables, una es la urbanización descomunal que vivió la ciudad en los años cincuenta y setenta, cuando más del 70% de la ciudad creció en procesos muy informales, con altos grados de precariedad y segregación social.

Cuando estás en medio del mar y aquel que tiene el flotador fue el mismo que te quitó a tu novia, inmediatamente le perdonas y se vuelve amigo tuyo. Mirando la crisis del narcotráfico, violencia, terrorismo, crisis social, política y económica, poco nos faltó para estar peor. Eso alimentó que una sociedad tan gravemente afectada se pusiera a hablar. En Medellín nos juntamos para salvarnos, no había futuro.

En Colombia, a pesar de ser teóricamente la democracia más estable entre muchas de América Latina, tenía una enorme precariedad política. Los dos partidos tradicionales tenían una especie de pacto para alternarse el poder: cara ganaban ellos, sello también. No había una democracia. La elección local de alcaldes en el año 86 va a ser vital para las ciudades colombianas y cinco años después se hace una constitución política. Esta constitución promueve profundamente el poder local, la participación ciudadana y comunitaria, con unos principios muy modernos que ayudaron a que el país entrara en un ciclo positivo. Parte de lo que hay como ciudad es una profunda construcción política en dos sentidos: de las políticas y de lo político, los ciudadanos como actores políticos.

La democracia de Medellín es fuerte, avanzada al compararse con los poderes locales del continente. Las elecciones locales se ganan con muy pocos votos de ventaja; no tenemos una ciudad con un súper poder que gobierna sí o sí, pero es necesario defender un proyecto de ciudad para poder ganar las elecciones.

Una ciudadanía activa es un actor político, cuando hablamos de un proyecto de ciudad, estamos hablando de un proyecto político. Uno de los problemas contemporáneos es que hay temas esenciales que se los han tomado sólo unos grupos. Por ejemplo, el problema del ambiente no lo van a resolver los ambientalistas, el problema del ambiente lo vamos a resolver la sociedad. Igual pasa con lo político. Una de las cosas que los ciudadanos tenemos que hacer es arrebatarle la política a la clase política, no dejarle la política, la gran política, sólo a las organizaciones políticas. Las organizaciones políticas son parte de la política, pero la parte sustantiva y esencial es la sociedad.

Hemos convertido los procesos democráticos y la política en un asunto de votos y ya. Tenemos que luchar por una madurez de la sociedad para que nos convierta a todos, por un lado, en actores políticos y por otro, en ciudadanos en plena condición, con una claridad de derechos y de deberes. Eso es lo que hace que haya realmente política, interlocutores con suficiente fortaleza y formación.

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Cómo ves a Guadalajara, ¿la conoces bien?
Conozco muy poco a México para lo que representa, un país inmensamente potente, es un país rico en tradición, historia, comunidad. México tiene cultura urbana incluso antes de que llegaran los españoles. México, quizá más que Colombia, enfrenta retos gigantescos con la urbanización. Tiene inmensas ciudades y tiene un asunto que es un fenómeno del siglo XXI al cual todavía no le estamos dando suficiente importancia, el fenómeno de las regiones metropolitanas.

¿Cómo gobernar esos fenómenos con regímenes municipales con unas autonomías que parecen casi soberanías y que hacen muy difícil armonizar las decisiones sobre el ambiente, sobre la funcionalidad, sobre la vivienda y el hábitat, la seguridad, sobre todas las políticas públicas que hacen que haya o no una sociedad urbana madura?

Guadalajara tiene retos en particular ambientales. En una visita conocí el Salto, uno de los espacios más hermosos y más dolorosos que yo he visto en la vida. Destruir los ríos es un asunto que no tiene perdón. Cuando uno sabe que los Mayas tenían lagunas de oxidación para recuperar las aguas, no puede ser que en esos territorios tengamos lodos podridos. Eso es lo que hemos hecho; Medellín convirtió su río, aun viéndolo todo el día porque está en medio de la ciudad, en una cloaca a cielo abierto. Llevamos 20 años recuperándolo, ya estamos en la fase final y vamos a volver a tener un río. Pero nos costó más de 20 años de trabajo y muchísimo dinero, una inversión multimillonaria. Inversión que han pagado los ciudadanos mes a mes en sus facturas de servicios públicos.

Un asunto que me sorprende y es un fenómeno fundamentalmente grave en México, es la vivienda. Con la necesidad que tienen los gobiernos de dotar de vivienda a muchísimas personas, lo que se ha hecho es desencadenar un corte puramente inmobiliario y constructivo, buscar tierras baratas, poner subsidios y recursos para financiar con recursos públicos la vivienda. Se han creado guetos periféricos, sin acceso a la ciudad, profundamente inequitativos con creación de factores problemáticos para la sostenibilidad futura de esas comunidades; negándoles el acceso a la ciudad, al espacio público, a los equipamientos, a los servicios urbanos. A la par de generar un empobrecimiento para las finanzas públicas a largo plazo, porque a final de cuentas, los urbanizadores construyen sus casas, recaudan los subsidios y sus recursos, entregan buenas, regulares o malas viviendas y se van. La ciudad queda con la carga de tener que dotar de infraestructura de servicio, de conectividades, buscar mecanismos para integrar esas comunidades a la vida urbana; eso se traduce en 20 o 30 años de esfuerzos municipales, esfuerzos federales, de inversiones gigantescas, a menudo más caras que la tierra cara que no se compró en el interior de la ciudad.

Conozco el caso de Sudáfrica y hay cosas tan dolorosas como decir que aunque el Apartheid se acabó como régimen, éste subsiste en el territorio. La configuración de las ciudades en el Apartheid está ahí. El territorio es una forma de segregación social. Estas urbanizaciones periféricas, más allá de la calidad arquitectónica y urbanística, es una forma de segregación y de exclusión que genera además unos costos de integración social que casi aseguran un fracaso. Es muy improbable que esas comunidades periféricas logren realmente una integración.

En el caso de la vivienda social en América Latina, no hemos tenido políticas sociales de vivienda, sino políticas de vivienda social. Es parecido, pero es distinto, y no es un juego banal de palabras. La última es una política de construcción de vivienda para la gente más pobre. La primera es una política, de sentido social, para generar un hábitat en donde todos los ciudadanos tengamos acceso a la vivienda. Somos países muy pobres y es difícil cuando estas ciudades crecen tan rápidamente; cuando miras una ciudad con la que hemos cooperado profundamente, Barcelona, su déficit de vivienda son 600 viviendas. El déficit de vivienda en Medellín puede ser 60 000 mil o más, 120 mil, depende cómo se mida. En las políticas de vivienda social en América Latina lo que hay por hacer es gigantesco, por eso no podemos seguir pensando en una política de vivienda social que es construir viviendas y entregarlas, hay que hacer una política social de vivienda, donde además de una casa, de un techo, yo tenga acceso a la ciudad. El hábitat es lo fundamental y eso es la política social: crear ciudad y crear vivienda integrada.

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¿Cuánto tiempo les llevó hacer su POT?
Nosotros empezamos a finales de 2012 y lo aprobamos en diciembre de 2014. Aunque hicimos una cosa muy compleja que fue hacer un plan que comprometía a su vez el plan de los diez macro-proyectos urbanos, de los cuales el año pasado se adoptaron los del río, este año los de borde y veremos si los transversales.

Hay unos sectores de ciudad que por sus características requieren un nivel de planificación de detalle adicional. Esto es todo el sistema del río en donde están los macro-proyectos de renovación urbana y todos los sistemas de borde en dónde están los conflictos de las comunidades más vulnerables, o en riesgo, por lo tanto requieren un enfoque distinto al tradicional, porque la informalidad no se gestiona desde la formalidad convencional.

¿Los proyectos tienen que salir adelante independientemente de quién gane las elecciones?
El POT es vinculante. No es opcional. Lo que sí es opcional son los énfasis y las priorizaciones que el alcalde en cada gobierno hace. Puede dar más o menos prioridad a ciertas cosas. En el POT, priorizamos la movilidad no motorizada, los corredores de bicicleta. Contemplamos pasar de 40 km a 400 km de carriles de bicicleta. El alcalde puede decir, yo en mi gobierno hago 90, o 100 o 200 km. Él decide, claro con su proceso de participación.

Las ciudades están llenas de mixturas y de usos. A todos nos gusta ir a bailar a una discoteca, pero a nadie le gusta estar durmiendo para levantarse a las 4 a.m. y que el hijo de puta de la discoteca de la esquina no deje dormir. ¿Cómo hacer para desarrollar códigos y protocolos que permitan la convivencia de la mixtura de usos urbanos? A eso lo llamo protocolos ambientales urbanísticos, que es una norma del POT que tendrán que cumplir todos los servicios urbanos. Se definió un esquema de equilibrio y armonía a partir densidades que permite discotecas, bares en ciertos corredores, incluso grandes supermercados, y sólo pequeñas cafeterías, farmacias o panaderías en otros.

El POT propone un fortalecimiento de los barrios y de las centralidades barriales. Busca la creación de comunidades más fuertes, más estructuradas donde haya servicios urbanos más cerca de las viviendas, donde la gente pueda tener incluso oportunidades de empleo y desarrollo económico. Una buena centralidad es, como decía un amigo, la distancia del aguacate para el almuerzo; un buen barrio es aquel en dónde no tengo que tomar el coche para ir por un aguacate.

¿Qué hace diferente Medellin de otras ciudades?
Bogotá como las ciudades mexicanas, fueron grandes ciudades virreinales, coloniales, con un centro histórico potente, con una estructura aristocrática, ciudades ilustradas. Medellín no. En el siglo XIX era un pequeño pueblo de montañeros, mineros y putas. En 1984 se crea la Escuela Nacional de Minas y una escuela de ingeniería. La escuela de ingeniería ha sido estructural para la región. De ahí han salido gigantes ingenieros pero también gigantes directivos. Buena parte del liderazgo, del emprendimiento, del tejido directivo de las grandes empresas y de los grupos económicos de Antioquía, han salido de ahí.

El historiador colombiano Fabio Zambrano sostiene que Antioquía es una región de hacedores. De gente que le da golpes a la tierra porque son mineros, porque cultivan el café, flores, el banano, porque trabajan la tierra, porque generan hidroeléctricas, es una ciudad que hace. Piensa menos pero hace mucho.

En Medellín siempre la pregunta es ¿cómo lo hacemos? Las cosas se discuten para hacerlas. En cambio, Zambrano dice que en Bogotá hay una gran ilustración y una tradición de discusión. El metro de Medellín tiene 20 años funcionando, el metro de Bogotá lleva 50 años en discusión. Tal cual.

Medellín lleva 20 años con el metro, pero ya hizo tres metrocables, un tranvía, un BRT, y una red de bicicletas públicas. La red de bibliotecas la aprendimos de Bogotá, pero allá nadie habla de ella. Esa es la clave, no es solo planificar sino hacer. Medellín hace.

Luis Sánchez Barbosa

Periodista. Estudió derecho y política. Director de Territorio.