Ausencia y desaparición

El duelo postergado que viven los familiares de los desaparecidos

“Estoy muerta en vida por la ausencia de mi hija, porque no sé dónde está ni qué le está pasando”. La voz de Vanessa Amador suena con impotencia, con desesperación, pero fuerte, resistente. En agosto se cumplirán cuatro años desde que su hija María Fernanda Azpeitia Amador fue desaparecida.  

Desde el 27 de agosto de 2016 cuando ya no supo más de su hija, su vida cambió por completo. Siente, relata, como si le hubieran arrancado una parte de su corazón. 

Pese a que recibió el respaldo de la Fiscalía del Estado durante los primeros dos años de su caso, fueron momentos difíciles, desgastantes, de mucho estrés, de gastritis, colitis, de casi enfermarse de diabetes. 

Con la administración estatal actual simplemente la dejaron sola. “En cuestión de las autoridades ahorita ahorita ya no tengo nada, nada, nada, y con esto de la pandemia pues menos”. 

Los casi cuatro años de estar buscando a María Fernanda han implicado, además de pérdidas económicas y daños a su salud, un desgaste emocional que, acumulado, la llegaron a debilitar, mas no a claudicar. 

“El doctor me dijo ‘o te pones en paz o te va a cargar la fregada, estás presionada. Si no estás al cien ¿cómo vas a seguir?’”.

Con la voz entrecortada comparte que fue complicado decidir bajar la intensidad de sus acciones para cuidar de su propia salud, pero lo hizo convencida de que estando fuerte podrá continuar su camino hasta encontrar a su hija. 

“Fue sumamente difícil pero lo tenía que hacer por salud mental, por seguridad de mis hijas y mis nietas, pero estoy en pie, gracias a Dios estoy fuerte, trabajando duro, orando por mi hija, pidiendo a Dios que la cuide y la proteja”.

Dios, comparte, ha sido lo que ha logrado mantenerla a flote para poder hacer, hasta cierto punto, sus actividades cotidianas y mantenerse al pie del cañón, buscando. Confía en que él hará justicia, porque ella ya perdonó a quienes pudieron haber desaparecido a su hija. 

“Mi hija está viva ¿dónde está?, no lo sé, pero sé que ella va regresar en algún momento, Dios quiera y así será, y esa gente mala sólo ellos saben el daño que han hecho”.

La última vez que Vanessa habló con María Fernanda fue por teléfono, y su hija le comentó que su pareja, Amadeo Gutiérrez, la estaba molestando; la llamada se cortó y fue todo, no supo más. Así inició su búsqueda, entre oficinas gubernamentales, denuncias públicas, entrevistas en medios de comunicación. 

Fue el 27 de agosto de 2016, cuando sintió que una parte de su corazón le fue desprendido. 

 

El terrible desgaste emocional 

Depresión, ansiedad, trastornos de sueño. Esos son algunos de los síntomas de estrés postraumático que viven los familiares y amigos cercanos de quienes que no están pero siguen presentes, de las personas desaparecidas. 

Aunque existe una serie de variables que determinan el impacto emocional que viven las víctimas indirectas de las desapariciones forzadas -como la manera en que se dio el ilícito, la edad de los afectados, el contexto social, el vínculo afectivo-, en general experimentan un duelo postergado, la incertidumbre diaria de no saber si su ser querido está vivo o muerto. 

Eso es lo terrible de la situación, comparte José de Jesús Gutiérrez Rodríguez, presidente del Colegio de Profesionales de Psicología del Estado de Jalisco, que no pueden enrolarse en un proceso de pérdida, porque al mismo tiempo tienen esperanza que su familiar aparecerá. 

“Si no aparece la persona pueden pasar semanas, meses o años y los familiares cercanos van a vivir con la ilusión de que puede volver, pero con la tristeza de que a lo mejor está muerto”.  

Iván Rodríguez, académico del Departamento de Psicología, Educación y Salud del ITESO, añade que las desapariciones forzadas rompen con la estabilidad de las personas y las ponen en vilo, en una frontera entre seguir siendo como antes o aprender a vivir con su nueva realidad. 

“No se puede dormir, no se puede estar en paz, vienen ataques de ansiedad, ataques de llanto, de desesperación. El sentimiento no se apaga, más bien el cuerpo se acostumbra a vivir en la incertidumbre y el estrés más alto que te puedas imaginar”.

Cuando una persona muere se cierra un ciclo y deja una extensión suya a través de objetos, recuerdos; pero cuando está desaparecida se traduce a planes truncos, expectativas rotas, no hay cierre. 

Ante la indolencia e insensibilidad de las autoridades, fueron colectivos y organizaciones de la sociedad civil, liderados principalmente por las madres de las personas desaparecidas, quienes, además de realizar acciones de búsqueda, han acompañado a las víctimas indirectas en su dolor. 

En marzo de 2015, por ejemplo, surgió el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México, un conjunto de más de 35 colectivos de familiares de personas desaparecidas y cerca de 40 organizaciones acompañantes.

“Inicialmente nos aglutina la intención de formar un grupo para incidir en materia legislativa pero sobre la marcha fuimos descubriendo que compartir experiencias con personas que están pasando lo mismo nos da mucho más fuerza”, se lee en su portal web. 

 

Vivir con la violencia

Las desapariciones, como cualquier hecho violento, afectan a la sociedad emocionalmente en menor o mayor medida aunque haya quienes prefieran ver la problemática como lejana o incluso, como inexistente ya sea por autoprotección emocional o desconocimiento.

Para Iván Rodríguez, experto en psicología social, actualmente es casi imposible que alguna persona se sienta exenta de algún tipo de violencia pues cada vez es más común que alguien haya sido víctima o lo haya sido una persona muy cercana. 

Si bien se corre mayor riesgo según la zona por la que se transita, el horario, el género y la edad, todos los ciudadanos son susceptibles a ser víctimas. Tan es así, que se han vuelto más comunes las estrategias de autoprotección como avisar a los familiares a dónde se va o compartir la ubicación del móvil en tiempo real. 

“Lo pesado de esto es que nos estamos acostumbrando, estamos normalizando la violencia como si fuera algo que pasa y no hay que preocuparnos demasiado, y no, no tendría que ser así”.

Al respecto, José de Jesús Gutiérrez Rodríguez, presidente del Colegio de Profesionales de Psicología del Estado de Jalisco, menciona que no se necesita vivir la violencia tan cercana para que afecte emocionalmente a una persona, pues hay quienes son muy sensibles y basta con que conozcan sobre un caso para desarrollar estrés postraumático.

En contraparte, hay personas que mientras no experimenten esa problemática, la verán como lejana. Y justo ese sector, añade el especialista, son los que reciben y hacen propia la desinformación o los mensajes insensibles que transmiten las autoridades, como decir que las personas desaparecidas se van con sus parejas o los amigos, minimizando la violencia y los sentimientos de sus familiares. 

En Jalisco, al corte del 31 de mayo, había 9 mil 341 personas “pendientes de localizar” como lo cataloga el gobierno estatal en el Sistema de Información sobre Víctimas de Desaparición (Sisovid): 7 mil 129  no localizadas y 2 mil 212 desaparecidas. En total, más de 9 mil 341 familias a quienes les falta un ser querido; casi 10 mil personas que viven en vilo, con incertidumbre, con afectaciones a su salud mental.

 

La nula o mínima simpatía de las autoridades

En medio de los sentimientos encontrados que viven los familiares de las personas desaparecidas, las autoridades abonan en su sufrimiento al descalificar la situación o criminalizar a las víctimas; pero también lo hacen cuando son opacos en su trabajo y dan información a medias.

“El mensaje es irresponsable, a los familiares a veces les hacen tener la ilusión de que la persona va a volver, o que ya no va a volver”, agrega Gutiérrez Rodríguez.

Ante la incertidumbre en la que viven las personas, lo mejor es que se les hable con la verdad, se les brinde información de manera clara y para eso es importante que existan especialistas en materia de salud mental.

“Unidades o instancias que permitan hacer un manejo sensible, un manejo cuidadoso de las emociones, de los sentimientos, de las creencias que puedan tener las personas para que las circunstancias no sean tan dolorosa, que sea un manejo realista pero sensible”. 

 


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Jonathan Bañuelos

Jonathan Bañuelos

Estudió periodismo en la Universidad de Guadalajara, y una especialidad en periodismo de arte y cultura en la Universidad Iberoamericana. Inició en 2011 como colaborador en Radio Universidad en Ocotlán, Periodismo Transversal y el Semanario Guía.
Ha sido reportero en La Jornada Jalisco, Más por Más GDL, y MURAL; así como redactor web para NTR Guadalajara .
Reportea temas sobre derechos humanos, organizaciones civiles, medio ambiente, migración y cultura.
Es conductor activo en el programa radiofónico Ciudad Olinka de Radio Universidad en Ocotlán.