La culpa no es de ellos

Ser joven en pandemia

Pablo Jesús Galindo tiene 19 años y la pandemia lo agarró trabajando en un restaurante de hamburguesas. Al salir, procuraba mantenerse en casa. Después de un tiempo entró a estudiar cine y se cambió a un mejor trabajo. Sus jornadas completas se dividían entre ir a trabajar, estudiar inglés y tomar sus clases de cine. 

Es de Venezuela, donde dice que todo es más complicado, y Guadalajara le ha parecido una ciudad que no es difícil de vivir: “hay escuelas de cine, empleos, oportunidades de desarrollo y aprendizaje”. 

“Me gusta mucho este país, he tenido la dicha de encontrarme con personas con las que estudio y trabajo que son muy receptivas, me han hecho sentir muy agusto y me han transmitido mucha seguridad”, me dice. 

Le molestan los problemas de inseguridad, pero le parece que hay un buen nivel de vida. Aunque dice que es posible que vea a Guadalajara con ojos muy distintos a los de las personas que no necesariamente la pasan tan bien. 

Sus planes son terminar la carrera y especializarse en fotografía para que en un futuro no muy lejano busque trabajo en una productora, ofrezca sus servicios, haga videos o cortometrajes. “No me considero en desventaja en ningún aspecto. Me considero joven, tengo tiempo por delante y prefiero aprovecharlo para aprender, seguir desarrollándome y creciendo”.

En cambio, Zyanya Maribel Valadez tiene 21 años, al inicio de la pandemia tenía trabajo y un mes después la mandaron a “descansar”. Se quedó dos meses más en Guadalajara y después regresó a Tomatlán, de donde es originaria. “Cambiaron muchas cosas en mi vida, emocional y económicamente. Ahora me preocupa si el día de mañana vamos a estar igual o peor, muchos dicen que están mejor, pero no todos tenemos la misma estabilidad económica, la misma salud física, mental y emocional”.

Para Zyanya, ser joven en Guadalajara es difícil y más si no tienes las herramientas, la capacidad, la voluntad, el optimismo o las bases para ser independiente. “Si para un adulto es difícil, para un joven es peor. No conozco un joven que haya hecho cosas increíbles, maravillosas, solo, sin nada, por sí mismo”.

Ambos participaron en Órale, un programa de empleabilidad para jóvenes de entre 16 y 28 años, que a través de un proceso de formación y seguimiento se les prepara en temas como educación, empleo, emprendimiento, autoconocimiento y proyectos de vida. Se privilegian a los jóvenes en alguna situación de riesgo o desventaja social, que no han podido trabajar o estudiar. 

Sin embargo, desde la irrupción de la pandemia el perfil de los jóvenes que se acercan a la organización ha cambiado. La tecnología genera barreras y deja a muchos jóvenes fuera que no tienen acceso a una computadora o habilidades tecnológicas. Además, al ser un programa muy vivencial, el proceso virtual limita su impacto. La brecha digital es tremenda.

“No conozco muchas fundaciones como Órale”, me dice Zaynaya, “existen programas de ayuda para micro empresas, jóvenes emprendedores, pero al salir de la preparatoria nadie te enseña a llenar una solicitud, a hacer un trámite, a elegir un empleo. Si así fuera, no desperdiciaríamos tanto tiempo estudiando una carrera o eligiendo un trabajo que no nos gusta”.

Zaynya aún está decidiendo entre ser veterinaria, dedicarse a las artes o a la fisioterapia.

Tanto Zaynya como Pablo, me cuentan que procuran cuidar su salud y la de su familia. En la medida de lo posible tratan de seguir las recomendaciones sanitarias. En los trabajos que desempeñan o han desempeñado a veces es complicado y las condiciones no favorecen, pero lo logran. 

 

Un programa de acompañamiento

Paola García Orozco, estudió comunicación y tiene 5 años involucrada en todos los procesos de la organización Órale, su prioridad es trabajar con jóvenes en situación de vulnerabilidad y que piensan que no saben nada, que no tienen nada o que no pueden hacer nada. “Todos tenemos una habilidad en algo, sea grande o pequeña, y nosotros nos concentramos en encontrarla y les ayudamos a canalizar una idea, obtener un trabajo, avanzar un proyecto o alcanzar un objetivo. Me gusta el programa porque también es un espacio de cuidado y de mucha retroalimentación”.

En el programa se han integrado los temas de autocuidado, pues la pandemia ha sido un quiebre en las vidas de los jóvenes. Una de las claves del programa es el acompañamiento que se les da, durante todo el proceso. “En los programas gubernamentales o políticas públicas, se tiende a resolver problemas sin la participación de jóvenes en la definición u operación de los programas. El joven es el tema, pero hace falta preguntarles qué necesitan e incluir un acompañamiento durante sus procesos de búsqueda de empleo”.

Un sondeo realizado por UNICEF el año pasado, mostró que la crisis del COVID-19 ha tenido un importante impacto en la salud mental de las y los adolescentes y jóvenes de Latinoamérica y el Caribe. Entre las y los participantes, 27% reportó sentir ansiedad y 15% depresión. Para el 30%, la principal razón que influye en sus emociones actuales es la situación económica. 

Aunque en la experiencia de Paola, los jóvenes que han transitado por la organización son exageradamente resilientes y tienen una admirable capacidad de adaptación. “Los veo con mucha responsabilidad, protegiendo a sus familias aunque tienen que ir a chambear y no en las mejores condiciones. Como jóvenes hemos aprendido a responsabilizarnos de otros y queremos romper el mito de que somos los responsables de propagar el virus. Los jóvenes tienen ganas de crecer y creo que con un buen respaldo o acompañamiento pueden alcanzar sus metas. Por eso como sociedad siempre conviene tenerlos de nuestro lado”.

 

El fracaso de la adultocracia 

Desde que inició la pandemia en distintos medios de comunicación nacionales e internacionales se han responsabilizado a los jóvenes del aumento de los contagios. Se establece la idea de que son irresponsables, poco cuidadosos e inconscientes. Incluso el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom ha dicho que los repuntes de nuevos casos de COVID-19 en algunos países fueron impulsados en parte por jóvenes que bajaban la guardia. 

Aunque los jóvenes enfrentan la misma pandemia, hay unos que gozan de ciertos privilegios que la mayoría no tiene. Eso convierte la experiencia de ser joven en algo difícil de generalizar. 

En abril del 2020, la Federación de estudiantes de la Universidad de Guadalajara, realizó un sondeo entre sus estudiantes para conocer cómo vivían su vida académica a través de los medios digitales y cómo eso impactaba en su economía y en sus emociones. La encuesta mostraba que 1 de cada 3 estudiantes no tenían computadora o tableta para hacer sus tareas. El 21% de los alumnos no tenían acceso a internet. El 67% consideran las clases en línea como una experiencia que no estaba funcionando y que era un problema mayor que les generaba estrés y ansiedad. Un amplio porcentaje (90%) hablaba de la poca capacidad de los maestros para adaptarse a las herramientas tecnológicas y de la carga de trabajo.

Los principales sentimientos en el contexto de la pandemia eran de tensión, aburrimiento, preocupación, confusión y tristeza.

Enrique Pérez es profesor investigador de la UNAM, se especializa en la cultura digital, tecnopolítica y ciudadanía digital. Es parte del Seminario de Investigación Juvenil, de la UNAM, un centro de investigación que desde disciplinas como la sociología, la antropología y el trabajo social, se dedican a la docencia, a la difusión y a la investigación alrededor de los jóvenes. 

La pandemia lo sorprendió como investigador y maestro. “Un aspecto crucial desde que empezó el home office y las clases en línea, fue la dimensión tecnológica y la importancia que está cobrando. Estábamos en un tránsito lento hacia una sociedad de la información, pues en México el 30% de su población no tienen acceso a internet. Y aunque la pandemia aceleró el proceso de digitalización a todos nos tomó por sorpresa. Las primeras estrategias de alfabetización digital fracasaron y están fracasando”. 

“Éramos una sociedad profundamente desconectada pues nunca le dimos un uso a la tecnología con fines educativos, pedagógicos. Además los que estaban conectados eran analfabetas funcionales. En este contexto hemos tenido que improvisar”.

Para Enrique la pandemia ha evidenciado una serie de carencias y desigualdades estructurales que han afectado a la población joven. 

Las condiciones de trabajo se han agudizado, pues los riesgos de contagio son altos y la mayor parte de las veces optan por arriesgarse para ganar un poco más de dinero. Sin ninguna protección social recurren a opciones de trabajo precarias, poco seguras. También han sido altamente vulnerables pues son los primeros en ser despedidos o en recortarles días y horas de trabajo sin ningún tipo de compensación. En el caso de la educación, la enorme brecha digital ha interrumpido sus procesos de vida y ha causado desajustes que va a tomar generaciones remediar. A esto, hay que agregar la inmensidad de problemas de salud mental de los que se habla poco y además atienden mal. 

Además sobre los jóvenes recae toda una carga social que los presentan como personas irresponsables, no empáticas y poco productivas.

 


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Luis Sánchez Barbosa

Periodista. Estudió derecho y política. Es fundador y director de Territorio.