La delgada línea azul

La policía es un reflejo de nuestros problemas

El endurecimiento de las medidas impuestas por el gobernador de Jalisco durante la pandemia, sin considerar siquiera los antecedentes de abuso policial en la región, aunado al anuncio tardío de la muerte de Giovanni López, provocaron indignación suficiente para que la jornada de protestas revelaran algunos de los dilemas de lo que significa ser policía en México: detención, tortura y muerte bajo custodia; equipo, protocolos, estrategias y abuso de la policía preventiva al repeler agresiones durante las manifestaciones; las detenciones arbitrarias, la opacidad y la tortura de los policías ministeriales; y sobre todo, la agresión directa a un policía al que le prendieron fuego en la espalda. 

En ese contexto y un día después de la primera protesta, el gobernador aseguró que haría todo lo posible para que los policías que le quitaron la vida a Giovanni pagaran las consecuencias de sus actos, y prometió llevar ante la justicia a la persona que intentó matar a un policía. Ese mismo día, el gobierno tomó el control de la policía de Ixtlahuacán de los Membrillos, con un operativo que se presentó a través de un video con producción “espectacular”, y que tenía como objetivo capacitar a los policías en materia de derechos humanos, uso adecuado de la fuerza, exámenes antidopajes, y cumplimiento de los lineamientos necesarios para ejercer la función policial. Al día de hoy, la Fiscalía Anticorrupción cuenta con cuatro carpetas de investigación relacionadas con detenciones ilegales, paralelas a la investigación que atrajo la Fiscalía General de la República (FGR) por desaparición forzada. Hay también  investigaciones en curso por abuso de autoridad, pero del responsable de quemar al  policía por la espalda a la fecha no hay ningún avance.

 

 

La muerte de Giovanni López reveló no solo un problema estructural sino de responsabilidades, como sugiere el analista Alejandro Hope: mientras los culpables de su muerte son policías municipales operando en una alcaldía gobernada por el PRI, Ixtlahuacán está en un estado con un gobierno de Movimiento Ciudadano, en un país gobernado por Morena: “si los votantes quisieran castigar el hecho, ¿por quién o contra quién deberían de votar?” Mientras que la investigación es conducida por la Fiscalía del estado también es atraída por la Fiscalía General, entonces ¿quién es responsable final del asunto?

De ahí la complejidad para entender cómo la policía mexicana se vincula a la comunidad a través de una serie de desequilibrios institucionales que van desde la falta de capacitación, los bajos salarios, la rotación de personal, las jornadas de trabajo extensas, la corrupción e infiltración del crimen organizado, hasta el uso sistemático de las policías investigadoras de la tortura.

Aunado a esto, la policía carga con un gran estigma social difícil de erradicar. De acuerdo con Guillermo Zepeda y Ernesto López Portillo, 60% de los policías padece enfermedades como hipertensión, obesidad, diabetes, miopía y gastritis; y aproximadamente 40% de las lesiones que sufren son causadas por mal acondicionamiento físico y poco desarrollo técnico.  

La policía en México es una de las peor evaluadas y en la que menos confían las personas. Por ejemplo, un estudio la ubica como una institución que está entre los 5  grados más bajos de legitimidad en el mundo, de acuerdo con criterios como su capacidad, proceso, legitimidad y resultados. En la encuesta de confianza en las instituciones en México, realizada por Consulta Mitofsky, la policía se encuentra como la cuarta peor calificada, después de los partidos políticos, la Cámara de Diputados y Senadores, con un puntaje de 5.7, sobre 10. En una encuesta realizada por el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública (CESOP) de la Cámara de Diputados de México en 2018, la policía es el organismo de seguridad que menos confianza inspira: el 6,1 por ciento de las personas confían en la policía federal, mientras que solo el 4,6 por ciento confían en la policía municipal. La mitad de los encuestados piensan que las policías están coludidas con el crimen organizados y que no cumplen con su labor. 

Según la Encuesta Nacional de Estándares y Capacitación Profesional Policial (ENECAP), en 2017 habían 384.9 mil elementos de policía. Es decir, por cada 10 elementos de policía había 8 hombres y 2 mujeres. El 55.1% contaba con estudios de nivel medio superior: 76.1% estaban adscritos a las Policías Preventivas Estatal o Municipales, 13.5% pertenecían a la Policía Estatal Ministerial, 9.5% a la Policía Federal y 0.9% a la Policía Federal Ministerial. 

El 35.6% de los elementos de policía fueron víctimas de algún delito o conducta antisocial en el desempeño de sus funciones. Se estima una tasa de 644 delitos o conductas antisociales por cada cien elementos de policía. A nivel nacional, 90 de cada mil elementos de policía fueron víctimas de algún acto de corrupción durante el desempeño de sus funciones, entre los que se encuentran el soborno por parte de ciudadanos y las extorsiones por parte de compañeros o superiores.

Ante este panorama, algunas soluciones para resolver el problema policial apuntan en sentido contrario al modelo centralizado, poco comunitario y concentrado en el crimen organizado que propone la Guardia Nacional. Por ejemplo, la formación de policías locales para que asuman funciones de seguridad e investigación de delitos. En otros casos, se proponen como ejemplos modelos internacionales como el de Japón, conocido como koban, que se caracteriza por una policía descentralizada y que es parte integral de la comunidad al brindar seguridad,ser consejero de la comunidad y actuar como mediador en casos de disputas: “En vez de un policía-bombero, se percibe como un policía-cartero, el cual recorre la comunidad cada día aunque no exista correo que entregar, observando y haciendo preguntas. El oficial de policía del koban cultiva la habilidad de escuchar pacientemente, permitiendo que la gente exprese sus problemas. El resultado es una autoridad pública en la que la gente confía y tiene legitimidad para abordar los problemas de seguridad de la comunidad.”

 

La policía: un reflejo de lo que somos

“¿Quién quiere ser  policía de Jalisco en este momento?”, pregunta María Eugenia Suárez de Garay, académica con una larga trayectoria en el estudio de la policía y el género. 

Marú estudió ciencias de la comunicación en el ITESO y tiene una Maestría en Antropología aplicada y Doctorado en Antropología social en la Universidad Autónoma de Barcelona, con la tesis “De estómago, de cabeza y de corazón. Un acercamiento antropológico a los mundos de vida de los policías en Guadalajara”, que después se convirtió en el libro Los policías: Una averiguación antropológica (2016), un referente importantísimo para entender el mundo policial, producto de diez años de observación sistemática, y aunque ya tiene más de veinte años sigue teniendo una vigencia importante para entender los modos de pensar y hacer de los policías como personas, miembros de una familia, ciudadanos y representantes de la sociedad:

“La imagen de quienes, bajo un uniforme, han tenido como tarea principal ser los guardianes del orden y los perseguidores de los delincuentes, está asociada a vicios añejos atribuidos a su figura: prepotencia, pereza, ineficiencia, corrupción y violencia. Esto ha terminado por condenarlos a la marginación social. La institución policial ha perdido credibilidad ante los ciudadanos. El deterioro de su imagen se debe, en primer lugar, a que se le identifica con la represión. Muchos temen a la policía y piensan que es ineficaz, no sólo porque su acción produce conductas violentas sino también porque en ella existen sectores corruptos y porque algunos de sus agentes son cómplices de la delincuencia.”

Aunque Marú menciona el ejemplo de la policía de Guadalupe, Nuevo Léon como una institución con un sentido claro, que puede ser un ejemplo nacional al estar bajo un liderazgo y una sensibilidad social que sirve para motivar el trabajo de los policías, es reservada su esperanza sobre el futuro de la policía: “La policía es un sujeto muy resentido. Han cambiado muchas cosas desde que hice el estudio y mis conclusiones han variado. El crimen organizado les ha hecho mucho daño. Ha generado más violencia de la que ya había. Gestionar a la policía es una de las cosas más difíciles que hay.”

En un perfil que le escribió Patricia Landino en la revista Magis en 2005, Marú reflexiona: “Los policías en este país son excluidos. No estoy diciendo que son buenos o malos, ni hablo desde una perspectiva moral. Son sujetos dentro una institución, reflejo de nuestra propia cultura y sociedad. Están dentro de un mundo sin ley al amparo de la ley. Investigar sirve para entender por qué tenemos los policías que tenemos: no nacieron siendo así, son sujetos entrenados en una institución que funciona como ya sabemos. No están sólo para cuando nos conviene, hay que entender también que es un gran ejército de excluidos sociales. El problema es que representan la autoridad, lo que hace esto un asunto más dramático. La institución policial y quienes la forman son un reflejo de nosotros mismos, como sociedad que acepta y avala a sus instituciones, o prefiere no verlas.”

Una de las cosas que más le sorprende de las manifestaciones alrededor de la muerte de Giovanni López es el poco espacio que ha merecido en los medios de comunicación ese acto tan revelador que fue el intento de quemar a un policía, pero lo más sorprendente es saber que esa persona sigue libre. La agresión y la impunidad, son actos que revelan el desdén de la ciudadanía, el coraje focalizado y la falta de reflexión sobre lo que significa quemar a un policía: “la gente odia y ama a la policía, pero ellos están obligados a tomar decisiones todo el tiempo, necesitan trabajar, tienen familias.”

La vigencia del estudio de  Los policías: Una averiguación antropológica (2016), es muy concreta y sobre todo cuando se habla de la lógica jerárquica y de los niveles de decisión se mantienen en los altos mandos, lo que impide que cada policía pueda contribuir, con su experiencia y sus ideas, a resolver los conflictos. 

Camilo, uno de los policías entrevistados, confiesa que uno de los reclamos más escuchados en el discurso policial es que la eficacia de la policía depende en gran parte de la colaboración ciudadana:

¿Cuáles serían algunas de estas características que se adquieren y que conforman una cultura policial? “¡Yo le voy a decir! El elemento adquiere todo lo que tiene al frente. Si al frente tiene un comandante que es corrupto, el elemento va a ser corrupto 100%. Y de ahí no lo va a sacar. Y si al frente tiene un comandante que es honesto, que es exigente del servicio, que es detallista en muchas situaciones, el elemento va a ser esas características. Va a ser el elemento que va a estar pensando de qué manera dar un rendimiento adecuado. Preocuparse por su zona que le otorgan de servicio. Se le va concientizando de una manera indirecta a ser responsable, a cuidar a la ciudadanía y sobre todo, valorarse él mismo. Es un desamparo triple: individual, grupal e institucional.”

Por eso para Marú la policía es un reflejo de lo que somos: “El policía es conservador, no sólo en el sentido de que en él se reflejan los prejuicios de una sociedad esencialmente conservadora sino en otro más específico: el de tratar a los ciudadanos de una manera diferenciada, por lo general, conforme a lo que ocurre en el mundo circundante. Sin embargo, en el acto de detener —o “remitir”, como ellos dicen— al ciudadano, el policía, a partir de las categorías sociales en las que reagrupa a los individuos, no sólo obtiene información de los otros sino también de sí mismo; obtiene de esa imagen una parte relevante de la propia y de todo lo que atañe a la policía. Así se percata de que sobre él se cierne una peligrosa contradicción.”

Aunque Marú acepta el desacuerdo en algunas de las conclusiones de su estudio y que las condiciones, al interior y exterior, de la policía ha cambiado mucho, hay una enorme vigencia en sus palabras: “Los modelos policiales tradicionales, relacionados con el mantenimiento del orden y la persecución de los delincuentes, en los que ha predominado la idea de una prevención represiva, entendida como mera disuasión, por eso muchas de las prácticas policiales terminan en la violación de los derechos humanos básicos. La tortura, las detenciones arbitrarias e ilegales, el abuso de la fuerza física, golpizas indiscriminadas, alteraciones de evidencias y lugares del delito, han sido algunas de sus formas.”

 


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Luis Sánchez Barbosa

Periodista. Estudió derecho y política. Es fundador y director de Territorio.