La muerte sin rostro

Duelo y luto en pandemia

La mitad de las personas que ingresan a un hospital para atenderse por COVID-19 en México pierden la vida. Para la mayoría de los familiares y personas cercanas a los enfermos, la última vez que se verán es en la puerta de la sala de emergencias. 

Cuando el SARS-COV2 arrebata el último respiro a los pacientes, sus cuerpos pasan a un resguardo especial que evita volver a verlos siquiera para hacer el reconocimiento de su identidad por parte de los familiares. Por ello, la COVID-19 representa una “muerte sin rostro”, definió Sergio Vicencio, quien perdió a su madre por esta enfermedad hace algunos meses y padeció los consecuentes problemas que agudizan el luto.

En el programa “¿Cómo estás?” de Radio Universidad de Guadalajara, compartió que el trajín comenzó con la dificultad para hospitalizar a su madre que presentó problemas respiratorias graves. Solicitó una ambulancia durante horas y cuando llegó, los paramédicos evaluaron que su mamá no requería hospitalización a pesar de sus síntomas, por lo que terminó llevándola por su propia cuenta a la clínica 110 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en Oblatos, el octavo centro médico con más camas para atender a pacientes con COVID-19 del país con 107 camas, según datos de la dependencia. 

Logró después de largas horas de angustia que la atendieran, sin embargo su situación era grave y pasó poco tiempo para que los médicos le recomendaran la intubación. Ante una resistencia de su madre, le solicitaron a Sergio que acudiera a la sala donde estaba hospitalizada para convencerla de otorgarle oxigenación asistida.

Para ingresar al área COVID-19 de la clínica, Sergio tuvo que vestir equipo especial en su rostro además de bata, guantes, protectores para zapatos y pasar por filtros de desinfección. Al acercarse a su mamá notó cómo su salud se había deteriorado de manera acelerada; al preguntarle por qué se resistía a la intubación, su madre no mostró ninguna inconformidad, así Sergio entendió que lo que quería era hablar por última vez con su hijo. “Me pareció impresionante de su parte, pero ella se convirtió en un paciente difícil cuando sentía que no iba a poder luchar”.

Lo siguiente fue la oxigenación asistida y Sergio salió del área bajo las mismas medidas de desinfección. Ya fuera de la clínica, buscó sin querer encontrar chucherías entre los puestos ambulantes hasta llegar a su coche. Aún conduciendo de regreso a casa recibió una llamada a su teléfono desde la clínica para notificarle que su madre había fallecido: “(La COVID-19) La mató en nueve días, y eso es increíble para la psique de un familiar. Saber que alguien que veías como una persona capaz cambia a una persona incapaz en tres o cuatro días, y tres días después es alguien irreconocible, es un impacto brutal. Lo digo en un sentido de concientización; si creen que este monstruo que está afuera es algo que puedes vencer, no tienen ni idea”. 

A la pena por la sensible pérdida se le cruzaron problemas e inconvenientes poco comunes. Sergio regresó a la clínica para completar trámites administrativos y poder darle sepultura a su madre, pero poco después recibió una llamada más para notificarle el estado de salud de su madre, según la trabajadora social que le marcó, su mamá seguía viva. El corazón de Sergio dio un vuelco pero conservó la calma para exponerle la confusión; tras unos minutos la empleada regresó ofuscada para pedirle una disculpa y comprobar en los registros que sí había fallecido.

“Estaba literalmente arreglando la defunción y fue un shock enorme, porque el protocolo viral de los pacientes de COVID-19 implica que no puedes reconocer el cuerpo (…) Traté de manejar de la mejor forma, pero es el peor error que pueden cometer”.

Sergio se concentró en agilizar lo más posible la parte burocrática del proceso pero hubo un inconveniente más. El personal de la funeraria que acudió por su madre no quería cerciorarse de la identidad por temor a contagiarse, ya que nadie daba garantías de que este proceso no provocara más contagios. Debían abrir la bolsa donde se encontraba el cuerpo, pero el personal funerario se negó.  

A pesar de todo, Sergio pudo acceder a oportunidades que casi nadie ha tenido desde el inicio de la pandemia: platicar una vez más en la clínica con su mamá ante el riesgo de contagio que representa, esto a pesar de que la saturación hospitalaria y el rebasamiento de los servicios funerarios no se presentaba como ahora.

Parece que la tragedia y desesperación que pasan los familiares de personas que mueren por esta enfermedad se termina con la sepultura, pero no es así, morir por COVID-19 alarga y agudiza la pena como casi ningún otro padecimiento.

Esta enfermedad ya es la segunda causa de muerte en México según el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI), solo detrás de los padecimientos cardiacos.

 

Fallecimientos por COVID-19 agudizan los duelos

El día atípicamente caluroso y soleado de febrero en Guadalajara tiene un espacio que se contrapone a este ambiente. Una nube grisácea confundible con neblina cubre las copas de los pinos y tumbas del Panteón Guadalajara, el más grande del municipio, de proporciones comparables a 13 veces el Estadio Jalisco.

A pesar del inmenso terreno la nube ya alcanza todos los rincones del camposanto desde una chimenea que no ha dejado de exhalar con fruición desde hace semanas. El conducto forma parte del crematorio municipal que opera casi sin parar por la incesante llegada de cuerpos de personas fallecidas, la mayoría, por COVID-19.

Según estadísticas del IMSS en Jalisco, de marzo de 2020 a enero de 2021 han atendido a 9 mil 473 personas, de las cuales 4 mil 044 murieron y 3 mil 970 fueron dadas de alta por mejoría, las restantes mil 459 siguen hospitalizadas. 

En los Hospitales Civiles de Guadalajara, a cargo de la Universidad de Guadalajara, han ingresado 2 mil 323 personas que requirieron hospitalización por COVID-19, pero 809 murieron repentinamente; es decir, 35 de cada 100 personas que ingresaron salieron sin vida, según información obtenida vía transparencia.

En el caso del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), en Jalisco, atendieron a 90 pacientes desde abril de 2020, de los cuales ninguno salió con vida, según la Subdirección de Prevención y Protección. Jalisco es de los únicos estados junto con Nuevo León y Tabasco que tuvieron solo fallecimientos por COVID-19 y ninguna alta. El Sistema Médico Financiero, otra instancia del ISSSTE, reporta 348 casos de hospitalizaciones en el estado, de los cuales 55 murieron y los demás fueron dados de alta voluntaria, mejoría o traslado a otra unidad (15 de cada 100). A nivel nacional el ISSSTE ha tenido 9 mil 503 altas médicas y 4 mil 739 muertes de pacientes (casi la mitad).

Esto generó una solicitud intempestiva e inesperada de servicios funerarios y una crisis por la saturación exacerbada. A esto se suma que 1 de cada 10 mexicanos tiene este servicio precontratado, según la Asociación Nacional de Directores de Funerarias A.C., lo cual provoca que los nueve restantes tengan más dificultades para acceder a los servicios que también se encarecen. 

De hecho, un proceso de cremación de un cuerpo tardaba máximo dos días, y ahora puede extenderse hasta tres semanas por la sobreutilización que causó descomposturas en los hornos. Además del retraso, las familias y personas cercanas a los fallecidos tienen un duelo más frío y complicado.

“Es más difícil el duelo. Muchas de las personas finadas estaban en zonas aisladas de los hospitales e impidió a sus familiares tener una despedida plena. Algunos seres humanos somos rencorosos y dejamos pasar tiempo para pedir una disculpa o hacer las paces con alguien que puede morir por COVID-19. Y con la pandemia no hemos aprendido la lección de que la gente que muere por esta enfermedad no se puede despedir. Y vienen los remordimientos por cosas como: ‘no le dije’, ‘no sabía’, ‘pensé que ibas a salir bien’. La gente llega a las funerarias con un cúmulo de emociones de enojo, tristeza, intranquilos”, lamentó Denisse López, una de las encargadas de la Funeraria López, la más cercana a la Clínica 110 del IMSS.

Lo anterior ha provocado que sean más frecuentes discusiones o inconformidades con los dolientes que se quejan por la imposición de protocolos sanitarios en estos comercios que exigen velar por poco tiempo a los fallecidos y priorizar un número mínimo de personas en los salones. “El proceso es más rápido y obligamos al cerebro y al corazón a despedirse sí o sí aunque quisieras más tiempo”, añadió Denisse.

Antes tardaban máximo dos horas en recoger y organizar la velación de una persona fallecida, ahora tienen que dejar en espera las peticiones porque hay varios servicios en fila. “No nos dábamos abasto con el personal y los vehículos, pero ha habido gente que lo entiende y gente que no”.

El duelo y luto que deja la COVID-19 empeora por la frustración e impotencia por no lograr expresar sentimientos como las personas quisieran y despedirse del ser amado, de acuerdo a un estudio de Daniel Acero Rodríguez, profesor de la Universidad Nacional de Colombia. “Cuando las personas no están físicamente presentes para despedirse y llorar con otros dolientes es muy probable que experimenten una sensación de pérdida ambigua y, por lo tanto, les es difícil conseguir un cierre (de la relación con el recién fallecido)”.

Escenas con esta descripción fueron muy frecuentes en la Funeraria López donde incrementaron en un 60% durante diciembre y enero la cantidad de servicios, comparado con un día normal. “Son cuestiones ajenas a los recintos funerarios, pero debemos comprender que depende de nosotros disminuir o aumentar la gravedad de la situación”, reflexionó la encargada de Funeraria López.  

Una funeraria más que tuvo sobredemanda fue La Sagrada Familia, ubicada justo en frente de la rampa de acceso al área de emergencia de la Clínica 110 del IMSS, que también representa el lugar de descanso para familiares que esperan el estatus médico de los hospitalizados. Desde la puerta de la funeraria se puede ver cómo en el estacionamiento instalaron cuatro carpas como parte de la reconversión hospitalaria para tener más espacios de atención a enfermos. El espacio de los vehículos fue ocupado por concentradores de oxígeno, camas, tanques, electrocardiogramas y todo lo necesario para atender emergencias.

De hecho, por la necesidad de espacios de estacionamiento fuera de la clínica, Alejandro Mercado, encargado de La Sagrada Familia, tiene menos espacios para estacionar sus carrozas fúnebres. Es 2 de febrero y tiene más vehículos a disposición, pero en diciembre no tenía ninguno porque se duplicó el trabajo para ellos. Los rebasó la demanda y la exigencia de los deudos que se encontraron con el mismo problema: no poder reconocer o volver a ver a las personas fallecidas por los protocolos de manejo de los cuerpos.

Alejandro también registró los atrasos de hasta 21 días en el servicio de cremación ya que solo existe un crematorio particular ubicado en el Panteón San Andrés, además de los dos municipales en el camposanto de Mezquitán y Guadalajara.

De acuerdo con información del Ayuntamiento de Guadalajara obtenida vía Transparencia, desde mayo de 2020 hasta el 10 de enero de 2021, se han cremado mil 619 cuerpos de personas fenecidas sospechosas o confirmadas con COVID-19, seis cada día en promedio. La mayor cantidad se concentró en diciembre con 361 cremaciones (11 diarias en promedio). Además, en abril de 2020, el Ayuntamiento abrió 706 fosas en el panteón de Mezquitán para ser ocupadas por personas fallecidas por COVID-19, de las cuales se han ocupado 12.

Acostumbrarse a la muerte es parte del trabajo en estas funerarias. Empleados esperan en camionetas fuera de los crematorios entre bostezos, miradas perdidas y pulgares tecleando sin sentido sus celulares; en contraste, la espera de los familiares por encontrar resignación crece y se hace aún más pesada, eterna y sin rostro.

 


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Saúl Justino Prieto Mendoza

Saúl Justino Prieto Mendoza

Es periodista de formación. Ha participado y colaborado en Radio Universidad de Guadalajara, proyectos web informativos como Tiempos de Enfoque, Vario Bros y Artículo Siete.
Durante su estancia en el periódico El Informador participó en coberturas para redes sociales, web y el diario impreso; posteriormente ingresó al área de periodismo de investigación donde desarrolló trabajos de profundidad sobre temas políticos, sociales y culturales.
Recientemente ha trabajado en áreas de divulgación de las Ciencias Sociales mediante la creación de contenidos multimedia para web y redes sociales.
Tiene casi 10 años de carrera donde ha indagado distintos aspectos de la divulgación e investigación periodística.