Memoria antifascista de Guadalajara

La biografía extraviada de Josep Narro (Barcelona, 1902 - Guadalajara, 1994)

Para Santiago Narro Ibargüengoitia, con mucho cariño.

El relato del exilio español en México siempre se dirige hacia los episodios y los personajes más célebres (y reiterados): la sensatez del general Cárdenas en tiempos del terror y el arribo del Sinaia –el primer buque de vapor con refugiados españoles– a Veracruz, la poesía y la filosofía de Ramón Xirau, el cine de Buñuel o la pintura surrealista de Remedios Varó.

Se recuerda con gratitud a las instituciones que detonaron la edificación de conocimiento nuevo y rico, como El Colegio de México y el Ateneo Español, y también a quienes heredaron escuelas de pensamiento enteras, como José Gaos. Sin embargo, se habla muy poco de la memoria del exilio republicano fuera de la Ciudad de México. Es cierto: la capital se constituyó como un núcleo fascinante y animoso de artes y pensamiento tras la llegada de los refugiados, pero hay una historia que contar más allá del Colegio Madrid.

En un cubículo modesto y ordenado del ITESO cuelga una pequeña colección de dibujos de Josep Narro Celorrio: catalán (y catalanista), ilustrador antifranquista y republicano a muerte. Narro fue el dibujante de los campos de refugiados republicanos –él prefería describirlos con todas sus letras: campos de concentración. Y padeció en carne propia el frío, los maltratos y el hambre en el campo de Argelès-sur-Mer, en Francia, en donde fueron recluidos hasta cien mil republicanos. También pasó por los campos de Haras (Perpiñán), Barcarès y Agde.

Charlé con Jorge Narro Monroy –profesor emérito en la universidad jesuita, escritor, analista político y filósofo de título– para desentrañar la extendida memoria de su padre.

DRGR: Bueno, cuéntame de Josep Narro.

[Fiel a su estilo pedagógico, el profesor Narro inicia con una anécdota].

JNM: Por ahí en internet te vas a encontrar el Boletín de Información de los Países Catalanes, publicado desde 1961 y hasta el 76, que inicialmente era para que la comunidad catalana –muy pequeñita– avecindada en Guadalajara se comunicara, entonces eran noticias locales y anuncios de ventas o negocios para ayudarse económicamente entre ellos. Con el tiempo, tanto Josep Maria Murià i Romaní [el otro editor del boletín] como mi papá se fueron radicalizando, porque los dos eran rojos, entonces se convirtió en un órgano de análisis y difusión política. Tan es así que no solamente se distribuía entre la comunidad catalana de Guadalajara, sino se introdujo a España de contrabando, por supuesto a través de la frontera francesa. Entonces aquí se hacía, lo mandaban a Francia y lo metían de contrabando a Cataluña por la frontera. Pleno franquismo: era una publicación clandestina.

 

El Butlletí d’informació dels Països Catalans fue un periódico autogestivo a través del cual se comunicó y organizó la reducida comunidad catalana de Guadalajara. En la foto se observa una página del boletín, con una caricatura atribuida a Josep Narro. Fotografía recuperada de la Universitat de Barcelona.

 

DRGR: ¿Qué fue, a grandes rasgos, el exilio republicano para México, desde la mirada del hijo de un refugiado?

JNM: Puedes distinguir tanto en Guadalajara como en la Ciudad de México que la comunidad española está conformada, en realidad, por dos tipos de españoles: los que llegaron a México a principios del siglo XX y que son exiliados económicos, y los republicanos. Los primeros son los típicos españoles que se vinieron jovencitos, de Asturias o de Galicia, que en España se morían de hambre porque el campo no daba, se venían para acá a trabajar por una miseria en panaderías o en tiendas y vivían en la bodega en donde se guardaban los costales de harina para no gastar en hospedaje. Con el tiempo obtenían el dinero suficiente para poner su tienda de abarrotes o de telas en Veracruz y Puebla. Aquí en Guadalajara y en la Ciudad de México eran comerciantes, principalmente.

Entonces estos españoles se quedaban en México con sus negocios o bien, regresaban a su tierra, al pueblo de Asturias, de Galicia, de Murcia, o de donde hayan sido, y se convertían en los ricos del pueblo; a eso le llamaban hacer la América: trabajar muy duro aquí para hacer capital y regresar a vivir bien a España. A los que se quedaron son a los que llamo exiliados económicos, de los que seguramente hay registros, de inicio del siglo XX. Eran, más bien, conservadores. Cuando el alzamiento franquista en el 36, estos apoyaban a Franco. Eran, digamos, nacionalcatólicos, de derechas, monárquicos.

Y otros totalmente distintos son los que comenzaron a llegar a México prácticamente años después del alzamiento. Cuando se levanta Franco lo hace en julio del 36, y acabamos de conmemorar los ochenta años de la llegada a México del primer barco —o por lo menos el más famoso— con refugiados republicanos: el Sinaia, en 1939. Este es otro tipo de exilio: político, de socialistas, comunistas, anarquistas; una mezcla más compleja.

Por supuesto, cuando llegan los exiliados republicanos, los españoles que tenían muchos años viviendo aquí no los querían en absoluto: los que llegaban eran rojos y ellos eran franquistas, o por lo menos, monárquicos. Entonces, hay dos migraciones españolas: la más temprana, por motivos económicos, y el exilio político en el que siempre pensamos como si fuera único, el de los republicanos.

La mayor parte del exilio republicano se fue a la Ciudad de México. Aunque muchos se quedaron también en Veracruz.

DRGR: ¿Y Guadalajara?

JNM: En realidad, el exilio republicano aquí fue muy muy chiquito. Solamente José María Muriá [hijo de Josep Maria Murià i Romaní, el mejor amigo de Josep Narro], que es historiador y fundador de El Colegio de Jalisco [una de las principales instituciones de enseñanza e investigación de ciencias sociales en el Occidente mexicano], se ha encargado de recopilar y estudiar datos sobre este episodio. Del exilio, en general, se ha escrito muchísimo, una cantidad enorme de libros, pero casi todo centrado en la Ciudad de México. Deja te cuento una anécdota…

Hace años me enteré por la revista Proceso, en la sección de cultura, que se hablaba de algo llamado La maleta mexicana: yo nunca había oído hablar de eso. Resulta que La maleta mexicana era una maleta que contenía rollos fotográficos -negativos- de varios fotógrafos europeos, casi todos de Europa oriental [Robert Capa, Gerda Taro, David Seymour], de los años treinta, que llegaron por, no sé qué circunstancias, a México. Hay un libro escrito por Guillermo Chao que cuenta esta historia, que en realidad debería llamarse La maleta española.

Bueno, descubrieron esta maleta y yo me enteré que iban a exhibir algunos de los objetos de la maleta en la Ciudad de México, en San Ildefonso que, por cierto, fue colegio jesuita, y se llamaba de San Pedro y San Pablo. Entonces fui para la capital con la corazonada de que iba a encontrar algo de mi papá ahí. Había varias salas, con fotografías impresas a partir de los negativos, porque en la maleta eso fue lo que se encontró, y cuando ya estaba por salir del museo con Montserrat y Santiago, mis hijos, un chico que trabajaba ahí nos preguntó, cosa verdaderamente extraña, si ya habíamos visto la otra sala.

Le dije que no, que ni siquiera sabíamos de ella, y nos indicó el camino a esta última sala que no estaba interconectada con las demás. Era una sala pequeña; en el muro veías portadas, una especie de collage con fotografías de libros escritos sobre el exilio español en México: una cantidad impresionante de libros. Y, por supuesto, la portada de uno de esos libros fue dibujada por mi papá. La corazonada que yo tenía se confirmó. Entro y digo: «¡eso es de mi papá!»

 

Exposición El pasado revelado: la maleta mexicana (2013-2014). Cartel recuperado de una reseña de la exhibición publicada por el Centro de la Imagen.

 

DRGR: El problema es que siempre se habla de los mismos exiliados: de Gaos, de Xirau, de Buñuel, de los íconos, ¿qué pasa con los demás, como tu papá?

JNM: Sí, porque fueron los intelectuales que acabaron en la UNAM o que fundaron El Colegio de México, que en un inicio se llamó La Casa de España en México.

«Que vino a México José Gaos: el traductor más importante de Heidegger al castellano»: pues sí, estuvo en el país, pero también vinieron León Felipe y Pedro Garfias, otro gran poeta.

Garfias estuvo en Guadalajara. Es interesante porque tú vas por la avenida Chapultepec hacia el norte, muy cerca ya de avenida México, y si vas caminando por la acera oriente de repente te encuentras una placita pequeñita, pequeñita, pequeñita, medio abandonada. Ahí hay un busto de un tipo, y tú dices: «¿y este quién es?». Pues es ni más ni menos que Pedro Garfias, poeta de la generación del 27, igual que León Felipe.

 

Busto de Pedro Garfias en la avenida Chapultepec de Guadalajara. Fotografía de autor desconocido.

 

Es importante rescatar la memoria no solamente de quienes fundaron El Colegio de México o dieron clases en la UNAM, sino también del montononón de refugiados que se desempeñaron en otros campos como el de las artes, los literatos.

Y bueno, hay un grupo muy importante de exiliados anónimos en México que eran profesores. Resulta que el sistema educativo más moderno en el mundo en los años treinta era el sistema educativo nacional español; era el más avanzado, en términos pedagógicos. ¿Por qué? Porque la República, que duró del 31 al 39, hizo un enorme esfuerzo en el campo de la educación, no solamente para alfabetizar, sino para educar con una pedagogía de vanguardia. Vinieron un montón de profesores y profesoras que eran lo mejor de Europa en ese momento: los que fundaron El Colegio Madrid, por ejemplo.

Muchos de ellos también trabajaron para la Secretaría de Educación Pública. Cuando termina la Guerra Civil en el 39 todavía era presidente Lázaro Cárdenas, él les abrió las puertas y los incorporó a la Secretaría de Educación Pública.

Pero todo eso sigue siendo en la Ciudad de México. Los que llegaron acá fueron muy pocos, porque, además, el centro neurálgico de la cultura y la política era el Distrito Federal, no Guadalajara. Aquí se venían a poner abarrotes, tiendas de cortinas, papelerías, imprentas.

DRGR: ¿Entonces cómo llegó tu papá aquí?

JNM: Mi papá llegó a la Ciudad de México, en realidad, como todos los exiliados. No llegó al final de la Guerra Civil, sino diez años después: él aguantó diez años en Barcelona.

DRGR: Leí que estuvo en campos de concentración…

JNM: Él estuvo dos años y medio sobre todo en un campo.

[Señala los dibujos en la pared de su oficina]. Eso que ves ahí son dibujos a lápiz que hizo mi papá durante los años en los que estuvo confinado en campos de concentración, particularmente en el más famoso que se llamaba Argelers del Mar: un pueblecito a la orilla del mar, en Francia, muy cerca de la frontera con Cataluña, a cuarenta minutos. Es un pueblecito costero, ahora destino turístico, en donde hubo un campo de concentración con más de 100 mil republicanos hacinados. En los primeros meses vivían a la intemperie, a la orilla del mar y en invierno.

DRGR: ¿Él llegó a los campos cuando accedió Franco al poder?

JNM: Cuando cayó Barcelona. El último frente importante de la Guerra Civil era el frente del Ebro: la última contraofensiva del ejército republicano, que resultó finalmente derrotado y entonces los franquistas pudieron entrar a Barcelona. La tomaron muy rápido. Cuando iban entrando los franquistas por un lado de la ciudad, como 400 mil republicanos, entre milicianos y población civil, logran salir por el otro lado y cruzan los Pirineos.

Francia no los recibió con los brazos abiertos porque habían cambiado de gobierno. Años antes, había gobernado, al igual que en España, una coalición de partidos de izquierda, liderada por Léon Blum. Pero cuando terminó la Guerra Civil ya había caído el Frente Popular y no gobernaba Blum. La actitud que impera en Europa era la neutralidad frente al fascismo. Lo único que hicieron fue ceder terreno y envalentonarlos.

Con esa actitud estaba el gobierno francés. Y en lugar de recibir a los republicanos con los brazos abiertos los metieron a campos de concentración. Mi padre estuvo sobre todo en Argelers, aunque también pasó temporadas chiquitas en otros campos de concentración. Luego, en el 41, cuando ya había estallado la Guerra Mundial y Hitler ya había invadido la parte norte de Francia, en el sur había un gobierno simpatizante del fascismo encabezado por un héroe de la Primera Guerra Mundial: el mariscal Pétain. Insisto: un fascista. Por eso los alemanes entraban y salían con toda libertad a esta Francia de Vichy. Llegaron hasta los campos de concentración y se llevaron a republicanos. De hecho, había un campo de concentración nazi en donde había puros republicanos: Mauthausen.

Mi papá, en el 41, sabiendo toda esta situación, logró regresar a Barcelona y aguantó diez años de franquismo: años en los que no dormía del miedo. Mi papá tenía carnet del Partido Socialista Unificado de Cataluña.

DRGR: ¿A qué equivaldría ideológicamente hoy? ¿A Esquerra?

JNM: No. Un hermano suyo –mayor– es de los fundadores de Esquerra Republicana de Catalunya: Edmundo Narro Celorrio, un militante histórico. El Partido Socialista Unificado de Cataluña pertenecía al PCE, el Partido Comunista de España.

Luego, mi papá había trabajado para el cuerpo de propaganda del ejército republicano, entonces aparecían panfletos con dibujos firmados por él. Estaba fichadísimo. No entendemos cómo es que no lo asesinaron, que era lo normal en el franquismo.

Especialmente en esos primeros años Franco ejerció represalias brutales contra todos los republicanos, todos los rojos. Hay unas palabras del general Mola, uno de los compinches de Franco, que hablaba de exterminar a los rojos: como cucarachas, no dejar a uno solo. Eso fue lo que hicieron, una campaña deliberada de exterminio. Mi papá se escapó, pero yo creo que fueron 10 años de mucha angustia.

Mi papá llegó a la Ciudad de México en el 52, se casó con mi mamá y se vinieron a vivir a Guadalajara doce años después porque mi mamá era jalisciense y sus papás vivían aquí.

 

Dibujos de Josep Narro sobre la vida en los campos de concentración. Una colección amplia de dibujos pueden encontrarse en el siguiente Drive, habilitado por el Fondo Narro del Museu Memorial de l’Exili: https://drive.google.com/drive/folders/1nplGRqtA4LnHibFL4I3kaX4rJg3vdYfK

 

DRGR: Leí que tu papá conoció a tu mamá por unas cartas en una situación muy extraña en donde se intercambió el nombre con alguien.

JNM: Sí, el mejor amigo de mi papá, un señor que se llamaba Federico Fusté, respondió a una carta que apareció publicada en una revista española, pero que circulaba por toda América Latina. Era una de estas como Vanidades, como Hola, alguna de estas tonterías. La revista se llamaba La Hacienda. Alguna vez mi mamá, por consejo de una prima suya, escribió que le interesaba entablar correspondencia: «mujer mexicana de tal edad está interesada en escribirse con hombre de…».

Entonces respondieron de muchos lados, y le respondió de España un señor que firmaba como José Narro. Mi mamá de origen también es española, tataranieta de españoles, y ella tenía ideas racistas, como buena jalisciense criolla. A mi madre le responde este cuate y ella encantada. Al final, la correspondencia se concentra entonces solo entre «José» Narro y Aurora Monroy.

Pero resulta que «José» Narro no es Josep Narro: era Federico Fusté, que estaba utilizando el nombre de mi papá. Entonces Federico tuvo que ir con mi papá para decirle la verdad, que se estaba carteando con una mujer en México y que la cosa se estaba poniendo seria. Mi papá, yo creo, por tres razones, decide continuar con la correspondencia: primera, porque estaba soltero y ya no era un jovencito. Segunda, porque vivía aterrorizado: a estas alturas ya se había desenmascarado; cuando mi papá regresó a España en el 41 ocultó sus ideas políticas, pero no se aguantó mucho tiempo y poco a poco se fue destapando. Segunda razón, entonces: en cualquier día lo iban a matar. Y tercera razón: para ganar dinero.

La cosa se pone seria con mi mamá y mi padre decide, finalmente, salir de España, exiliarse, porque ya no podía más. Se deshizo de todo y se fue a la Ciudad de México para trabajar en la industria editorial catalana, desde México: mandaba por correo postal su trabajo para editoriales de allá. Fue un precursor de los freelancers.

Durante ocho meses estuvo viniendo a Guadalajara para ver cara a cara a mi mamá, se enamoraron y decidieron casarse. Esa es la historia de la familia.

DRGR: ¿Siguió entonces con su vocación de dibujante?

JNM: Sí, trabajó para editoriales catalanas casi hasta el último día de su vida, aunque también trabajó para algunas editoriales mexicanas.

DRGR: ¿Tú tienes toda su obra?

JNM: Sí, tengo casi toda la obra que se trajo a México, los originales. Lo demás lo dejó en España y ahora está en un museo en la frontera franco-catalana; la sala de exposiciones permanentes es prácticamente de mi papá. Pero de lo que se trajo para acá yo tengo casi todo: dibujos a lápiz, a pluma, acuarelas, impresiones de aguafuerte, muchos de los libros que ilustró.

La exposición que menciono se mostró originalmente en Francia. Lo que pasa es que hay una Cataluña francesa y una Cataluña española, como el País Vasco. En Francia, la Cataluña francesa es una región, Rousillon, y en España son cuatro provincias: Lleida, Tarragona, Girona y Barcelona. Luego decidieron montar, hace cinco o seis años, en plena efervescencia del nacionalismo catalán, una exposición sobre figuras del exilio catalán. Identificaron a mi papá, a través de José María Muriá se pusieron en contacto conmigo y yo les mandé las memorias de mi papá.

DRGR: ¿Y tu padre hizo una vida alejada de la cuestión política o seguía hablando de Cataluña y de la República?

JNM: Además de hacer hasta el 74 el Boletín, se juntaba con algunos catalanes para despotricar contra Franco. No complotaban para ir a España a derrocar al Caudillo, claro, pero todo el día hablaban pestes de él. Mi mamá estaba hasta el gorro porque no hablaban de otra cosa.

DRGR: ¿Fuiste a los campos de concentración a buscar los pasos de tu padre?

JNM: Sí, de hecho fui a Argelers. Pero los franceses son unos cobardes y fingen demencia. Los franceses colaboraron al final con los nazis, no querían a los republicanos y los trataron de una manera terrible. Así como México les abrió los brazos y los trató como si fueran sus hijos, Francia trató muy muy mal a los refugiados españoles y les debían mucho. Es una cosa que se sabe poco, pero, cuando los Aliados entran a París para liberar la ciudad, el tanque que va abriendo camino, el que va hasta adelante, era un coche de guerra tripulado por guerrilleros republicanos españoles. No por franceses. Imagínate la columna de tanques que va desfilando por los Campos Elíseos y el tanque que va en la punta es un tanque de puros republicanos.

Cuando fui a Argelers con mi familia dije: «va a haber un monumento aquí, porque aquí hubieron cien mil gentes; mínimo una placa». Me encontré con un señor, que resultó ser el alcalde, pero él no hablaba inglés y mi francés no es muy bueno, y el señor no tenía ni la más remota idea de los campos de refugiados, y eso que no quise decirles «campos de concentración». A lo lejos, le llamó a un amigo suyo, militar jubilado, le pregunté por los campos, el tipo se puso muy serio porque noté que era un filofascista. Lo único que dijo fue algo sobre la Playa del Norte y le dije que sí, que en dónde estaba la Playa del Norte, pero negó toda la historia.

Llegamos a la Playa del Norte: una playa gigantesca. En lugar de entrar con la camioneta al estacionamiento nos quedamos en la calle, íbamos caminando y de repente vimos una estela de un metro de altura, chiquitita, con una placa en catalán y en francés. La habían puesto catalanes, no la puso el gobierno francés. Y decía que ahí hubo un campo de concentración con 100 mil refugiados, es lo único, los pinches franceses niegan la existencia de Argelers y de otros campos de concentración.

 

Publicidad de la exposición (2014) sobre la obra de Josep Narro en el Museu Memorial de l’Exili de Cataluña.

 

DRGR: En Cataluña sí que debe de haber bastantes museos de memoria.

JNM: Sí, por ejemplo, el museo en donde están los dibujos de mi papá se llama Museo Memorial del Exilio. Teóricamente está dedicado al exilio mundial pero, en realidad, habla solo del exilio catalán.

DRGR: ¿Prácticamente los Muriá y tu familia son los únicos que quedan del exilio en Guadalajara?

JNM: Aquí en este departamento de la universidad había otro catalán, Miguel Fernández, y otro hijo de catalán, Gerardo Moya, que todavía está acá. En este departamento había más catalanes por kilómetro cuadrado que en toda Guadalajara.


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David Ricardo González

David Ricardo González

David Ricardo González Ruiz es estudiante de Ciencia Política en Guadalajara.