¿Quién es Giovanni?

Una radiografía de la discriminación en México

Giovanni López tenía 30 años, era albañil y vivía en Ixtlahuacán de los Membrillos, el municipio con el lugar 17 en rezago social a nivel estatal. “¿Quién es Giovanni?”, cuestionó este fin de semana el gobernador Enrique Alfaro en una entrevista. Giovanni era un hombre que, independientemente de su edad, profesión, estatus económico o educación, no debió haber sido asesinado por no usar un cubrebocas. 

Según la Secretaría de Bienestar, una de las principales carencias en Ixtlahuacán son los accesos a los servicios de salud, esos que a veces se llenan y colapsan durante las pandemias. Además, en una población con más de 50 mil habitantes, el 34% vive en pobreza moderada y el 40% es vulnerable por carencias sociales como alimentación o rezagos educativos. 

Su asesinato se dio a conocer en un contexto de protestas mundiales contra el racismo y la discriminación a raíz del asesinato de George Floyd, un hombre afroamericano asfixiado por un policía de Estados Unidos. Y aunque Giovanni no fue asesinado por su color de piel, el cuestionamiento del gobernador sugiere un discurso de discriminación y criminalización por su contexto. 

“En Estados Unidos la discriminación de Floyd fue por color de piel, aquí se discrimina todos los días a la pobreza. Al gobernador le gusta castigar la pobreza, se ensaña con la gente débil”, sentenció Francisco Jiménez, investigador de estudios jurídicos de la Universidad de Guadalajara (UdeG). 

En más de una ocasión, tanto el fiscal Gerardo Octavio Solís como el gobernador mencionaron que Giovanni tenía antecedentes penales como si eso justificara su asesinato y la lentitud de la Fiscalía para esclarecer el caso. Por su parte, los familiares, quienes filtraron el video de la detención, denunciaron amenazas por parte del presidente municipal y de la policía para quedarse callados. 

En dicho video, a los policías les tomó 1 minuto y 36 segundos detener a Giovanni y en tres ocasiones su tía desesperada los cuestiona si es por el cubrebocas. Y aunque los policías solo responden que se resistió a la detención, no niegan el cubrebocas y aprovechan para llamar a los familiares “jotos” como insulto. “Esa detención en particular se debió a que no traía cubrebocas, no hay más. Esa es una discriminación a la gente pobre”, insistió el también abogado. 

En Ixtlahuacán, el 21% de las personas no tiene derechohabiencia a los servicios de salud y el 16% de los mayores de 15 años no terminaron la primaria. En ese contexto de pobreza y desinformación pareciera complicado incluso comprar un cubrebocas. La orden de Alfaro de multar o arrestar a quienes no cumplan con las medidas sanitarias es de entrada discriminatoria. “La gente de Ixtlahuacán no tiene para comer, mucho menos para comprar un cubrebocas. No concuerda lo que ordena el poder ejecutivo con lo que puede el pueblo, y el gobierno se queda corto en las soluciones que ofrece a los ciudadanos”. 

Además, de acuerdo con el investigador, la criminalización del hombre por parte del estado al difundir sus antecedentes penales intenta minimizar el asesinato y da pie a que si el gobernador lo dice, otros puedan replicar y justificar la violencia. 

¿Qué hubiera pasado si Giovanni hubiera vivido en una colonia adinerada de la Zona Metropolitana de Guadalajara, si fuera empresario o millonario? Tal vez, de acuerdo con Jiménez, no estaría exento de abuso policial y lo hubieran extorsionado con dinero. Pero pareciera que a la clase baja, a los pobres se les puede detener, golpear y asesinar con la idea de que no pasa nada, que son invisibles. 

En Jalisco el caso de Giovanni no solo evidenció la brutalidad policial y la impunidad en la fiscalía, sino es un reflejo de la discriminación y normalización de la violencia y la invisibilidad de los más pobres. En Jalisco no solo son los cuadros negros en contra del racismo, son las imágenes en todo el estado de niños, adultos y ancianos pobres olvidados y violentados. 

¿De qué otras maneras se discrimina en México?

 

Color de la piel predetermina acceso a riqueza y educación

El color de piel es uno de los factores principales de discriminación en México. Datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), indican que la “apariencia” de las personas o el color de la piel ha provocado que el 53% de la población en México se sienta discriminada. La dependencia estipula que existen factores asociados al racismo que limitan el acceso de oportunidades y el pleno ejercicio de los derechos fundamentales. 

Entidades como Puebla, Guerrero, Oaxaca, Colima, Morelos y Estado de México alcanzan un mayor porcentaje de personas que afirman haber sido discriminadas (24%). Jalisco registra un 21%, pero está a mucha distancia de Nayarit que documenta el menor índice con 13.1%

Según el estudio “Por mi raza hablará la desigualdad”, de Oxfam México, una asociación que busca acabar con la desigualdad, la discriminación por el color de la piel se nota en dos rubros principales: educación y empleos.

Si bien no existe un fundamento biológico para la categorización de los grupos humanos en razas, se explica en el estudio, estas categorizaciones jerárquicas adquieren vida social propia mediante el proceso de racialización, y tienen consecuencias en la legitimación de las desigualdades económicas, culturales, sociales y políticas.

 

Sueldos de profesionistas exclusivos para blancos

La piel morena u oscura se asocia a la pobreza de manera prejuiciosa, por ello el 40.5% de quienes integran este grupo de la población se emplean en actividades manuales o de menor calificación y, por consiguiente, de sueldos bajos.  

En el sector servicios, los de piel clara se emplean ahí hasta en un 26.5%, mientras que los de piel morena u oscura solo alcanzan un 21% y un 13.9% respectivamente.

El INEGI añade que solo 3 de cada 100 personas con tonalidad más oscura de piel son funcionarios, directores o jefes, y la cantidad se duplica para personas de tono de piel más claro. Las personas con piel morena se concentran en actividades de apoyo y agropecuarias, las cuales son menos remuneradas.  

 

Detienen educación

Los afrodescendientes son los más discriminados, ya que solo el 12% de ellos ha logrado llegar a la educación superior; mientras los mestizos y los blancos contaron con acceso a estudios superiores en un 53.5% de los casos.

Como comparación, el INEGI documenta que la población de 18 a 59 años, que se declaró con tonalidad de piel más oscura, el 33.5% tiene educación básica incompleta, mientras que para el grupo con tonalidades claras alcanza a un 18.0%.

 

Discriminar a quien “no pertenece” a un lugar

La xenofobia contra los “no nacionales”, en particular los migrantes, los refugiados y los solicitantes de asilo, constituye una de las principales fuentes del racismo contemporáneo, consta la Declaración de Durban de la Organización de las Naciones Unidas. El documento fue firmado en 2001, pero a 19 años de distancia el panorama no ha cambiado. 

En México, que es un país de “origen, tránsito, destino y retorno de migrantes”, las personas que están en tránsito irregular son el grupo más discriminado, seguido de los retornados -mexicanos o extranjeros- desde Estados Unidos, de acuerdo con el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred). 

El rechazo hacia este grupo de la población parte principalmente de un imaginario colectivo en el que se cree que las personas migrantes llegarán a un territorio a romper con la normalidad de sus habitantes, explica la psicóloga social, Martha Patricia Aceves Pulido, académica de la UdeG. 

“Actúan en función del miedo, el miedo a las personas que son distintas, el miedo a las personas que tienen necesidades, piensan que esas necesidades que tienen van a amenazar su bienestar”, comenta. 

Si a esa sensación de temor se le añade una actitud negativa, el resultado son muestras de algún tipo de violencia.“Así es cuando tienen una idea (negativa) sobre la persona (migrante) que luego se traslada a elementos afectivos negativos y resulta en una conducta, una respuesta violenta o de agresión física, verbal, incluso violencia institucional”.

Según la Encuesta Nacional de Migración de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), citada por Conapred, una quinta parte de la población cree que los extranjeros debilitan “nuestras costumbres y tradiciones”.

Pero no sólo las personas migrantes de otros países sufren discriminación, apunta Aceves Pulido, pues también la padecen las personas indígenas que llegan a las ciudades provenientes de sus comunidades, al ser vistas con inferioridad. 

“La persona que viene de ciudad o tiene unos rasgos físicos (particulares) se siente superior a otra persona, eso es lo que ‘justifica’ esa discriminación; pero viene desde la época de la Colonia, que se separaban a las personas de diferentes rangos, los que habían nacido aquí, de las personas que habían llegado”.

La Encuesta Nacional sobre Discriminación (INEGI, 2017), refleja que el 65 por ciento de personas indígenas en México dijeron que sus derechos se respetan poco o nada; mientras que el 75.6 por ciento afirmaron que son poco valoradas por la mayoría de la gente. 

Y en un ámbito más local, esta problemática también puede aplicarse, por ejemplo, cuando personas discriminan a otras por sentirse superiores según la colonia o zona en la que viven. 

Para Aceves Pulido, en la Zona Metropolitana de Guadalajara no sólo es contra quienes viven en el oriente de la ciudad, sino contra quienes habían en la periferia de la metrópoli. 

“La división no es ya por razones económicas, es más bien por razones de capital cultural (…) las clases sociales van ‘justificando’ esta discriminación para las personas que se sienten diferentes sólo por el lugar en que viven, por las condiciones en las que viven”. 

 

De la calzada para allá

Una división territorial (y mental) que permanece en la ciudad, y que reproduce la desigualdad, exclusión y estigmatización, es el trazo de la Calzada Independencia. Es posible rastrear esta cicatriz en la fundación de Guadalajara en el siglo XVI, a las orillas del río San Juan de Dios, en donde los españoles se establecieron al poniente, y los indígenas que trabajaban para ellos, al oriente. Aunque la verdadera disputa entre el oriente y poniente de la ciudad, no solo es cultural, histórica, sino que es posible palparla en decisiones de inversión gubernamentales muy concretas: el alumbrado público descuidado, la falta de espacios de esparcimiento, el deterioro de las calles. En cambio, por el lado poniente de la ciudad, de acuerdo con una investigación de Máximo Jaramillo y Alejandra Saucedo, “el gobierno deja su huella por lo menos una vez al año. Si las personas intentan adivinar en qué lado de la ciudad se encuentran, a partir de la simple observación a pie, no hay forma de equivocarse”. 

En esta misma investigación, Max y Alejandra encontraron que los años promedio de escolaridad tienen una diferencia de 2.2 años entre oriente y poniente, “esta diferencia es tan grande como la disparidad observada entre los estados de Chiapas y Sonora, en años de escolaridad promedio para el mismo año (INEGI, 2013: 164)”. Otros datos: el oriente de la ciudad tiene un menor porcentaje de acceso a internet, mayor número de hogares sin derechohabiencia a servicios de salud, menor grado de escolaridad, y la más personas adheridas al Seguro Popular. 

Estas diferencias también tiene detrás un relato que se reproduce desde el poder (político, económico, mediático y social) en donde Guadalajara es una ciudad de origen español, con costumbres europeas e influencias estadounidenses, en donde lo indígena, la pobreza y la migración, no existen. 

Son estas visiones, reales e imaginarias, basadas en la condición económica y social, que terminan por profundizan la exclusión y discriminación en la ciudad. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2010, el “no tener dinero” y la apariencia física, muchas veces asociada al poder adquisitivo, son las causas más frecuentes por las que las personas han sentido alguna vez que sus derechos no se respetan (CONAPRED 2011). Entre 2011 y septiembre de 2017, se presentaron al CONAPRED 80 expedientes calificados como actos de discriminación por condición económica o social: de niñas y niños que no son atendidos en hospitales públicos porque sus padres no pueden pagar un estudio de laboratorio; de trabajadoras del hogar que reciben mala atención en servicios médicos privados; de mujeres acosadas laboralmente por ser “nacas”, “feas” y “huevonas”; de hombres despedidos de su trabajo por no cumplir las condiciones sociales deseables para los “colaboradores” del jefe (vivir en ciertos lugares, asistir a ciertos restaurantes, tener autos de lujo o haber estudiado en universidades de prestigio). De acuerdo con la encuesta de CONAPRED, en México es común escuchar estereotipos como que las personas “no trabajan lo suficiente”, o son “delincuentes”, “ignorantes”, “groseros”, “mal educados” o “salvajes”. 

El año pasado, el analista Hernán Gómez, después de conocer la historia de la división de la ciudad por la Calzada, intentó comprobar él mismo a través de un experimento que hizo en un bar del poniente de Guadalajara, al preguntarle a un par de personas, ¿qué diferencia hay entre un lado de la calzada y el otro lado?, y una de las respuestas más sorprendentes fue: “del lado feo de la calzada todo es feo y naco, y de este lado los antros están padres, los restaurantes están padres, la gente está padre”. El lado feo, preguntó Gómez, ¿por qué es feo? “Porque hay mucha pobreza”. 

 


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